Luis Muñoz Fernández

Este martes 14 de julio del 2020 se celebró el 231 aniversario el Día Nacional de Francia. Como es sabido, fue un 14 de julio de 1789 cuando una enorme multitud de parisinos tomaron la Bastilla, una fortaleza construida alrededor de 1370 para protegerse de los ingleses en la Guerra de los Cien Años, situada en el oriente parisino, vigilando el acceso a la ciudad por la puerta de San Antonio. La Bastilla fue empleada después como prisión por los sucesivos monarcas que reinaron en Francia y se fue convirtiendo en un símbolo odioso de su poder absoluto.

En “14 de julio” (2019), Éric Vuillard, escritor galo, da voz y rostros a quienes hartos y desesperados de vivir en la miseria, estallaron en una cólera terrible que culminaría con la toma de aquel baluarte de piedra que encarnaba el poder despótico de unos reyes cuya vida de lujos indecentes se asentaba sobre el sufrimiento indescriptible y sin fin del llamado Tercer Estado, desde la burguesía (artesanos, comerciantes), hasta las capas más profundas de la plebe.

En abril de 1789 ya se habían presentado disturbios. El pueblo hambriento y enfurecido arrasó una de las mansiones de recreo llamadas “folies”, ante la pretensión inaudita de ricos empresarios como Henriot, fabricante de salitre, y Réveillon, propietario de la manufactura real de papeles pintados (el papel tapiz de hoy en día), de reducir el ya de por sí magro salario salarios de sus empleados excusando dificultades económicas inexistentes.

Vuillard nos lo cuenta así: “Siempre han vivido en casas de adobe y tablones, con sillas sin paja, sin fuego, mascando pan malo. Eso hace que la ira ascienda tanto como quieren bajar los salarios… Es el desquite del sudor contra la sombra de la parra… Allí está la “folie”, la “folie” Titon, donde el trabajo se troca en oro, donde la vida agostada muta en golosina, donde todo el trabajo de los hombres, cotidiano, ingrato, donde toda la mugre, las enfermedades, la indigencia, los niños muertos, los dientes podridos, el pelo estropajoso, las callosidades, las desazones de toda el alma, el mutismo espantoso de la humanidad, todas las monotonías, las rutinas mortificantes, las pulgas, las sarnas, las manos asadas por las calderas, los ojos que relucen en la negrura, las penas, las desolladuras, el puaj del insomnio, el aj de la chiquillería, allí es donde todo eso se convierte el miel, en cantos, en preciosos cuadritos”.

Tomemos nota.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com