Luis Muñoz Fernández

El Seminario de Cultura Mexicana fue fundado en la Ciudad de México en 1942 por un grupo de intelectuales, con el propósito de divulgar las diversas facetas de la cultura. Pronto se formaron otros grupos con el mismo objetivo fuera de la capital del país que se llamaron corresponsalías. La de Aguascalientes, una de las primeras, se fundó en 1943.

En la Corresponsalía Aguascalientes del Seminario de Cultura Mexicana estamos de plácemes, pues El Heraldo de Aguascalientes nos ha abierto las puertas para que los integrantes de la sección de ciencias aprovechemos este espacio privilegiado publicando quincenalmente en él un artículo de divulgación científica.

Paradójicamente, por razones históricas entre otras, la ciencia se incorporó tardíamente a la cultura nacional y hoy buena parte de nuestra población carece de ese conocimiento, lo que da cabida a una interpretación tendenciosa del mundo, huérfana de uno de sus aspectos más importantes.

Cuando no se cuenta con la referencia científica de la realidad, se cree fácilmente en todo tipo de supersticiones. Basta con observar lo que está ocurriendo hoy con la pandemia de COVID-19. Un número importante de compatriotas todavía duda de la existencia del virus, prueba todo tipo de remedios “mágicos” y se resiste a ser vacunado porque supone, sin evidencia alguna, que la inmunización forma parte de una conspiración mundial con fines oscuros y conlleva un riesgo inaceptable de efectos adversos. Su ignorancia, aunque sea involuntaria, nos pone en peligro a todos los demás.

Tenemos al menos tres razones para hacer divulgación científica.

Primero, porque deseamos que las mexicanas y mexicanos, más allá de enriquecer su propia cultura, adquieran “un espíritu científico”, ese sano escepticismo que nos permite tomar distancia y analizar con juicio crítico lo que observamos a nuestro alrededor, sobre todo aquello de lo que se nos trata de convencer a través de los diversos medios de comunicación.

En segundo lugar, porque la naturaleza de la realidad, del universo y de nosotros mismos que nos descubre la investigación científica es fascinante, asombrosa, intrigante y estimula en nosotros una de las actitudes más importantes, necesarias y que mejor define a la especie humana: la curiosidad.

En tercer lugar, porque nos recuerda constantemente que la incertidumbre que tanto nos desagrada es parte de esa realidad, dotándonos de herramientas útiles para lidiar con ella. El conocimiento científico, siempre provisional, nos aleja de las actitudes dogmáticas e intolerantes y contribuye al fortalecimiento de la democracia.

Hace doce años que la abogada y médica neozelandesa Jaqueline Kelly escribió una hermosa novela titulada La evolución de Calpurnia Tate, sobre la vida de una niña texana cuyo abuelo la introduce en el conocimiento científico, concretamente en la teoría de la evolución de los seres vivos. Las palabras que le dirige el abuelo definen muy bien lo que pretendemos al escribir esta columna:

Enciende la lámpara, Calpurnia. Arrojemos algo de luz en los sombríos rincones de la “terra incognita”. Alcemos la lámpara del conocimiento y suprimamos otro dragón del mapa.

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