Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La semana pasada a través de las llamadas redes sociales empezaron a circular al menos dos cortos videos, el mayor de poco menos de cinco minutos, que muestran un grupo uniformado, pertrechado, con chalecos antibalas, fusiles de asalto, ametralladoras antiaéreas, una veintena de vehículos blindados alrededor de ochenta personas y leyendas que los identifican como pertenecientes al grupo “elite” del Cártel Jalisco Nueva Generación. Gritaban consignas tales como: “Pura gente del señor Mencho”. Lanzaron disparos al aire y en la segunda grabación que circuló hubo una amenaza directa al Cártel de Santa Rosa de Lima.

El secretario de Seguridad Pública del país, Alfonso Durazo, que inexplicablemente sigue en el cargo pese a las repetidas muestras de incapacidad, ineptitud y estulticia que ha dado en una función tan delicada, afirmó que se trataba de un “evidente montaje”, aunque para el secretario de la Defensa no resultó tan evidente, al contrario lo desmintió plenamente haciendo un análisis en una de las “mañaneadas” del tipo de vehículos, las características del blindaje, el armamento, el número de hombres y aunque señaló que ningún grupo tiene la capacidad para enfrentar al ejército, los mexicanos aún tenemos el amargo sabor de boca del “culiacanazo” que mostró claramente la impericia, la falta de estrategia y la carencia de mando del Ejército y la Marina, que se vieron rebasados por una acción de respuesta por parte del grupo delincuente, que en unos cuantos minutos tomó como rehén a grupos de la sociedad civil, a familiares de los militares y a los propios militares y policías, es decir a todo Culiacán. Si la respuesta del Cártel de Sinaloa, ante una acción inesperada como la frustrada captura del “Chapito”, puso en jaque a las fuerzas armadas, imaginemos lo que podrá ser una acción planeada con la capacidad de fuego del CJNG.

Una senadora gorda de MORENA, se apresuró a señalar que el montaje no significaba un reto para el “estado mexicano” sino que claramente era un enfrentamiento con otro grupo delincuencial, por lo que los ciudadanos y me imagino también el Señor Durazo, podríamos estar tranquilos.

No cabe duda que de que Dios dice a fregar, llueven carros de escobetas. Lamentablemente ni una sola, ni una sola, de las áreas de la administración pública están funcionando de manera aceptable, quizás con excepción del cuerpo propagandístico del presidente de la República y del dizque inexistente cuerpo de seguridad de su persona. El primero a base de, o pese a, una exposición permanente del presidente y de sus constantes dislates ha logrado mantenerlo con un nivel de aceptación razonablemente bueno, cercano al cincuenta por ciento, no obstante que sus trompos no bailan y no bailarán en un corto o en un mediano plazo. La imagen de “viejecito virtuoso” ha permeado a pesar de sus exabruptos, sus descalificaciones, sus difamaciones. Sus seguidores, que todavía deben ser muchos, carentes de argumentos para defender un gobierno fracasado moral y materialmente, recurren al consabido “los otros eran peores”, “¿dónde estabas antes?”, “es el cochinero que le dejaron”. El cuerpo de seguridad del presidente no la ha pasado bien, de sus alardes iniciales AMLO ha pasado a una reserva y una sana o prudente distancia, las palmas se han trocado en lanzas y no ha bastado con la alta barrera que desde hace tiempo se ha colocado entre él y el pueblo bueno y sabio. Hasta ahora el cuerpo de vigilancia ha salido más o menos bien librado a pesar de torpezas criminales como el joven atropellado por la impericia de uno de los conductores de los vehículos blindados de la caravana presidencial, los reclamos no han pasado a mayores y la excusa de la COVID le vino como “anillo al dedo” para no pararse a dialogar, que, por otra parte nunca ha sido su fuerte.

El comentario de la senadora gorda de MORENA (no retuve el nombre) es por lo menos estúpido, ya no digamos perverso. Bastaría con preguntarse, pero la senadora seguramente no está preparada para ello: ¿Por qué se enfrentan estos grupos criminales? Evidentemente por la supremacía delictiva, el resultado, cualquiera que sea, es perjudicial para la población.

La respuesta presidencial no sólo es irresponsable sino también sujeta a responsabilidad, desbrocemos la aparente paradoja. El presidente juró hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen y eso comprende, desde luego, el combate a la delincuencia, en particular a la organizada y la aplicación de la legislación penal, no hacerlo es una irresponsabilidad, pero también, por lo mismo una responsabilidad administrativa y si mucho me apuran también de índole penal. El escudarse en sus juegos de palabras, en sus estribillos sobados, en sus refranes sabidos y consabidos no aminoran su responsabilidad. Refugiarse en el yo no declararé la guerra es una posición tonta. Sin duda la “declaración de guerra” de Calderón fue una expresión retórica, un recurso para señalar la gravedad del problema y la magnitud de la respuesta que el gobierno pretendía dar. Sus consecuencias eran impredecibles y aún hoy no tenemos suficientes elementos, me parece, para justipreciarlo.

Creo que lo único que no se puede hacer en el combate a la delincuencia organizada es precisamente no combatirlo. Y aunque no le llamen guerra evidentemente el gobierno federal ha realizado ataques selectivos a grupos de delincuencia organizada. La Guardia Nacional, se anunció, fue creada para combatirla, no ha funcionado, pero la intención fue anunciada.

El Ejército y la Marina se han convertido en las pilmamas del gobierno. La Marina ha atenuado su papel de brazo ejecutor aunque sigue siendo el instrumento preferido para el exterminio selectivo. El crecimiento de los homicidios y en general la violencia es inocultable y el ejército no se da abasto con las múltiples tareas que se le han encomendado: construir aeropuertos y refinerías, cuidar fronteras de los “peligrosos migrantes famélicos”, hacerla de policía preventivo y ahora hacerse cargo de las aduanas.

Mientras tanto, la delincuencia organizada sigue creciendo. En algún momento López Obrador tendrá que enfrentarla y mientras más tiempo pase, el baño de sangre será mayor.

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