“MI NOMBRE ERA EILEEN” (“EILEEN”)

La novelista persa-croata afincada en Boston, Ottessa Mosfegh, comentó a colación de su libro “Eileen”: “Quería atraer al lector comercial con una historia que los transportara a un lugar lejano, pero que no les representara un reto o meramente aleccionador”. Sus palabras traducen perfectamente el quehacer narrativo de “Mi Nombre Era Eileen”, adaptación cinematográfica de su texto que luce, huele y en momentos actúa como un thriller inspirado en Hitchcock con toques del apasionamiento homosexual en bis femenina del premiado filme “Carol” (Haynes, E.U., 2015), que, en efecto, no se sale de un carril argumental ya muy visto para no mortificar la percepción del espectador y que, a pesar de un excelente trabajo actoral cortesía de sus dos protagonistas Thomasin McKenzie y Anne Hathaway, todo se constriñe a un constructo atmosférico de pretensiones artificiales donde todo queda en frustrantes arranques en falso.

Nos encontramos en la Nueva Inglaterra de principios de los 60, en vísperas navideñas, lo que le sirve al director William Oldroyd (“Lady Macbeth”) para ir demarcando mediante el gélido ambiente un punto de vista moral que detenta la joven Eileen (McKenzie), cautiva en un marasmo existencial entre su trabajo administrativo en una correccional juvenil, sus constantes desvaríos concupiscentes que incluyen masturbarse en un mirador mientras observa a las parejas friccionarse solo para aplacar el fuego de su entrepierna con la nieve recién caída y lidiar con su padre alcohólico que, además, es el jefe de la policía local. Todo esto se trastoca con la llegada de Rebecca (Hathaway) –guiño hitchcockiano–, la nueva psicóloga de la cárcel que al inicio procura una relación afectiva con Eileen para transformarse en algo cada vez más íntimo hasta llegar a un punto en que ambas toman una decisión crítica que concierne a la madre de uno de los reos en aras de hacer justicia.

Una meticulosa construcción dramática en los primeros dos actos, focalizada en la relación de estas dos mujeres y los elementos periféricos en la vida de Eileen (su padre, su trabajo, etc.), va perdiendo vigor conforme todo conduce a una resolución muy efectista. De nada ayuda que Oldroyd perfila su filme como un narcisista neo-noir con mucho ojo en la plástica de la época, generando auras de melancolía muy huecas al no tener algo importante qué narrar, pues son más importantes las partes que la suma de ellas (v.g. momentos bien manejados como las cálidas charlas o devaneos eróticos entre McKenzie y Hathaway que contrastan con el frío clima) debido a un guion sobrepensado y poco preocupado por las consecuencias en los actos que se cometen. “Mi Nombre Era Eileen” respalda muy bien lo que su progenitora literaria quería –para nuestro desfavor–: no nos enseña algo nuevo y, en efecto, no implica ningún reto.

“GOOD BOY”

La película inicia en una suntuosa villa en el campo donde un joven apuesto y vital llamado Christian (Gard Løkke) prepara un alimento entre rayos de sol que se cuelan por las elegantes ventanas mientras una delicada música lo acompaña en el fondo. La comida no es para él, sino para su perro Frank, el cual llega de inmediato para saludar a su amo. Posteriormente toma su teléfono y concreta una cita mediante una app en su teléfono con una atractiva chica de nombre Sigrid (Katrine Lovise Øpstad Fredriksen). Acto seguido pasea a su perro, lo baña y se ilusiona con su inminente encuentro romántico. Todo esto suena cotidiano e incluso idílico, pero hay un elemento perturbador en juego: Frank, la mascota, es un hombre disfrazado con un traje muy convincente de can que se comporta tal cual ese animal. Pero ello no es lo inquietante, sino la facilidad con que nosotros como espectadores lo aceptamos como tal. Se mueve cual cuadrúpedo, jadea y ocasionalmente ladra, pero es muy evidente que no es un perro. Y aquí yace el valor e interés de este filme donde primero se siembra la intriga por entender qué ocurre entre esta retorcida dinámica y, ya después, con Sigrid involucrada, pues ella se enamora perdidamente de Christian, quien la conquista con su caballerosidad y elegantes modos, aceptando la presencia de Frank al explicársele que se trata de un amigo de la infancia que simplemente no logró madurar sus herramientas sociales y este es el único modo de interactuar. Por supuesto, hay un secreto de índole psicológico y eso es lo que termina por desinflar el ímpetu narrativo tan bien armado de esta producción noruega, pues todo se decanta a lo previsible, culminando en un tercer acto absurdo y esquizoide infectado por Hollywood, desmantelando lo que su director Viljar Boe procuraba con una mesurada tónica de humor negro e intriga. Los actores son muy capaces y logran vender hasta cierto punto sus personajes, pero este “Buen Chico” termina por portarse muy mal con su audiencia. 

“INMACULADA” (“IMMACULATE”)

Tal vez el público masivo aún tenga espacio en su corazón y mente para tolerar otro filme de horror sobre monjas y claustros, pero en lo personal este vaso ya se derramó hace varios filmes e “Inmaculada”, película dirigida por el torpe y pedante (terrible combinación) Michael Mohan, no hace algo por remediar la situación, pues una vez más tenemos que dispensar las fallas en un guion empecinado más en afectar que asustar con una protagonista lánguida e inocentona que enfrenta los males y la corrupción sectaria dentro de la iglesia (para eso no hace falta una película, muchas gracias).

Nuestra mártir del mes es Cecilia (Sydney Sweeney), novicia proveniente de Detroit, Michigan, quien arriba a un monasterio en Italia para ordenarse. Como estipula la receta, hay monjas buena onda y otras ominosas que indican “algo extraño sucede aquí”, que viene a confirmarse con las esperadas visiones terroríficas que padece Cecilia conforme va descubriendo la verdad. En esta ocasión será el siniestro experimento por parte de los párrocos líderes del lugar por… agárrense, esto está bueno… ¡Clonar a Cristo! Justo cuando creíamos que todas esas buenas ideas se habían ido con Roger Corman.

Resulta que en el claustro se guarda uno de los clavos con que crucificaron a Jesús y, extrayendo su código genético, es posible su “resurrección”, pero a costa de un vientre ajeno. Ahí es donde encaja Cecilia, quien no se presta al juego y todo serán intentos por escapar y luchar contra sus captores en hábitos. Tal vez en otras manos esto pudo tener su encanto, pero con la morosa y estilística dirección de Mohan y una Sydney Sweeney que confunde actuar con gritar escandalosamente, pues quedamos en otra intentona por venderle a la masa otro relato fantástico sobre aquellos personajes clericales que no requieren filmes como éstos para provocar temor y así nos quedamos con otro pecado fílmico difícil de perdonar.

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