Por J. Jesús López García

Un palimpsesto es un pergamino o una vitela en que habiéndose escrito un texto, posteriormente fue borrado para luego reescribir sobre de él otro texto. Esa práctica fue muy común en la Alta Edad Media pues el pergamino era muy costoso y el papel no era conocido en el mundo occidental, lo que forzaba en los grandes centros del conocimiento que fueron los monasterios y conventos, a economizar recursos por lo que sus escribanos y copistas tenían que recurrir a la piedra pómez para borrar lo escrito y disponer nuevamente de un soporte para escribir nuevamente sobre de él.

Toda ciudad es un palimpsesto donde viejos edificios y lugares son parcialmente transformados, modificados o reedificados y luego son vueltos a emplearse, esta vez para otros usos y otras vivencias completamente diferentes a los originales. A veces el edificio no es mayormente tocado y sólo se le cambia el motivo de su utilidad, como la Mole Antonelliana de Turín, edificio ecléctico del siglo XIX de más de 160 metros de altura que debe su nombre al de su autor, el arquitecto Alessandro Antonelli (1798-1888). La Mole Antonelliana en inicio estaba pensada como un templo judío, pero luego de desavenencias de todo tipo entre la comunidad judía de Turín y su arquitecto -entre otras la elevación del 150% de altura del edificio, lo que propició el aumento exponencial de su coste y el aparente antisemitismo del profesional-, la ciudad de Turín se hizo cargo de terminar el edificio a fin de dedicarlo al flamante Rey de Italia, Víctor Emanuel II (1820-1878). Tras algunas intervenciones utilizando concreto armado y estructura de acero ya en el siglo XX, a partir del año 2000 es la sede del Museo Nacional del Cine de Turín.

A veces los edificios son modificados para servir a una nueva vida arquitectónica, como el viejo convento de San Diego en Aguascalientes, construcción proveniente del siglo XVII y que a lo largo de las siguientes centurias se le fueron añadiendo edificios contiguos como parte del mismo conjunto conventual. En el siglo XX pasó a formar parte de los edificios de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y en las décadas de los 70 y 80 vivió una serie de remodelaciones y ampliaciones donde resalta el antiguamente llamado “Edificio Polivalente” rematando su segundo patio. Levantado con concreto armado sirve de contrapunto a su vecino Camarín; obra del arquitecto Javier Sánchez Alfaro, estableció una moderna fachada a lo que era un paramento totalmente indefinido. Desde hace no muchos años, ese viejo convento alberga al Museo Nacional de la Muerte.

Hay casos en que se sobreponen construcciones a vetustos edificios y les “borran” a los ojos de los transeúntes, como la Escuela de Cristo sobre el andador Juárez; una nave del siglo XVIII al que se le sobrepuso un edificio que le mandó al olvido parcial y que con el tiempo volvió a recuperar su fachada y su presencia frente a la ciudad, ésta vez presentándose como un conjunto dedicado a las artes y la cultura. Digamos que el texto borrado fue parcialmente restituido suprimiendo totalmente lo que se escribió después, un palimpsesto reversible.

En Aguascalientes observamos diferentes elementos que dan testimonio casi oculto de lo que hubo antes, como las pilastras que en varios edificios del centro de la ciudad muestran una pequeña porción de una vieja finca que estuvo ahí y que ya no existe más. Un palimpsesto más reciente lo encontramos en la calle Damasco, lo que era la sede Art Déco de la harinera “Titán”, muestra parcialmente su fachada, con su coloso incluido, detrás de otras construcciones más recientes, resaltando más el interés, pues es en esos lugares en donde vemos los cambios que ha experimentado la construcción en nuestra ciudad, los usos que fueron y que ya no son, y de alguna manera la presencia de tiempos pasados que nos hacen reflexionar que el cambio es la verdadera identidad de una ciudad viva.