Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Vampiros a bordo

Nada seduce más al espectador que una premisa donde el consabido conflicto maniqueo entre bien y mal se define inevitablemente por su confinamiento en un espacio ineludible. En este caso, un grupo de terroristas que toman como rehenes a los pasajeros de un avión en pleno vuelo sin percatarse que uno de los viajeros es un vampiro. Con pocas palabras, se define todo un proyecto de manera contundente, tal cual debió suceder con Samuel L. Jackson, cuando, de forma similar, le describió a la New Line Cinema el argumento de “Serpientes A Bordo” hace 15 años para que recibiera luz verde. Y es que, en verdad, una trama construida con base en un planteamiento así de claro le da oportunidad al guion de enfocarse en los personajes y sus interacciones mientras reaccionan a la inaudita situación en que se encuentran, que es justo lo que sucede en “Cielo Rojo Sangre”, coproducción alemana-norteamericana para Netflix que aprovecha muy bien las limítrofes narrativas de una historia como ésta para redondear a una protagonista que lidia tanto con su propia situación hematófaga como con los tunantes armados hasta los dientes que interfieren con su viaje.
Peri Baumeister (“El último Reino”) será nuestra reacia e improvisada heroína, una mujer llamada Nadja que parte de Alemania junto con su pequeño hijo Elias (Carl Anton Koch) con rumbo a Nueva York, donde recibirá un tratamiento especial debido a un mal sanguíneo que posee, el cual la impele a beber hemoglobina, verse afectada terriblemente por la luz solar y un crecimiento desmesurado de sus piezas dentales. Una vez en el avión, un grupo de malhechores lo secuestrará para alterar su curso y alterar el mercado de valores para obtener una enorme ganancia, pero haciéndolo ver como un ataque terrorista musulmán. Ante esta situación, Nadja debate internamente entre liberar al monstruo que lleva dentro para proteger a su hijo o mantener la docilidad para que todo siga su curso, pues sabe que, una vez liberada la bestia, no habrá vuelta atrás. Las estresantes circunstancias la orillarán a entablar un juego del gato y el ratón donde los ladrones deberán vérselas con un ser que los supera en brutalidad y violencia, a la vez que se despliega una red emocional donde entra en juego el amor de una madre por su hijo y viceversa.
Para que un guion con estas características no sucumba a la correría gore bobalicona, se requiere de un soporte psicológico y emocional para con sus personajes, con el fin de que no quede todo en la mera caricatura y, por fortuna, la experiencia del director Peter Thorwarthevita y los escollos de la gratuidad logran añadirle aristas emotivas a Nadja y matices atractivos a los facinerosos mediante oportunas analepsias que explican el origen del vampirismo de la protagonista y su lucha para mantenerlo a raya, mientras que sus antagonistas poseen varias facetas que, si bien no los muestra como seres humanos reales, les dota de elementos distinguibles y casi razonables para su proceder. “Cielo Rojo Sangre” logra aportarle algo de dimensión emocional a la sencilla premisa de malos contra peores (a fin de cuentas, Nadja es un personaje que destaza, decapita y asesina con saña) en un espacio delimitado e ineluctable y, por ello, es una opción a considerar para un sábado en la tarde.

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