Por J. Jesús López García

Una de las maneras más eficientes para demostrar la fuerza del liderazgo político, religioso o social es la obra arquitectónica-urbana: mediante ella se puede cifrar mucho de lo que constituye una línea de pensamiento, una identidad ideológica o un conjunto de circunstancias que tuvieron la capacidad de moldear un episodio de la Historia. Estas edificaciones tienen el potencial de establecer pautas firmes para construir una imagen reconocible para la ciudad o para el paisaje.

Por ello existen múltiples textos sobre la relación entre el poder y la arquitectura, siendo aquellos personajes con mayor visión de futuro quienes auspiciaron grandes obras de arquitectura, como también hay visiones de futuro positivas o francamente perversas. La familia Medici en Florencia tuvo a bien patrocinar las artes, arquitectura incluida, a la par de su promoción intensa, por lo que se dio en llamar Humanismo y que sería un elemento fundamental para detonar al Renacimiento.

Tras el esplendor renacentista de la Iglesia Católica, se sucedieron los reclamos de austeridad que de cierta manera influyeron en la Reforma luterana y ya en el siglo XX los planes que Benito Mussolini (1883-1945) concibió para engrandecer la imagen del Imperio Romano para enganchar a ella sus propias pretensiones imperiales se vieron truncados por la Segunda Guerra Mundial y su propio asesinato. Mussolini favorecía una arquitectura que de manera abstracta hacía eco de la “gravitas romana”, como la dignidad y la seriedad, en edificios como el del Palazzo della Civiltà o la Casa del Fascio, pero su aliado Adolf Hitler (1889-1945) buscaba lo mismo en copias de la Antigüedad, pero monumentales, como se aprecia en varios de los edificios de Albert Speer (1905-1981), su arquitecto.

No solamente los regímenes imperiales o autoritarios muestran esas pretensiones de asociación a glorias pasadas, aunque Donald Trump (1946- ) también lo intentó firmando la orden ejecutiva Hacer que los edificios federales vuelvan a ser hermosos, para ordenar que los conjuntos federales norteamericanos fuesen elaborados bajo líneas de diseño neoclásico.

En nuestro país tras la Revolución se abrevó en lo prehispánico y virreinal para reafirmar la imagen arquitectónica de eso tan nebuloso que es “lo mexicano”, en oposición al afrancesamiento porfiriano. Así llegamos a edificios institucionales que en México se han ido decantando bajo formas y disposiciones espaciales de tendencias diversas, pero todas hermanadas por la monumentalidad aderezada por un funcionalismo idealizado como en los edificios de Pedro Ramírez Vázquez (1919-2013): el Museo Nacional de Antropología e Historia y el Estadio Azteca, o de Teodoro González de León (1926-2016) la Universidad Pedagógica Nacional y el Palacio de Justicia Federal de México.

Hoy, época de transición y alternancia en las administraciones gubernamentales, y ante la difuminación de eso que antes considerábamos “identidad nacional” y por tanto institucional, los edificios van adquiriendo formas que ya no se ciñen a los lineamientos de una arquitectura pública nacional bien definida y homogénea, sino que se insertan en un mosaico de propuestas de orígenes y filiaciones muy diversas que a veces son afortunadas y a veces no. De alguna manera, esa heterogeneidad arquitectónica refleja bien los intentos de redefinir la concepción de nuestra nación y los rumbos para alcanzar los mejores deseos de un futuro incierto.

Como en Aguascalientes, el acceso del Centro de Rehabilitación e Integración Social del DIF Estatal, un edificio sencillo y ortogonal desde cuya fachada se proyecta hacia la calle una cubierta sobria que recuerda un poco a las formas del portugués Álvaro Siza (1933- ) y que da la bienvenida a los visitantes de manera amplia y franca, muestra la arquitectura de lo que actualmente se estila.