Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Cazando espectros y nostalgia

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Cuando “Los Cazafantasmas” debutaron hace 37 años (por Dios que ya estoy viejo…), su mezcla de lo arcano, el espiritismo, tecnología de punta y el humor ácido que acostumbraba su reparto tanto en Saturday Night Live como en cine se acrisoló fácilmente gracias a que jamás se tomó a sí misma muy en serio y su manejo argumental procuraba quedarse en parámetros honestos, sin falsas pretensiones o chapucerías que vendieran algo que no fuera distinto a un trío de científicos que inician un negocio para cazar fantasmas con el sano fin de ganar dinero, arremetiendo de paso mediante un sutil manejo de la sátira a la comunidad neoyorquina y sus diversos niveles de mezquindad. La película fue un éxito crítico y de taquilla erogando en una debilitada secuela, una excelente serie animada y una puesta al día más reciente que dividió opiniones de forma tan visceral que cabe cuestionar la cordura y madurez emocional de la audiencia moderna. Sobre el porqué la idea de un grupo de individuos dedicados al rastreo y captura de espectros aún fascina es motivo de especulación, pero más allá de ésta premisa resulta innegable la influencia que aquel proyecto protagonizado por Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis y Ernie Hudson tiene sobre la cultura pop y el imaginario colectivo de los cinéfilos, de ahí que ahora tengamos una cinta más al respecto dirigida por Jason Reitman, hijo del creador de los filmes originales Ivan Reitman y un cineasta que ha probado las mieles del prestigio festivalero e incluso del Oscar con “Juno: Crecer, Correr y Tropezar” (2007) o “Amor Sin Escalas” (2009) por lo que llama la atención su intento por recoger la estafeta de su padre y correr con ella en un intento por recapturar aquello que hizo de “Los Cazafantasmas” algo genuinamente especial y, al parecer, irrepetible.
Tomando eso en cuenta, esta secuela directa a las producciones ochenteras procura construir un contexto y universo propios sin negar e incluso regodeándose en la historia original. Es así que tenemos a una madre soltera de nombre Callie (Carrie Coon) que se muda a Indiana para vivir en la desolada granja heredada por su difunto padre junto a sus hijos, el quisquilloso pero noble adolescente Trevor (Finn Wolfhard) y su hija púber Phoebe (McKenna Grace). Ésta última, con su inquisitiva mente y gusto por la ciencia, será quien descubra el secreto familiar, pues resulta que su abuelo era Egon Spengler, el famoso Cazafantasmas que se mudó a ese apartado lugar abandonando a su familia y amigos para evitar el inminente regreso a nuestro mundo de Gozer, aquella deidad maléfica babilónica que los puso a él y sus compañeros en jaque en la primera cinta. Phoebe retoma la labor de su abuelo junto con su nuevo amigo Podcast (Logan Kim), un simpático chiquillo compañero de su escuela que realiza transmisiones por internet sobre lo oculto y posteriormente apoyados por Trevor, quien ahora trata de conquistar a una jovencita afroamericana de nombre Lucky (Celeste O’Connor) quien acabará enredándose en éstas andanzas sobrenaturales. La cosa se complica cuando su madre Callie no solo desaprueba sus salidas o reprime el empeño de Phoebe por revalidar la imagen de su abuelo al tenerle un profundo resentimiento por su abrupta partida siendo niña, también está en la mira de Gozer para que sea su Guardabarreras mientras que un atarantado maestro local de apellido Grooberson (Paul Rudd) alienta a los chicos en su labor mientras busca conquistar a Callie.
Reitman arma todo este conjunto usando de argamasa la nostalgia, tanto aquella que brota en el espectador ante las constantes referencias someras o muy aparatosas a la película original (todo el tercer acto incluso es casi un remake no oficial del clímax de “Los Cazafantasmas” originales) como en el contexto emocional de los personajes, pues la figura de Egon es crucial para entender tanto la motivación de Phoebe en su empeño tanto por redimir a su abuelo como validar su propia perspectiva científica y posición de fémina intelectual mientras que los demás personajes se ven involucrados en una serie de escenas que no puedo revelar ante su naturaleza sorpresiva pero que retoman bastante de la bis fantástica y cómica del filme de 1984. Esto termina por dañar la cinta, ya que en el afán del director por complacer a los fanáticos de hueso colorado algunos componentes de la contextura psicológica y emocional de los personajes se relegan o no se sondean a profundidad, afectando el proceso sobre todo en el segundo acto cuando la narrativa se limita a detalles y no elementos contundentes. “Cazafantasmas: El Legado” busca afanosamente eso: prolongar y revivir un legado que se niega a una muerte cultural consolidando una historia que no niegue lo anterior pero cree su propia identidad, y el resultado es una película con muchas facultades -el reparto luce espléndido y los efectos especiales son muy funcionales- y momentos muy logrados (/la primera media hora calibra bien todos sus detalles y el clímax, aún si no se es fan o no se vivió en carne propia el fenómeno “Cazafantasmas” en su momento histórico, está bien trabajado) y otras tantas fallas, por lo que la sensación final es de frustración por el camino disparejo que hemos recorrido y la vaga esperanza de que tal vez en un futuro próximo aún haya a quién llamar para combatir espíritus malignos, aunque sea en el cine y ya sin tanta nostalgia, pues Phoebe, Trevor, Podcast y los demás merecen otra oportunidad.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

¡Participa con tu opinión!