Por J. Jesús López García

Lewis Mumford en The Culture of Cities (1938) comentaba que en materia de monumentos, “Si es un monumento, no es moderno, y si es moderno, no puede ser un monumento”. La arquitectura Moderna además de concebirse como uno de los guardianes de la racionalidad, atendía el signo de todas las revoluciones contemporáneas, por lo que, atañiendo a lo último, la monumentalidad, alusiva a las jerarquías tradicionales, se concebía incompatible con la modernidad.

El clasicismo por su parte, en su afán ordenador, echaba mano de la monumentalidad como una característica que permitiese un sistema de categorías sobre las que se pudiese establecer el orden; de esa manera podemos ver en el clasicismo grecolatino la base misma de la monumentalidad occidental.

Es de esa manera en que la modernidad arquitectónica se ve en una disyuntiva interesante: reconocer el orden clásico como precursor de la composición racional, origen de la noción más básica de la racionalidad, y por otra parte, rechazar al monumento como objeto de un pasado tiránico -elemento también contra el que se dirigieron las revoluciones modernas-.

Entre los mentores que enseñaron a su vez a los maestros modernos hace ya más de cien años, se contaron varios personajes en cuya obra, construida o intelectual se establece esa situación más como enfrentamiento que como ambivalencia, Al final pareció lograrse un terreno común para plantear soluciones racionales y atender a la vez, a una monumentalidad cercana a la modernidad. Esa monumentalidad ya no sujeta al discurso que desde el poder producía objetos arquitectónicos o urbanos; sin ser una sujeción, se plegaba a la racionalidad constructiva y compositiva desde el orden clásico.

Julien Guadet (1834-1908), y sus condiscípulosen la Escuela de Bellas Artes de París, Tony Garnier (1869-1948) y Auguste Perret (1874-1954) en Francia, fueron figuras que así transitaron el final del siglo XIX, entrando en el XX rehuyendo al decorativismo, simplificando sus propuestas de edificios y ciudades -particularmente Garnier- en aras de una pureza constructiva desde los que inspiraron a una serie importante de arquitectos que terminarían revolucionando la manera de encarar la racionalidad arquitectónica insertada ya en las ciudades modernas que escapaban a la escala tradicional,rescatando la monumentalidad como representación de las sociedades extendidas del siglo XX, surgidas de los estados nacionales formados entre los siglos XVIII y XIX, y ya no como una forma de loa al poder.

En este modo de concebir a los edificios y la edificación, más que una monumentalidad entonces hay una manera de componer a los inmuebles desde la simplicidad clásica que por su naturaleza racional, nos parece muy tendiente a la sobriedad de un monumento sin ser este la finalidad.

Por otra parte, no esperemos ver en estos edificios elementos clásicos -entiéndase arquitectura griega y romana- propiamente dichos como columnas y entablamentos con sus órdenes respectivos. Hay inmuebles que sólo toman del clasicismo la simplificación de formas, pues no hay una composición con base en los ordenes tradicionales o la partición en cuerpos y calles, rematados por cornisamientos y frontones; pero con esa sencillez sobria adscriben su modernidad a la racionalidad antigua.

El edificio que se encuentra en la calle Rivero y Gutiérrez No. 202, presenta tres partes diferenciadas. Una vertical con un paño casi siego apoyado en seis vanos con block de vidrio bajo los que se abren los vanos de acceso. El otro con un cuerpo superior revestido en piedra con tres vanos siendo  el mayor acompañado con un balcón, remata este cuerpo una larga jardinera sustituyendo cornisa o balaustrada. Es un conjunto sencillo, con un especial interés arquitectónico y artístico igualmente simples, y además  en el sitio donde se encuentra y siendo su masa lo suficientemente grande para dominar la pequeña cuadra en donde está alineado, es valiosa su sobriedad que no busca agregar más confusión visual al contexto. Como se comentó, parte de las virtudes de la arquitectura clásica trasladadas a los edificios y las ciudades modernos es precisamente constituir edificaciones con presencia urbana que sin buscar la monumentalidad la logran pero desde una constitución simple y neutral.

En la posmodernidad del último cuarto del siglo XX la monumentalidad arquitectónica se propuso como un espectáculo cuya teatralidad no escatimaba en muchas ocasiones, en la profusión de formas, el uso de elementos clásicos se realizaba sin prejuicio y de manera indiscriminada. La sobriedad que es uno de los signos del clasicismo atemporal, fue descalificada como simplicidad sin atributos. Para dar fe de la arquitectura posmoderna en nuestra ciudad acalitana contamos con los siguientes ejmplos: en la avenida Universidad No. 959, en la calle Francisco Primo Verdad No. 337, en la calle Melchor Ocampo No. 155 y en la calle Sierra Morena No. 521.

No solamente la finca referida es un ejemplo que encarna la sobriedad y monumentalidad arquitectónicas, sino que existen múltiples inmuebles con esa misma característica, tanto en su composición, como en su plasticidad, tal y como podemos observar en el inmueble de enfrente del anterior. La avenida Madero ofrece casos de lo expuesto como el edificio con el No. 314.