Por J. Jesús López García

Es casi seguro que en muchas ocasiones toda persona refiere a algún episodio dentro del catálogo de su memoria, a un edificio. Ciertamente los grandes conjuntos de representación comunitaria, como los templos, las escuelas, las bibliotecas o las fincas donde trabajamos o realizamos diversas actividades en compañía de un público más grande que el que representa la propia familia, son los primeros que vienen a la mente, pues son una parte casi iconográfica de nuestro vivir. En muchos de ellos se dieron cita momentos de nuestra vida importantes, o bien partes del devenir comunitario o colectivo que se han marcado como trascendentales.

Pero a la par, los hay también más cercanos a la experiencia personal que revisten un significado particular y que tal vez ni siquiera sean compartidos en aprecio similar por personas cercanas a nosotros; ese lugar donde compramos una playera con ilusión, el edificio en cuya fachada sufrimos algún percance al pasar por ahí; el espacio donde abrimos algún regalo en una navidad, los sitios donde pasamos buenos y malos momentos en compañía de gente especial para nosotros.

Inmueblesde importancia comunitaria o de importancia totalmente particular, pueden ser interesantes o valiosos arquitectónicamente hablando, o por el contrario, insulsos y carentes de valor compositivo, pero ello no quita el mérito que en última instancia se adhiera al edificio, la vigencia de los recuerdos que contienen con la misma fuerza que con la que abarcan elementos físicos, y aún así como los recuerdos, esa estimación subjetiva se convierte en algo etéreo.

Es significativo para nosotros cuando pasamos frente a alguna finca y contemplamos con cierto desaliento que ha sufrido alguna modificación: aquella ventana desde la que contemplábamos la calle bajo la luz de cierta mañana agradable ha sido abierta para albergar un local comercial; ese ornamento viejo fue tapado o simplemente fue retirado de la fachada; aquel balcón ya no existe más o lo peor, el edificio fue demolido y ahora para colmo esa sección de la calle ha perdido algo de la familiaridad con que antes la observábamos.

Lo anterior es parte de la vida de los edificios. Parecen tan contundentes por sus dimensiones y por la manera de su construcción, pero la verdad es que, como los recuerdos, son frágiles y pueden dejar de existir sin más. Muchas veces al notar un cambio de estos por la ciudad conviene recurrir al Google Maps para capturar en pantalla alguna vista que aún se conserva en ese servicio de información digital sobre algunas obras que recientemente fueron demolidas o modificadas, antes de que la foto de la vista de calle sea alterada también. Eso refuerza de alguna manera el repertorio de recuerdos y a la vez sirve como una pequeña crónica personal de los cambios que ha experimentado la capital. Se aprecian variaciones de todo tipo, algunas afortunadas y muchas otras no tanto, pero eso es lo natural en una ciudad viva, donde los edificios y los recuerdos requieren el cultivo del aprecio cotidiano para seguir manteniendo en la memoria al menos, parte de lo que fuimos y de lo que somos como individuos y como sociedad, y así apuntar o al menos adivinar lo que podremos llegar a ser.

La fachada del Colegio Portugal por la calle Nieto, de acceso general a la escuela y por muchos ampliamente conocida, cuenta con ciertas reminiscencias más bien fortuitas de la arquitectura expresionista de la segunda década del siglo pasado -tal vez por su altura y por sus pequeños vanos, se puede asociar a la fábrica de químicos en Luban de Hans Poelzig-, pero de alguna manera es un fuerte detonador de recuerdos de todo tipo, incluso para quienes no hayan estudiado ahí, lo que se fortalece por ser una fachada prácticamente intacta al menos desde varias décadas. Todo esto en memoria del padre José Guadalupe Díaz Morones, director del Colegio por 53 años y que en estos días cumplió años de fallecido.