Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Concluyo con mi celebración por Aguascalientes de este año; esta invitación a valorar de manera más justa a nuestra ciudad, con la esperanza de compartirle, el próximo año por estas fechas, más letras sobre Aguascalientes. Lo hago con la segunda parte de un texto del escritor jalisciense Agustín Yáñez, pronunciado en los Juegos Florales de la Feria de San Marcos de 1945, precisamente hace 75 años. A manera de valoración de la obra de Yáñez, permítame utilizar la siguiente imagen: si sacáramos del edificio de la literatura mexicana los “adobes” que el tapatío colocó, el edificio se vendría abajo. Así de importante me parece. Por cierto que la majestad a la que Yáñez se refiere al final, es la Reina de la Primavera, que aquel año fue Carmen I.

Y dice: “En los rumores legendarios que envolvieron mis días de infancia robada familiarmente, con presagioso encanto remoto, el nombre de Aguascalientes prendía en mi ánimo una sensación -más que una emoción- de nostalgia; un melancólico, vago anhelo de andar los caminos de la Patria; un secreto deseo de saber por la sola virtud de andar y mirar; un cierto apetito de aventura. Mis ancestros eran gente cuya vecindad y trabajos los relacionaban de algún modo con Aguascalientes; quizá fueron asiduos concurrentes a las ferias, de donde llevarían los sabrosos bocaditos, las biznagas cubiertas, que yo prefería entre todos los dulces. El creciente de la razón amplió, todavía en la infancia, mi conocimiento de Aguascalientes. Ora era la caprichosa reflexión sobre el nombre descompuesto de la ciudad Aguas-calientes, que sugería meras sensaciones físicas, ora el interés de los relatos que a la ciudad se referían: sí, mi abuelo paterno, de oficio panadero y dulcero, traía su mercadería a la feria de abril, como a todas otras fiestas comarcanas, en fatigosa lucha por la vida: entonces oí hablar de toros, de gallos, de loterías; al haberlo conocido, sin duda mi abuelo me hubiese traído alguna vez, conforme mis cálculos. Fui reconociendo éste y aquel objeto, que la tradición doméstica consagraba como procedentes de la lejana ciudad.

Más tarde, la liberación del verano, me permitía pasar unos meses en la tierra de mis padres, al lado de mi abuelo materno, vendedor de fruta en la plaza del pueblo. ¡Ah! mis dos abuelos; raíces de avidez sensitiva, el olor de cuyo pan, en el uno; el olor, el sabor, el tacto, la vista de la fruta por el otro acariciada, trascienden gustosamente en mi alma. El puesto del abuelo estaba lleno de fruta que las arrierías llevaban de Aguascalientes y éste sí fue mi primer contacto vivo, poderoso, sensual, el regusto de cuyos jugos educó mis sentidos y alimentó mi amor a las cosas de la Patria. ¡Peras, perones cristalinos, quesos de tuna, guayabas, membrillos, granadas, traían y dejaban el mensaje vegetal que aún respira mi vida y se desborda en mi obra, como lo mejor de mí mismo!

Por ese tiempo, en periódicos de mi ciudad comencé a leer poemas de López Velarde, que fueron para mis diez años una precoz revelación; ellos me abrieron la puerta del goce poético, porque no hablaban un tono familiar de cosas familiares y porque así, sencillamente, pero con gracia novedosa, despertaban una vena profunda de mi ser provinciano. Pasaron muchos años para saber quién había dictado ese mensaje. Hoy alcanzo la ocasión de proclamar mi pedido a Aguascalientes, maestra del poeta, la pulpa de cuya poesía es carne de mi alma y sangre de mi ensueño.

Pero habían de ser palabras y ausencias de mujer las que ligaran mi vida con Aguascalientes, por más humanos y directos lazos en la hora sensible de la primera juventud, cuando en el espíritu virgen alcanzan resonancia patética los nimios trances de vivir, el mundo nada vale a cambio de una sonrisa lejana o de una más lejana esperanza de amor, fruta desconocida y codiciada.

Primero tuve, tierra adentro, entre sierras fragosas, una dulce amiga, que llevaba el exilio de lontana heredad, en sordo villorrio incomunicado, la nostalgia de Aguascalientes, donde quedó su casa y parentela, donde había vivido los dichosos días de su plenitud. Mujer exquisita, en cada gesto, en cada palabra, en cada recuerdo, comunicaba el aliento de su ciudad, revivían gentes y costumbres, y aparecía la distinción señorial y proyectaba una imagen pletórica, insinuante, incomparable, de donde recogí los rasgos para forjar mi primitiva visión de la urbe provinciana en cuyo regazo por vez primera quise vivir.

Luego tuve una dulce novia nimbada por ausencias, una dulce novia que me escribía dc cuando en vez a la cárcel de mi ciudad y estudios, que me negaban la gracia de verla sino en los veranos, en la clausura de mi aldea. Mi dulce novia pasaba largas temporadas en Aguascalientes, en fraterna casa. Iban de aquí aquellas ingenuas cartas que perfumaban la rutina de mis días. Era de aquí el sello postal que incitaba mi rebeldía contra la distancia. Surgían de aquí los nombres que mi fantasía paladeaba: el nombre de la calle en que vivía, los nombres de las iglesias y jardines que frecuentaba, los de las personas que la trataban. Surgían de aquí los enigmas no develados por la imaginación, que hallaba en ellos deliciosa fatiga: ¿cómo sería la calle, la casa en que la ausente, de cuando en vez, pensaba en mí y escribía? ¿Cómo era la ciudad que tenía el privilegio de admirar el garbo y estremecerse en los pasos de la bella mujer?

Años después los términos del enigma se invertían. E1 recuerdo de aquella ilusión me trajo a Aguascalientes en itinerario emocional: fui descubriendo el sortilegio de la ciudad bajo el señuelo del fantasma: ésta es la casa cuya dirección escribí tantas veces; por estas calles tornavoces -donde se oye la recóndita queja de los pianos- lució su señorío; en esa ventana asomaría su cabeza y echaría a volar la blancura de su mano en adioses, y éste, éste es el jardín legendario de San Marcos, por donde pasearía el agobio de las noches y el regocijo de las ferias. Aguascalientes poseía para mí una clave romántica, que hacía dulces mis pasos y profundas las sorpresas de irla descubriendo a la luz de las fantasías, que ninguna esperanza material podía menguar. ¡Cómo se aman los rastros de las ilusiones inexorablemente idas! ¡Cómo se aman los sitios en que estuvo fincada la ilusión!

Por esto y por las huellas hondas que en mí han dejado la amistad de muchos aguascalentenses, por los días de opulencia vital que le debo, por esa distinción que me permite hablar ahora, por la gracia de admirar en vos, Majestad cautivadora, el deleitable secreto y la miel de su embrujo, Aguascalientes es la patria de mi espíritu; como el verso de López Velarde, Aguascalientes me tiene comprado en cuerpo y alma.” (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).