Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Continúo ahora con mi celebración por la fiesta principal de la ciudad, que usted puede hacer suya, si lo desea. Lo hago con el texto “Cantata a Aguascalientes”, que el jaliciense Agustín Yáñez escribió para la velada de los Juegos Florales de la Feria de San Marcos de 1945, hace justamente 75 años, en la cual fungió como mantenedor. Por su extensión, he dividido el texto en dos partes.

Extraño término este, de mantenedor, como también lo es el de celebración del gay saber, un sinónimo de juegos florales. En cuanto al primero, no llegué muy lejos en la búsqueda de su significado: el diccionario de la RAE dice que se trata de la “Persona encargada de mantener un torneo, una justa, un certamen literario, etc., cosa que más o menos me deja en las mismas. Por su parte el Free Dictionary by Farlex afirma que la frase celebración del gay saber, significa el “Nombre dado a la poesía provenzal por los fundadores del Consistorio que intentaban revitalizar la poesía trovadoresca mediante certámenes literarios”.

Muy bien. Ahora puede usted sentirse satisfecho por saber un par de cosas por demás inútiles. Finalmente, antes de cederle el espacio a Yáñez, le informo que su Cantata a Aguascalientes consta en el libro “Los frutos ascendentes. Juegos Florales de la Feria Nacional de San Marcos 1931-1967”, un trabajo realizado por María del Carmen Arellano Olivas y Martha Lilia Sandoval Cornejo publicado por el ICA, que reunió los mejores textos de este antiguo evento literario.

Y dice: “Aguascalientes, nuestra noble ciudad, es una de las patrias del espíritu mexicano. Patria dilecta, enérgica, y armoniosa. Patria, porque ha sido troqueladora del carácter nacional, porque ha contribuido decisivamente a modelar la fisonomía del país en muchos de sus mejores rasgos, porque ha dado a la República muchos de sus mejores hombres, porque da la nota exquisita y sutil: esencial para el alma de un pueblo, porque surte corrientes inexhaustas de vitalidad específica; pero sobre todo, porque es una de las máximas escuelas de nuestra sensibilidad. Lo es por su atmósfera, por su tradición, por su situación, por su hondura recatada, por su mesurada inquietud, por la reciedumbre de su voluntad.

Lo peculiar de un pueblo estriba en sus sentimientos: ellos le infunden la nota diferencial que le depara sitio en el concierto de las naciones: antes que el pensamiento y los modos de la voluntad, las preferencias emocionales confieren individualidad a los hombres y a los grupos sociales.

Así lo mexicano es, ante todo, una especial manera de sentir, que tiñe todas las formas de la vida.

En el almo (sic) coro de las ciudades mexicanas, si Veracruz es lo heroico, Puebla lo arquitectónico, Oaxaca la danza, Morelia la meditación, Guadalajara la grandeza, Guanajuato el estilo, San Luis el humanismo, Querétaro la fortaleza, Monterrey el tesón, en el almo coro de las ciudades mexicanas Aguascalientes representa la riqueza emocional y el fervor exquisito: la fuente franca donde la República bebe la pureza del genuino criollismo, hecho estilo de vida: costumbres orden familiar, sistemas de trabajo, economía del tiempo: exaltación y recogimiento.

Por esta maestría en el “orden del corazón”, por esta influencia que labra el carácter nacional, por esta fuerza sensible en la marcha pública, por este destino manifiesto Aguascalientes es una de las patrias del espíritu mexicano.

Y si sobre las otras formas de vida, es el arte la expresión superior del sentimiento, si el arte sublima toda otra forma de realidad, la preeminencia de Aguascalientes como donadora de singulares artistas es reconocida unánimemente. Pero hay algo más, que no por sabido debe dejar de recordarse y hacerse objeto de meditación, pues constituye dato capital en la histona de la cultura mexicana, y el hecho revelador de haber sido Aguascalientes la ciudad madre o maestra, maestra y madre, de los artistas que pudieron plasmar el anhelo patrio, antiguo como la nacionalidad misma de hacer obra típicamente mexicana; no de un mexicanismo superficial y manido sino auténtico y profundo, capaz, por esto, de alcanzar jerarquía universal. A muchos causa perplejidad el que José Guadalupe Posada, Ramón López Velarde, Saturnino Herrán, Manuel M. Ponce, iniciadores del nacionalismo artístico procedan de Aguascalientes, así como otros ingenios entrañablemente mexicanísimos: Pedro de Alba, Enrique y Gabriel Fernández Ledesma, Francisco Díaz de León, Antonio Arias Bernal, Mauricio Magdaleno, Antonio Acevedo Escobedo, Jesús Reyes Ruiz, hombres de categoría no sólo nacional sino internacional; pero la perplejidad cesa cuando se ha respirado el aire de Aguascalientes, cuando se ha sentido su temple humano, cuando su luminosidad embriaga el alma, cuando se ha estrechado la mano de sus gentes, y admirado el fulgor y el ritmo y la discreta gracia de sus mujeres, cuando se ha gozado el silencio, el embeleso de San Marcos en días y noches de sosiego, cuando se han recogido las calles y los jardines, los mercados y las artesanías, cuando se han visitado sus templos y sus casas, cuando hemos comulgado con el espíritu de la ciudad; entonces deja de ser un misterio la poesía milagrosa de López Velarde, a quien amo como el más grande poeta mexicano de todos los tiempos; entonces comprendemos en toda su magnitud el fastuoso clima que respiran los lienzos de Herrán, y canta para siempre dentro de nosotros la música de Ponce, como si fuese nuestro atávico idioma, hecho de nuestra propia sustancia.

Bien que algunos de estos grandes mexicanos no hayan nacido en Aguascalientes, el clima espiritual de Aguascalientes labró su sensibilidad en los venturosos días de su ávida y permeable juventud; no de otro modo podrá explicarse la afinidad tónica que vincula su obra, en el fondo de las diferencias personales y técnicas. El alma de Aguascalientes bulle, como íntimo venero emocional, en la inspiración de estos hombres.

Y pues he tenido la audacia de ocupar el sitio de los poetas, adelantándome a sus cantos, prorrogad vuestra benevolencia y permitid el intento de sumar al elogio de Aguascalientes unos listones cortados en la tela de mis días, con el sólo mérito de traer la imagen devotísima de esta ciudad y pretendiendo dar testimonio de algunas dilectas inspiraciones que adeudo a Aguascalientes, reconociéndome su alumno y donado; testimonio personal; por otra parte, de la magia sutil con que de lejos o de cerca procede Aguascalientes en su egregia función de modeladora de la sensibilidad”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).