Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Los Olvidados” posmodernos

La búsqueda por los factores que identifiquen el fenómeno de la mexicanidad en el cine nacional contemporáneo, ha encontrado varios puntos de expresión que recorren contextos urbanos (“La 4ª Compañía”), idiosincráticos (“Güeros”) e incluso étnicos (“Sueño en otro idioma”) como nunca antes se había podido y visto. Algunas logran consolidar dicha visión mediante un desarrollo y tesis sólidas que procuran una liberación efectista en cuanto a la presentación de sus temas, sin demasiadas taras hollywoodenses, mientras que otras simplemente se contentan con efectuar lo necesario para mantener a la audiencia contenta y sin complicaciones. En este rubro, podemos decir que “Chicuarotes”, el nuevo intento del actor Gael García Bernal por dirigir después de la fallida “Déficit” (2007) y producida por su “charolastra” Diego Luna, se encuentra en un punto medio, ya que la película tiene muchos deseos de producir un mensaje válido y conciso sobre la realidad de la juventud sociocultural y económicamente desfavorecida pero termina recurriendo a varias formulitas del libro sobre cómo diseñar tramas dramáticas posmodernas con tintes trágicos, y eso hunde varios segmentos de lo que pudo ser un filme relevante e incluso trascendente debido a un gran reparto y buen uso de la cámara.
El título alude a un gentilicio de San Gregorio Atlapulco, pueblo avecindado a Xochimilco que con el término “Chicuarote” definen a aquellas personas recias, necias y de carácter relativamente indómito. Y eso precisamente es lo que no son nuestros personajes principales, dos muchachos de escasos recursos conocidos como “Cagalero” (Benny Emmanuel, recién galardonado con un Ariel como Mejor Actor Revelación) y “Moloteco” (Gabriel Carbajal), quienes buscan salir de su precariedad como payasos callejeros que abordan microbuses para solicitar monedas mediante rutinas cómicas o de plano asaltar a los pasajeros cuando éstos se les niegan. Gracias al consejo de un amigo, descubren que pueden obtener una plaza en el sindicato de electricistas si logran pagar la cuota de $20,000 pesos, por lo que harán lo necesario para reunir dicha suma, incluyendo asaltar una tienda de lencería -cuyo resultado termina siendo uno de los momentos más jocosos de la cinta una vez que son detenidos por dos policías obesas- y secuestrar al pequeño hijo del carnicero del pueblo, lo que termina sellando su destino ya que éste en lugar de pagar el rescate recurre a un ex convicto llamado “El Chillamil” (un Daniel Giménez Cacho sólido como acostumbra) para que le ayude a rastrear a su vástago y hacer pagar a los responsables. Es en este desarrollo cuando nos acercamos a los personajes en sus respectivo hábitat, siendo el “Cagalero” quien predomina con un entorno familiar desgastado y violento debido a un padre borracho e intransigente y una madre (Dolores Heredia, excelente como siempre) que aguanta vara lo más que puede, así como una hermana a quien le restringe el noviazgo y un hermano incapaz de revelar su homosexualidad ante la homofobia y feroz disposición de los demás a ello. Para mitigar esto, el “Cagalero” se refugia en Sugheii (Leidi Gutiérrez), una chica que trabaja en la estética del lugar y que terminará siendo cómplice en las andanzas de los protagonistas, las cuales los conducirán a un final no muy alentador.
La construcción dramática que hilvana Bernal es apoyada por la interpretación modernista que le da a “Los Olvidados” de Luis Buñuel, pero abordándola desde las trincheras de la comodidad discursiva que provee el no tener que hablar sobre lo miserable si no se entiende a cabalidad, tan solo le basta con aludirla, y para ello tenemos personajes que constantemente hablan y viven en un contexto sentido y fabricado para que así lo refleje, pero imperceptible como real o genuino. Es demasiado “cine” para obtener una lectura más profunda, vamos. Pero esto no va en detrimento de las actuaciones de Emmanuel, Carbajal, Gutiérrez, Cacho y demás, ya que realizan un gran trabajo tratando de matizar sus personajes mediante posturas y lenguaje corporal verosímil, en contraste con diálogos demasiado fabricados o a la medida del gusto popular, así como una puesta en escena poco convincente (basta ver “Heli” o “La Jaula de Oro” para revisar un entorno genuinamente miserable sin forzar recursos visuales u orgánicos) pero funcional. “Chicuarotes” tiene por ahí una buena película oculta, sólo faltó que un director más experimentado la dejara salir con propiedad.

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