Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Amor en silencio

En Gloucester, Massachusetts, vive una familia poco usual, pues todos, con excepción de su hija adolescente, padecen de sordera. La chica, de nombre Ruby (Emilia Jones), es quien transforma el mundo de silencio de su familia en mensajes mediante el lenguaje de señas. Ella es una CODA (o “Child Of Deaf Parents” – “Hija De Padres Sordos”) y su vida, así como su perspectiva, serán el foco mediante el cual esta conmovedora, y en ocasiones hilarante historia, se desarrollará no sólo como un relato más sobre la mayoridad o el paso de la juventud a una madurez propulsada por las duras circunstancias, sino, además, será un somero estudio de caracteres que plantea algunos cuestionamientos muy válidos sobre el papel que juega la sociedad norteamericana en cuanto a su trato y apoyo a los discapacitados, pero con un grato manejo de su narrativa por su guionista y directora Sian Heder (quien adapta el guion que Victoria Bedos y Stanislás Carré de Malberg crearan hace siete años para “La Familia Beliér”), quien aleja el foco argumental de cualquier victimización o debilitamiento de sus protagonistas para conferirlos de inusual fuerza e incluso una bis irónica sobre su condición.
La familia está conformada por Ruby (Jones), su irreverente, algo rudo pero amoroso padre Frank (Troy Kotsur), la protectora y algo rebelde mamá Jackie (Marlee Matlin) y su hermano mayor Leo (Daniel Durant), todos ellos dedicados a la pesca como el único oficio que mantiene a flote económicamente a la familia, mientras Ruby conforma su cotidiano a asistirlos en la captura de peces, atendiendo el radio y lidiando con guardacostas mientras estudia la preparatoria. Además, como toda adolescente, se siente atraída por uno de sus compañeros, en este caso un joven mesurado y amable llamado Miles (Ferdia Walsh-Peelo), que toma la clase optativa de canto en el coro de la escuela, por lo que ella decide seguirlo e inscribirse en el mismo curso. Una vez ahí, se dará cuenta de que posee grandes aptitudes por el canto guiada por su maestro, un hombre de ascendencia latina llamado Bernardo Villalobos (Eugenio Derbez), egresado de la prestigiosa academia musical de Berkley, pero sin haber desarrollado una carrera importante, lo que, a su vez, le acarrea ciertos complejos que purga con dureza y sarcasmo en sus alumnos. La vida de Ruby, poco a poco, comenzará a enfilarse a su preparación vocal para audicionar en Berkley, mientras su familia lo ve como un punto de conflicto, pues, si ella es aceptada, significa que la perderán, lo que significa separarse -algo que jamás ha sucedido- y desprenderse de su único enlace con el mundo oyente y verbal.
El punto nodal de la película será la identidad, que con cada interacción de Ruby forma la cinta para crear un tapiz dimensionado y atractivo sobre este mundo donde la comunicación es esencial y la mirada núbil y en constante progreso de Ruby consolida su avance narrativo con solidez para no caer en el dramón o la comedia facilona, constatado con los jocosos diálogos en señas de Frank y Jackie o sus honestas muestras de afecto y las reacciones tan auténticas de la joven ante su dinámica familiar, no siempre exitosa o cariñosa -como cualquier familia-, o su entorno académico, donde, además de aprender sobre el noviazgo con Miles y entender sobre autonomía e identidad con el Señor Villalobos, debe sortear el constante acoso y abusos cometidos por sus compañeros al pertenecer a una familia sordomuda. “CODA: Señales del Corazón” logra comunicar todas sus ideas de forma clara y sensible, con un constante juego de humor y drama que no decae y nos sumerge en un mundo de silencio donde las palabras salen sobrando para cederle importancia a las emociones, tanto habladas como gesticuladas.

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