Ciclos diferentes

Por J. Jesús López García

En la calle Manuel M. Ponce No. 126, justo enfrente de la puerta sur del Jardín de San Marcos, se encuentra una finca de tres niveles con rasgos claramente inscritos en el estilo neobarroco, con una balaustrada ecléctica en el balcón-terraza del nivel intermedio y columnillas salomónicas de capiteles de orden compuesto en las ventanas inferiores y en la gran terraza superior desde donde se obtiene una vista privilegiada al jardín; su acceso principal se expresa con una arquivolta de dos arcos de medio punto y su puerta de madera con vistosos herrajes es similar en su tratamiento al de su garage que en su momento, debió ser a pesar del tono “tradicionalista” de su decorado, una novedad. Entre su aplanado con arquillos ojivales aleatorios, se asoman un vano en cuadrifolio y una ventana que sugiere un ajimez sobre una decoración en piedra de apariencia barroca.

Es un inmueble que vale la pena ser descrito pues resalta en un segmento de calle que es muy agradable, y que a igual que sus vecinos próximos, ha cambiado por completo su uso respecto al original. La casa primigenia ha cambiado y ahora se ha convertido en escuela, restaurante, oficina, entre otros.

Al percibir las dimensiones de esos edificios es claro que para los modos de vida actuales de las familias de hoy, una casa de ese tamaño es poco práctica por requerir un mantenimiento exhaustivo y costoso, por lo que no es de extrañar que esos inmuebles se destinen a otros usos que puedan potenciar su ocupación, o la rentabilidad de sus capacidades instaladas.

Lo anterior es un fenómeno en ciudades que van creciendo a ritmos importantes y que de una u otra manera van ejerciendo sobre su suelo una presión de mercado que tiende a no dejar ociosos terrenos y fincas en zonas de valor para la urbe, y al mismo tiempo, tiende también a sectorizarse en distritos habitacionales, dejando para áreas como la del centro de nuestra capital y sus barrios, la instalación de giros comerciales y de servicios que difícilmente encontrarían un sitio mejor, pues en el centro de Aguascalientes y sus barrios tradicionales hay una diversidad arquitectónica y de usos de suelo que pueden provocar interacciones interesantes.

Con todo, cualquier solución arquitectónica-urbana tiene una vigencia y al final habrá que idear fórmulas o soluciones nuevas. El agotamiento de edificios y población sobre ciertos fenómenos urbanos, comienza a exigir un nuevo tratamiento y así la ciudad se reforma, se transforma y se reconstituye, a veces dejando como saldo modificaciones arquitectónicas desafortunadas, a veces terminando con los edificios y a veces, como el caso referido, buscando potenciar sus atributos para darle un diferente ciclo.

No hay reglas o fórmulas mágicas para lograr que esa nueva etapa, sea una buena vida para el inmueble y una experiencia igualmente conveniente para sus ocupantes, propietarios, vecinos, usuarios y la ciudad misma, pero si hay algunas pautas que pueden observarse, como el respeto a la finca y sus características en caso de tener ésta algún valor arquitectónico, analizar sus posibilidades de reutilización y tener una visión de conjunto sobre lo que el inmueble puede llegar a ser o a detonar en su entorno. Esas tres acciones aparentan ser simples pero no lo son, pues siempre las prisas del interés económico provocan presiones fuertes que curiosamente a la postre ya no parecen ser tan urgentes; también los costos para adaptar al edificio nos son pequeños, ya no digamos hacer funcionar un negocio, y finalmente la aceptación del nuevo establecimiento depende de muchos más factores. No queda sino apreciar que en aquellos edificios en que se han buscado nuevas soluciones sin destrozar el inmueble, se ha llevado a cabo una intervención que muestra respeto por la finca, y también por la ciudad.