La Real Cédula de fundación de Aguascalientes, “…original gracias al Sr. Ignacio Aguirre, un vecino de Lagos, por cierto, quien publicó en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1871, de donde la tomó Agustín R. González…” a  decir de Jesús Gómez, y que a la letra dice “…dalle el título de Villa para que gozasen de las preeminencias, prerrogativas e inmunidades que las demás Villas de nuestros Reinos gozaban y les debían ser guardadas lo cual por nos visto e que por información recibida acerca de lo susodicho nos consta ser servicio de Dios e nuestro, e bien e pacificación de este dicho reino e pasajeros de la dicha población que haga y lleve adelante, por la presente es nuestra merced y voluntad que agora de aquí adelante para siempre jamás la dicha población e sitio de Aguascalientes se llame y nombre la Villa de la Asunción…”, refiere Alejandro Topete.

Todo ello a causa de la recién fecha de celebración de los 449 años de la ciudad hidrocálida, sin embargo, continúa Topete diciendo que “…si se siguiera un estricto orden cronológico, el primer establecimiento urbanístico en nuestro suelo, correspondería a Tepezalá, palabra náhuatl que significa ‘entre-cerros’, fundado ya con anterioridad a 1546…”, de esta manera, el Real y Minas de San Juan de Tepezalá, reviste una particular importancia dado su contexto histórico arquitectónico-urbano dentro del estado aguascalentense. Su localización hace gala a su nombre, y seguro es que, por ello, la traza, aunque geométrica, es irregular integrándose a la topografía, tanto las considerables manzanas, así como las calles, que en forma preponderante corren en el sentido oriente-poniente. De hecho, grandes superficies de terreno, y múltiples lotes conservan la topografía primigenia que no necesariamente se adecúa a los niveles de las calles, las cuales, en sus banquetas, requieren haya escalones para que se pueda transitar. También persiste vegetación compuesta por pirúles, mezquites, huizaches e incluso extensas nopaleras, aunque también, se observan algunos pinos, jacarandas y palmas.

Las vías con baldosas y canto rodado, y determinadas bardas levantadas con piedras diversas en forma, textura y color, presentan tonalidades ocres, igual que el vasto paisaje circundante. La interminable longitud de las arterias, conservan el alineamiento en todas las viviendas, en su mayoría de un solo nivel, con excepción de aquellas de reciente fábrica. Hay fincas que se encuentran en estado ruinoso que muestran sus materiales y procedimientos constructivos. Resalta el entreverado del adobe y la piedra en muros con boquillas de rajuela; las más recientes se levantaron con cimientos y sobre de ellos, muros de tabique o de block, con cadenas y castillos; en las techumbres destacan la vigueta metálica y bóveda catalana, y también de losas de concreto armado.

Una serie de casas ubicadas al inicio del cruce de las calles Filomeno Maldonado y Alfonso Sánchez Castro, se enfilan sobre el paramento de todas las demás viviendas, cuya altura, en tiempos actuales, sería de dos niveles; sobresale la relación del macizo sobre el vano. Los muros están construidos con adobe asentado en la cimentación de piedra, grandes en lo largo y en lo ancho, permitiendo que, en una parte del muro, en los vanos de las entradas y las ventanas, se logré un claro-obscuro resultado por las sombras que se crean en la profundidad de aquellas. Tanto las puertas de acceso, así como las ventanas son las originales de madera, aunque éstas han sido remplazadas por las de tubular dado el deterioro sufrido en las primeras a causa del tiempo.

Sin duda alguna, el Real y Minas de San Juan de Tepezalá, se entroniza como uno de sitios arquitectónicos y urbanos con una amplia tradición de siglos, en el cual se aprecia la forma de ser y de pensar de los pobladores que se asentaron en estos parajes para dejar su impronta, llena de colores cálidos-ocres en su tierra y en sus piedras, y verdosos en sus cerros.