RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

Los últimos 15 días han sido muy crueles para mi, pues en ese lapso fallecieron dos amigos muy estimados. Primero, hace 15 días, Alejandro Muñoz y el domingo pasado Jesús “Chucho” Arroyo. De Alejandro tuve la oportunidad de platicarle cómo y desde cuándo lo conocí y a partir de ahí llevamos una buena amistad. A Jesús Arroyo Aguirre, más conocido como Chucho Arroyo lo conocí hace más de 30 años gracias a mi compadre Tomás Balcázar, ex jugador de las Chivas y abuelo del Chícharo Hernández y a mi también compadre Marco A. Muñiz… ¡El lujo de México! Ellos dos junto con Chucho Arroyo formaban un trío de amigos inseparables, unos verdaderos tres mosqueteros. Balcázar y Muñiz se habían conocido desde muy chicos pues nacieron en el mismo barrio en Guadalajara: Mexicaltzingo. Y a Chucho lo conocieron cuando Marco emigró a la Ciudad de México muy jovencito a buscar fortuna como cantante. A mi me tocó convivir con ese trío debido a que tanto Marco como Tomás me invitaban a mi y a mi familia a los eventos familiares y de amigos tanto en Guadalajara como en México. Cuando nos conocimos Chucho Arroyo y yo parecía que éramos amigos desde hacía muchos años, a pesar de la diferencia de edades me trataba como a un viejo amigo y platicábamos de todo, aunque para él el tema taurino era algo presente en sus pláticas. Con mi familia acudimos a varias fiestas a su restaurante, el restaurante Arroyo, muy famoso tanto por su deliciosa comida como por el tremendo ambiente que se vive en dicho lugar, grupos de mariachis, tríos, payasitos para los niños, etc. El restaurante cumplió funcionando este año 2021, ¡80 años! Quienes lo fundaron fueron los papás de Chucho. Con el paso del tiempo Chucho inauguró la plaza de toros que está en el mismo restaurante a la cual puso por nombre Antonio Velázquez en homenaje al matador de toros leonés. Por cierto, este torero murió dramáticamente pues se cayó de la azotea de su casa en la Ciudad de México, de una altura de 20 metros, cuando le mostraba a un grupo de amigos y periodistas la construcción de un salón que estaba construyendo para colocar ahí sus trofeos. Antonio Velázquez se tropezó y cayó al vació, falleciendo en la ambulancia que lo llevaba al hospital. En esa plaza de toros de Chucho Arroyo se originó la escuela taurina Pepe Alameda, además de ser la plaza en donde se forjó Manolo Mejía. Chucho Arroyo fue apoderado del matador de toros Jorge Gutiérrez. Como dato interesante le comento que quien inauguró la plaza de Arroyo fue el gran mimo Mario Moreno “Cantinflas”, quién también fue un gran aficionado a la fiesta brava, así como ganadero de reses bravas. La inauguración de la plaza fue en el mes de marzo de 1971, o sea hace 50 años.

Chucho Arroyo fue un hombre carismático, que se hacía querer fácilmente. A Aguascalientes venía casi cada año al serial taurino, por lo cual no era raro verlo en uno de los palcos en cada corrida. Siempre venía con su esposa Chío y sus invitados de honor eran los Balcázar, Tomás y Lucha su esposa. Así mismo a mi y mi familia nos invitaba también. El anfitrión era David Clemente, pues siempre al terminar la corrida nos íbamos a su casa, en el Campestre, a pasar una velada bohemia, de mucho ambiente. Casi siempre iban también los toreros que habían toreado un día antes o que iban a torear al otro día. Era como un acto fervoroso acudir a saludar a Chucho. Yo veía con admiración el cariño y respeto que las grandes figuras le prodigaban. Ahí vi desfilar a los grandes toreros en la casa de David. La familia taurina más representativa ahí departía con mucha alegría y camaradería. A eso habría que agregarle que Chucho llevaba a la casa a una tambora para que alegrara la noche y no fueron pocas las veces que cantamos al son de esos grupos musicales tan representativos de la feria sanmarqueña.

Tomás Balcázar cumplía años el 4 de mayo y ese día la cosa se ponía buena pues se preparaba una cena para festejarlo, ahí en la casa de David Clemente. Chucho Arroyo, que no se detenía ante nada, en una ocasión en la mañana de un 4 de mayo, cuando estábamos desayunando en el restaurante del Gran Hotel Alameda, que es donde se hospedaban, Chucho nos comentó que la comida de ese día para festejar a Tomás iba a llegar como a la una de la tarde directamente de su restaurante. Y dicho y hecho, a la una de la tarde llegó una camioneta grande cargada con ollas y bandejas en donde trasportaban la deliciosa barbacoa, mixiotes ¡y el tradicional mole poblano! Traían desde las tortillas hechas a mano hasta la vajilla que se iba a utilizar. Así era Chucho Arroyo. No se andaba con medias tintas.

De Chucho aprendí algunas supersticiones, que él como gran taurino practicaba. Un día que estábamos desayunando me pidió el salero, yo atento se lo traté de dar en la mano y de inmediato me dijo que no.

-Ponlo en la mesa. Pues no se debe dar en la mano. ¿Qué no ves que me pasas la mala suerte? Me dijo.

Desde ese día nunca he vuelto a pasar la sal en la mano a nadie ni tampoco la agarro yo de la mano de alguien, a veces me ha dado pena decirle a alguien que no conozco que no me la dé en la mano, que me la ponga en la mesa.

Así mismo tanto él como sus amigos no pronuncian la palabra víbora o serpiente. Cuando alguien cercano pronunciaba una de estas dos palabras de inmediato tocaban madera. Y así varias cosas más.

Chucho Arroyo tenía la costumbre de llamarme muy temprano por teléfono a la casa, mínimo a las 7 de la mañana. Él se despertaba muy temprano y comenzaba su actividad y cuando me llamaba era para invitarnos a irnos el fin de semana a México o a su rancho en Oaxtepec. Me acuerdo que una mañana que me llamó me agarró todavía dormido, y luego a veces el fingía la voz para vacilar. Ya después de un rato se reía y te decía que era Chucho. Esa mañana me dijo: “Oye Rodrigo te llamo para invitarte a que se vengan el domingo a la corrida en el restaurante. Vénganse todo el fin de semana”. Y yo, no capté la intención y le dije: ¿Y quién va a torear? Contestándome: Juan Pérez, Pedro González y Raúl Díaz” O sea me dio nombres al azar, inventados. La realidad era que él quería que nos fuéramos a pasar el fin de semana con ellos en un plan netamente familiar y de camaradería, el cartel de toreros no importaba sino la compañía que nos íbamos a hacer. Claro que luego me apené por no haber captado su bonita invitación. Así era Chucho Arroyo, un amigo a carta cabal que se entregaba sin condición. Algún día le platicaré las tardes de sábado de dominó en su casa, la cual estaba junto al restaurante. Imagínese usted los asistentes: Chucho, ¡buenísimo para jugar! Marco Antonio Muñiz, Tomás Balcázar, Coque Muñiz, Pepe Jara y otros artistas y toreros que eran asiduos invitados a esas sesiones de dominó. Yo en lo personal agradezco al Creador el haberme permitido convivir con tremendos figurones. Hoy lamento mucho la partida de mi querido Chucho Arroyo a la mansión celestial, en donde de seguro está pues se ganó el cielo por su gran amor a sus semejantes. ¡En paz descanse este querido amigo!