Por: Octavio Díaz García de León

Está por terminar el sexenio del presidente López Obrador y más allá de que no le dejará al país un sistema de salud como el de Dinamarca después de los 800 mil muertos por el mal manejo de la pandemia, el acabar con la corrupción será otra de sus grandes promesas incumplidas.

De nada le sirvió al presidente repetir en sus conferencias mañaneras que la corrupción había terminado, siendo que en su administración ocurrió el peor caso de corrupción por monto económico del que se tenga memoria: el de Segalmex por alrededor de 20 mil millones de pesos.

Pero no es el único caso de corrupción en esta administración. De quedar la oposición al frente del Gobierno el próximo sexenio, probablemente se revelen, investiguen y sancionen los casos que han permanecido ocultos. Por ello, es importante la alternancia como mecanismo de combate a la corrupción.

¿Qué es lo que ha sucedido en materia de combate a la corrupción este sexenio? El Sistema Nacional Anticorrupción se volvió prácticamente irrelevante. No ha tenido iniciativas significativas que mitiguen la corrupción. Contribuye a ello el poco impacto que tienen en materia de combate a la corrupción los integrantes del Sistema, dado que solo uno de éstos tiene como mandato legal el combatirla. Por ejemplo:

  • El INAI, con problemas por manejos inadecuados al interior de la institución y por la falta de nombramiento de comisionados, ha tenido poco impacto en divulgar información pública de posibles actos de corrupción. Especialmente cuando el Gobierno ha aducido motivos de seguridad nacional para no transparentar información de los proyectos emblemáticos de esta administración.
  • La Fiscalía Anticorrupción, dada su gran limitación en recursos, ha tenido pocos casos de servidores públicos corruptos que hayan sido sancionados con ejemplaridad, siendo que esta Fiscalía debería ser el eje del combate a la corrupción.
  • La Secretaría de la Función Pública, a un año de terminar el sexenio, entró en un proceso de reestructuración radical de los órganos internos de control, desapareciendo una gran cantidad de ellos, cambiándoles atribuciones y centralizando muchas de sus funciones. También quitó de la denominación de sus áreas más importantes, la referencia al combate a la corrupción, que había prevalecido en la gestión de la exsecretaria, la Dra. Sandoval, ya que en su mandato legal no está el combatir la corrupción. Tampoco ayuda el que se hayan reunido en esta Secretaría las adquisiciones consolidadas del Gobierno Federal y funciones relacionadas con adquisiciones, al convertirse en fiscalizador y actor en esta materia, con el posible conflicto de interés que conlleva. Esta cirugía mayor, difícilmente se consolidará en lo que resta del sexenio como para dar resultados tangibles.

Por ello, los indicadores más importantes que miden la corrupción, uno derivado de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental que elabora el INEGI y otro, el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) que produce Transparencia Internacional, no han reflejado ninguna mejoría significativa en el combate a la corrupción en este sexenio.

La tarea para el próximo sexenio, si es que existe un verdadero interés en combatir la corrupción, será monumental. Las reformas que se requerirán pasan por replantear el Sistema Nacional Anticorrupción, modificar la Ley General de Responsabilidades Administrativas que tiene tantas deficiencias, fortalecer a la Fiscalía Anticorrupción aumentando muy significativamente sus recursos, volver a replantear la estructura y el papel de la Secretaría de la Función Pública, y ya no etiquetar a las otras instituciones como combatientes de la corrupción ya que no tienen en su mandato legal el hacerlo. Ojalá ahora sí, en el próximo sexenio, se haga algo por combatir la corrupción.