Por J. Jesús López García

Aguascalientes de casi 447 años, por alrededor de 250, los primeros de hecho, la ciudad tuvo las características hispánicas de la arquitectura mediterránea: fincas alineadas, vanos verticales en muros altos, cornisamentos sencillos o más elaborados en piedra. También iglesias que eran precedidas por el emplazamiento de atrios para darles una presencia más notoria, y de esa manera resaltar su jerarquía con respecto a su entorno.

Lo anterior representa a buena parte de la arquitectura que mostramos con orgullo a los visitantes, que además nos apropiamos como la parte más entrañable de Aguascalientes que concebimos como un patrimonio común a todos quienes la habitamos, es solamente aproximadamente del 15% de nuestra ciudad.

El reciente siglo XX y lo que va del presente XXI, se han caracterizado en la urbe, por dos centurias de construcción nueva y explosiva en su cantidad, ello debido a un cambio sustancial en la manera de producir economía en la capital, estado y región. De lo agropecuario se pasó a la industria de la transformación, y esto también trajo consigo una revolución local en la manera de hacer arquitectura. Materiales y técnicas nuevos como la construcción en acero y concreto armado, así como el uso más extensivo del ladrillo recocido, desplazaron a los tradicionales adobe, madera y piedra, utilizada en los edificios más importantes y en algunos elementos especiales de las casas tradicionales -como marcos de vanos, arcos y columnas, trayendo como consecuencia una obra más resistente al paso del tiempo y una relativa simplificación en los procesos de la construcción-.

Si a lo anterior le añadimos el crecimiento de la población local, atraída por la instalación de nueva industria y las oportunidades que ello conlleva, tenemos así la explosión de la capital que sigue expandiéndose sobrepasando de década en década los bordes previstos por la planeación urbana.

La ciudad tradicional finalmente es aquella que ha sobrevivido el paso de varios siglos y el conjunto aún más grande de edificaciones realizadas entre el final del siglo XIX y los cincuenta primeros años del siglo XX, y que aún conservan rasgos de esa tradición, como aquella ubicada en el cruce de las calles Guerrero y Rayón, que en sus dos plantas muestra vanos de proporción vertical, enmarcadas por jambas y dinteles de ladrillo o piedra, coronado por una ligera cornisa, alineada a su paramento y que en su construcción se adivina adobe y matacán, más propicio éste último para construir edificaciones de dos niveles, pero también se aprecia el ladrillo recocido y algún elemento en concreto, posiblemente introducido posteriormente en la pequeña terraza, como cerramiento. La finca en cuestión no tiene cochera obviamente aunque en la época de su construcción posiblemente ya había algún número de autos circulando por Aguascalientes. El inmueble nos parece “viejo” aunque realmente, para la edad de nuestra ciudad, quedaría comprendido más hacia la modernidad aguascalentense.

La obra corresponde a la ciudad tradicional que obedece a los usos constructivos que se iniciaron en Aguascalientes hace más de cuatrocientos años. Aunque su edad concierne al Aguascalientes “nuevo”, sus rasgos no se adaptan a la modernidad que ya se estaba gestando en la edificación de la metrópoli, por ello, más que hablar sobre la ciudad “vieja” y la ciudad “nueva”, es más preciso hablar de la ciudad tradicional y la ciudad moderna, pues se aprecian edificios relativamente recientes que se apegan a las características constructivas y de forma de la tradición y los hay también, contemporáneos a ellos o incluso anteriores, que ya muestran lo propio pero en modalidades renovadas.

Aguascalientes tiene edificios viejos y nuevos, donde lo tradicional y lo moderno conviven y le apreciaríamos y le disfrutaríamos más si comprendemos los orígenes de esa historia y de esa actualidad.

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