Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para la hora en que este diario llegue a sus manos, el trece de octubre de 1492, Cristóbal Colón, el sedicente genovés al que la historia le atribuiría ocho diferentes lugares de origen y que para remate novelesco de su vida, sus restos mortales se encuentran repartidos en al menos tres lugares, ya estaría en pie revisando los alrededores, oteando el horizonte y meditando el memorial en que habría de dar cuenta a Sus Majestades, los Reyes Católicos, de haber encontrado una ruta más cercana, directa y sin los peligros que leyendas y consejas atribuían al navegar más allá de la columnas de Hércules, que en algún tiempo habrían tenido la inscripción “Non plus ultra” (no hay más allá), pero así como la erosión, Eolo y Neptuno, había desvaído y terminado por desaparecer la terrible advertencia, también durante la travesía se habían deshilachado las tramas de las historias marineras de monstruos fabulosos y peor todavía, quien lograba escapar de las bestias llegaría al fin del mundo y se precipitaría en el despeñadero en el que concluían quienes se aventuraban a desafiar los peligros de la mar oceana.

Bien es cierto que fue de gran ayuda, aquel marino náufrago que conociera en Madeira, Alonso Pérez de Huelva, a quien socorrió ignorante del tesoro que aquel desnutrido moribundo habría de poner en sus manos. Sobreviviente de una travesía azarosa no buscada ni esperada, su nao habría llegado, siempre navegando rumbo donde se pone el sol, impulsado primero por vientos propicios que alentaron un espíritu aventurero que late en todo pecho marinero y luego extraviados por la fuerza de la corriente en una calma chicha y finalmente destartalada la nave por una tormenta, llegaron a una tierra que no figuraba en los mapas, con vegetación nunca vista, animales de cielo y tierra no figurados ni descritos por naturalistas y en donde avistaron fugazmente a bestiecillas semejantes a hombres con larga cola y miembros desproporcionados que huían en cuanto les avistaban. Permanecieron en esa tierra ignota apenas lo suficiente para restaurar fuerza, avituallarse de las plantas que estimaron comestibles y salar carne de algunas presas que se pusieron a tiro de arco y de trampas rudimentarias. El regreso fue más azaroso si se puede y una tempestad terminó por desmantelar y hundir su nave. Milagrosamente aferrado a los restos de la embarcación por la intervención de Cristo su Señor y su Santísima Madre arribó a las costas de la isla portuguesa.

Sánchez de Huelva le había confirmado lo que había conocido primero por decires y narraciones de gente locuaz pero no siempre confiable y luego porque merced a personas generosas, con las que compartía el conocimiento y la práctica de la Tora, le habían llevado a la Real y Pontificia Universidad de Salamanca en donde ante sus propios ojos tuvo la calca de una carta que representaba al mundo como una esfera y que había sido dibujada por un florentino Paolo del Passo Toscanelli, astrónomo, geógrafo, matemático, que sostenía contra la forma común de pensar, que el mundo no era plano, compartiendo su idea con las opiniones de muchos sabios que apoyados en fenómenos como los eclipses, los cambios de estación, la desaparición de las naves en el horizonte, fortalecieron su decisión de encontrar una ruta marina más cercana. La diáspora que había sido una desgracia para su pueblo también había propiciado la creación de una red de creyentes distribuida en los diversos reinos. Gracias a ello había podido llegar a Pedro I de Portugal y a Sus Majestades Católicas, Don Fernando de Aragón y Doña Isabel de Castilla.

No había podido dormir, la emoción de encontrar tierra firme, el haber comprobado que la navegación en la Mar Oceana era posible, poco o nada significaba para Colón, que finalmente había elegido Génova como su lugar de origen, para desvirtuar las malas lenguas que pretendían desvelar un origen que no era ni cierto ni conveniente. Pensaba y repensaba en las capitulaciones que había firmado con Sus Majestades. No era poca cosa ostentar el título de Almirante de la Mar Oceana, ser nombrado visorrey de las tierras que se conocieran y ocuparan, participar y recibir un ochavo de nuevas expediciones y, no era cosa menor, poder cabalgar al lado de Sus Majestades y permanecer cubierto delante de Don Fernando, con Doña Isabel se descubriría no por sus potestades sino por su condición de dama.

Había sido una afortunada coincidencia o una aguda ocurrencia que la fecha anotada por los escribanos como la del desembarco fuese la de la fiesta de Nuestra Señora del Pilar. El disgusto de Alonso Pinzón no le importaba, no era cosa de regalar 500 maravedíes y un jubón de seda a un marinerillo, Rodrigo de Triana, que ni era de Triana ni su apelativo era Rodrigo y que tuvo la ilusión de haber ganado la recompensa ofrecida para el primero que avistase tierra. Recompensa que Colón ofreció para despertar la ambición y calmar los ánimos de los marineros inquietos por una travesía que se alargaba. Pero, el “Almirante” había visto lumbradas las noches anteriores lo que, sin duda, era señal de la tierra. El premio se lo reservó él.

Lejos estaba Colón de imaginar que todas sus fatigas, sus esfuerzos, sus sacrificios, sus luchas y sus ambiciones se estrellarían con un Fernando de Aragón que encontró la forma para burlar lo pactado. Quien tiene la autoridad tiene las muelles para forzar las leyes. Colón murió mendigando el reconocimiento que nunca llegó, sus hijos algo pudieron rescatar, su cadáver fue mutilado y repartido entre tres sitios que fueron significativos en su vida.

América ni siquiera lleva su nombre, y es que Colón, nunca dimensionó los alcances de su gesta. Vespucio sí, con el apoyo de sus protectores los Medicis de Florencia, divulgó la cartografía de un “nuevo mundo”. La lección a mi parecer, es que no basta con realizar las cosas sino “darles un sentido” una visión prospectiva, un avance, un crecimiento.

Ahora, este doce de octubre, se pelean batallas contra molinos de viento, se inventan nuevos gigantes, se lucha contra odres de vino y contra invenciones de hechiceros de la política, que no ven más sentido que el sucio y corrupto negocio de la explotación de la ignorancia y los atavismos.

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