Por: Daniel Amézquita

441 años de la fundación de nuestra ciudad, Aguascalientes, el comienzo del lugar que para muchas y muchos de nosotros es nuestro hogar y destino, también nuestra plataforma y punto de fuga. 441 años en los cuales ha transitado la historia y ha dejado su huella en las calles, en los edificios, en las iglesias y en la tierra misma. Nuestra ciudad rezuma historia por cada casa y cada monumento que hay en ella, episodios de sus más de cuatro siglos y medio que la convierten en uno de los lugares más bellos y más confortables para vivir.

Pero hay que recordar que esta ciudad también es anfitriona y recibe con brazos abiertos no sólo a turistas, sino también a familias que han decidido migrar para buscar una mejor calidad de vida, a estudiantes que vienen a preparase para convertirse en mejores ciudadanos, a trabajadoras y trabajadores foráneos y extranjeros que llegan a nuestro territorio con la intención de aportar y compartir las experiencias que alienten al sector empresarial e industrial.

Aguascalientes es una ciudad modelo que acoge a quien lo necesita con los brazos abiertos y con las posibilidades amplias, con la belleza y la contrariedad de todas las ciudades modernas que propician el desarrollo de sus habitantes, es una ciudad que alberga ideas diferentes, métodos diferentes, creencias diferentes, pero en algo se está de acuerdo: el amor y el sentido de pertenencia que contagia.

Desde 2011 se celebra a nuestra ciudad con eventos de talla internacional y nacional, así como actividades gratuitas para toda la familia. Conciertos, talleres, espectáculos, presentaciones de libros, etc. Y la ciudad completa realiza sus propios festejos en las delegaciones, en las colonias. Es así como más de cuatro siglos de historia han transformado a Aguascalientes, su gente, sus habitantes llenos de esperanza y buena voluntad, de empeño consuetudinario y hospitalidad nata.

¿Qué es lo que nos define como aguascalentenses de la capital? El valor de enfrentar los problemas que acaecen a lo largo de nuestra vida, rescatar nuestros espacios y nuestras tradiciones más antiguas y que son parte de nuestra identidad, defender nuestro ambiente y a las demás especies contra las hostilidades y ambiciones; persignarse cuando se cruza por una iglesia aunque no se asista a misa, hablar cantadito y ranchero pero con palabras al uso contemporáneo, comer bolillos con crema, una rebanada de jamón y un chile jalapeño; pero sobre todo ser anfitriones y recíprocos con lo que alguna vez nos brindo o les brindó a nuestros antepasados la ciudad: la posibilidad y la tranquilidad de seguir adelante y realizarnos como seres humanos.

Así que estos son tiempos para celebrar a una de las más importantes ciudades del país, que cuenta con el mejor desarrollo económico y con los mejores servicios, además de una relevante presencia multicultural que nutre nuestras culturas y sitúa a Aguascalientes en la periferia global. No se necesita nacer en sus tierras para ser hidrocálido, acuicalidense, termapolitano o aguascalentense, se necesita la convicción de crear una ciudad y una ciudadanía mejor, de apostarle a que juntos lograremos que la esperanza, la justicia y la plenitud sean una realidad, una creencia.

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