Adrián Javier Flores Nieves / El Heraldo

La antiquísima ceremonia de enterrar y venerar a los muertos en catacumbas surgió en Roma; los cristianos practicaban este rito de manera oculta, por miedo a los paganos. Esta tradición cruzó mares y sobrevivió en el tiempo hasta llegar a nuestras tierras.

Antes de que existieran los panteones civiles, el pueblo tenía que ser enterrado en “tierra santa”, si bien no se hacía dentro del templo, ocupaban el atrio, o en los alrededores de éste. Con el paso de los años, las iglesias decidieron abrir un espacio especial dentro de sus límites, a fin de poder darles descanso eterno a los difuntos.

El templo de la Inmaculada Virgen de San Diego, que pertenece a la orden de los Franciscanos, no fue la excepción.

En el año de 1649, por aprobación del XXIII Capítulo General de la Orden de los Carmelitas Descalzos, celebrada en Alcalá de Henares, se da inicio a las obras del Conjunto Conventual de la Limpia Concepción de la Villa de las Aguas Calientes junto con el templo que ahora conocemos como San Diego, ubicado en la calle Rivero y Gutiérrez, en el Centro Histórico. Junto con la construcción de éste también se comenzó a trabajar en las criptas para el enterramiento de laicos y religiosos. Por ignotas causas la obra fue suspendida en el año de 1652.

Después de 12 años, la labor de edificación fue retomada por los hermanos don Agustín y don Pedro Rincón de Ortega ante el Rey Felipe IV; y siendo mediados por el obispo de Guadalajara, fue así como los Franciscanos Dieguinos tomaron la batuta de lo que un día comenzaron los Carmelitas Descalzos. No fue sino hasta el año 1682 que dicha edificación fue concluida.

Las criptas fueron nombradas como “camerines”, puesto que ahí se resguardan los restos de personajes importantes para la Iglesia. Don Agustín murió antes de finalizar el convento, pero sus restos fueron resguardados en las catacumbas del templo, en el año 1666.

Al adentrarse en el templo se puede sentir en el ambiente un aire frío además de un silencio divino, antiguo, sepulcral. El techo es bajo, y los pasillos estrechos, dentro del camerín de la Inmaculada Concepción se encuentran criptas arcaicas cuyos nichos fueron restaurados para que se pudieran volver a vender y ser usados.

Debajo del tabernáculo y de sus pisos clásicos de madera, se han hallado criptas de hasta cinco metros de profundidad. También, en el cuarto fúnebre, se pueden ver artefactos de otros siglos resguardados cuidadosamente en estructuras de vidrio y palo.

Una momia de 186 años de antigüedad custodia las catacumbas como en algún momento lo hizo en vida, siendo un reconocido y devoto fraile. También, se pueden observar cráneos de más de 200 años, ornamentos sagrados en brocada con hilo de seda, suelas de vaqueta, jarros, entre otras interesantes, históricas y hasta algo aterradoras reliquias.

Devoción, tiempo, trabajo, muerte, historia, todo ello se encuentra en el subsuelo del conocido templo de San Diego. Bajo la protección de la religión y de la preciosa y ostentosa decoración, viven los recuerdos de gente de otros tiempos, se pasean por ahí, en los angostos pasillos del camerín como almas resguardadas que jamás serán olvidadas.