Por J. Jesús López García

El arquitecto suizo, nacionalizado francés, Charles-Édouard Jeanerette-Gris (1887-1965), mejor conocido como Le Corbusier a partir de 1920, en sus primeras fases creativas involucradas con las vanguardias artísticas e intelectuales de principio de siglo XX, llamaba a los arquitectos a abordar la disciplina como lo estaban haciendo pintores, escultores, músicos y poetas: desde la búsqueda de la esencialidad, y por ende, llegar a las concepciones y las formas puras.

El purismo lecorbuseriano en la definición creativa de las cosas desde su manifestación mínima como una botella o una guitarra son esencias puras, a las que toda forma o atributo extra a su función y forma básicas son accesorias y por tanto prescindibles. Para Le Corbusier el purismo arquitectónico era esa expresión casi primitiva en que despojándose de lo contingente, el edificio se presentaría en su forma esencial.

Así expresó, casi como un dogma, sus 5 puntos de la arquitectura moderna: 1. Estructura con base en columnas aisladas en planta baja, 2. Lo anterior definía la planta libre, 3. Disposición de muros independientes de la estructura dando como resultado la fachada libre, 4. Vanos horizontales con el propósito de enfatizar el trabajo del concreto armado y 5. La utilización de la azotea como una terraza-jardín. Esto que pareciese arbitrario era un manifiesto de la modernidad racional expresada en la arquitectura del que el propio Le Corbusier con el paso del tiempo se alejó para abordar la disciplina arquitectónica desde un enfoque mucho más lírico y poético, a veces en apariencia -y contraviniendo su “purismo”- caprichoso.

Sin embargo a partir de ese fundamentalismo purista y de la racionalidad derivada de la proyección de edificios bajo las premisas constructivas y de diseño surgidas del clasicismo respaldado por la industrialización -del que el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969) fue el máximo exponente- se estableció el canon Moderno que se fijó bajo la etiqueta del “Estilo Internacional” en la exposición de 1932 en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, uno de los grandes referentes del arte contemporáneo.

A partir de ese canon durante las décadas de los años 30, 40, 50 y 60 se repitieron los patrones arquitectónicos modernos a escala global, por ello un edificio como la torre Latinoamericana de la Ciudad de México del arquitecto Augusto Harold Álvarez García (1914-1995), se asemeja mucho a otros rascacielos ubicados en múltiples ciudades en el planeta, y es que la Escuela Moderna de arquitectura se contemplaba a sí misma como la vanguardia de un movimiento que buscaba la repetición racional y funcional de sus prototipos, y por tanto de sus mecanismos de diseño formal y constructivo.

Llegaron las cosas al punto en que los edificios que se parecían se encontraban en muchos sitios como el Seagram (1954) de Ludwig Mies van der Rohe en colaboración con Philip Johnson (1906-2005), vecino del Lever House (1952) -proyectado por Gordon Bunshaft (1909-1990), integrante de la firma de arquitectos Skidmore, Owings and Merril (SOM)- que le antecede, pero que se inspiró en los Lake Shore Drive Apartments (1949) del mismo Mies.

A pesar de los cuestionamientos posmodernos a ese enfoque moderno de la arquitectura, los formulismos actuales se siguen repitiendo precisamente por su esencialidad que garantiza al menos, una composición bien calibrada, como el edificio ubicado en la esquina de la avenida Adolfo López Mateos y calle Wasco en Aguascalientes. Una obra más o menos reciente que emplea la planta libre, un muro que podemos mencionar como cortina y el énfasis en la continuidad compositiva horizontal. Sobresale una ligera losa para enfatizar el acceso y una diagonal en el plano de su fachada poniente, pero su imagen puede remitirnos a los edificios de Bunshaft, de Craig Ellwood (1922-1992) o Charles y Ray Eames, con algunos elementos constructivos más recientes. Es un edificio discreto que llama la atención por su buena composición y su adscripción a una modernidad que trae su antecedente desde hace ya un siglo de las vanguardias referidas, lo que de alguna manera constata que la Escuela Moderna a 100 años de haber surgido, continúa vigente sin necesidad de excentricidades o estridencias. El inmueble además funciona como un contenedor para diversas maneras de ser empleado, lo que también hace justicia a su tratamiento racional y funcional como una gran envolvente, un versátil depósito cuya utilización depende de sus ocupantes.

El clasicismo tradicional partió de Grecia alrededor del siglo VI a. C., y continuó vigente como referente hasta principio del siglo XX, cuando los nuevos modos económicos e industriales propulsaron actuales maneras de construir y de concebir edificios bajo recientes premisas urbanas. Estamos viendo como la Escuela Moderna es la continuación de ese canon clásico bajo nuevos supuestos técnicos. No obstante su aparente ruptura con la tradición, la arquitectura moderna no es un nuevo clásico, sino otra manera de expresar ese clasicismo.

En Aguascalientes existen varios ejemplos con las mismas características plásticas del edificio analizado, lo que nos remite a que los profesionales de nuestra metrópoli llevan a cabo una notable arquitectura.