Luis Muñoz Fernández

El Proyecto Genoma Humano, una de las investigaciones más apasionantes e importantes de nuestra época, no omitió incluir entre sus intereses lo que denominó “Aspectos éticos, sociales y legales” (“ELSI”, por sus siglas en inglés), queriendo con ello llamar la atención hacia aquellos temas no propiamente científicos que acompañan a la investigación y al impacto de sus descubrimientos.

Más allá del estereotipo del sabio despistado ajeno a los intereses de la mayoría de las personas, el científico es un ser humano, con todo lo bueno y lo malo. Por tanto, su trabajo, por sofisticado e incomprensible que parezca, también tiene virtudes y defectos. Además, hoy en día la ciencia, como casi todas las demás actividades humanas, tiene una faceta económica y política que no puede dejar de tomarse en cuenta.

Por eso es necesario reflexionar sobre la naturaleza y los alcances del conocimiento científico y la tecnología, que es la aplicación práctica de ese conocimiento. Y ese es precisamente uno de los objetivos principales de la bioética, una disciplina nacida en los años 70 del siglo pasado que hoy ocupa un lugar muy destacado en la reflexión de las sociedades contemporáneas.

Como su nombre lo indica, es la fusión del conocimiento científico de la vida y de los estudios humanísticos como la filosofía. El doctor Van Rensselaer Potter, su impulsor inicial, preocupado por el impacto que podía tener la ciencia y la tecnología en la especie humana, escribió un libro titulado “Bioética: la ciencia de la supervivencia”, donde afirmaba: “La humanidad necesita urgentemente una nueva sabiduría que le proporcione el ‘conocimiento de cómo usar el conocimiento’ para la supervivencia del hombre y la mejoría de su calidad de vida”.

La parte filosófica de la bioética nace de la ética, una de las ramas de la filosofía cuyos orígenes se remontan por lo menos al siglo IV a. C. con los estudios de Aristóteles. Se trata de un saber que, aunque nace de la reflexión, es eminentemente práctico y se interesa en la moral, es decir, en las costumbres y lo que en un momento dado se considera correcto o incorrecto. Ética y moral están impregnados por la noción de valores, término que acoge actitudes, creencias y principios, ya sean morales, religiosos, políticos e ideológicos que comprometen a diversas profesiones y al comportamiento humano en general.

Los aspectos éticos de los temas científicos deben ocupar un lugar central en la mente de los investigadores. Ellos deben ser los primeros que los analicen y los discutan, para después extender esas consideraciones a toda la sociedad, incluyendo también a los gobiernos, para que ciudadanos y autoridades generen marcos legislativos que regulen estos aspectos en pro del bien común. En estos debates públicos deben escucharse todas las voces y no dejarse llevar por el interés particular de aquellos grupos que buscan conservar e incrementar el poder que tienen sobre los ciudadanos.

El desarrollo científico debe ir de la mano de una mayor ciencia ética. Por eso son oportunas las palabras del médico e investigador Marcelino Cereijido: “Ciencia sin seso, locura doble”.

 

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