“EL COLOR PÚRPURA” (“THE COLOR PURPLE”)

En 1986, cuando el premio Oscar aún preservaba mayor significado en la cultura popular cinéfila, hubo una película que aparentaba cierto favoritismo por su pedigrí y director: “El Color Púrpura”, dirigida por el entonces infalible a los ojos de la audiencia Steven Spielberg, quien en un primer afán por alejarse de sus característicos gigantismos cinematográficos se aventuró a dirigir aquella adaptación del apapachado libro escrito por Alice Walker con el amparo y validación de la comunidad afroamericana en forma de sus dos titanes mediáticos más apreciados: Quincy Jones en la producción y Oprah Winfrey en un rol estelar. Al final, la película se fue en blanco a pesar de sus 11 postulaciones, siendo la máxima perdedora en la entrega de la dorada presea aquel año. Pero la historia de aquel personaje llamado Celie que atraviesa una odisea existencial en el sur norteamericano de principios del siglo XX tan sólo por ser, en sus propias palabras, “negra, pobre, fea y mujer”, se quedaría en el inconsciente colectivo, erogando en una iteración musical en Broadway el año 2005 que a su vez le abriría la puerta a esta versión para pantalla grande ahora comandada por el ghanés Blitz Bazawule, quien más que adaptar el texto de Walker se dedica a darle una mano de pintura y barniz a lo hecho por Spielberg, manteniendo incluso las castraciones narrativas que el cineasta judío le aplicó a la novela en aras de la corrección política y el añadido de números musicales a lo gospel, blues y jazz entre incestos, violencia doméstica y de género, xenofobia, lesbianismo, rupturas familiares, esclavitud y otros tópicos suavizados para amortiguar el impacto emocional. El estado de Georgia en su estado más natural con todo y pantanos, pastizales y clima húmedo-cálido es el marco para contar la historia de Celie (interpretada por Phylica Pearl Mpasi de joven y Fantasia Barrino ya adulta), mujer vejada y maltratada primero por su padre con quien procrea dos hijos a la postre vendidos por el progenitor y posteriormente por un marido a la fuerza, el temible Albert “Señor” Johnson (Colman Domingo), dueño de un terreno y sembradíos que hubiera preferido casarse con la hermana menor de Celie, Halle Bailey, quien termina viviendo con ellos sólo para separar a las hermanas de cruel manera cuando ella se resiste a los embates fornicadores de él. En este punto, la trama se focaliza en la tiránica conducta del “Señor” hacia Celie mientras pasa el tiempo, viéndose la narrativa centrada en ella y otros dos personajes femeninos integrales: Sofía (Danielle Brooks), recia y voluntariosa esposa de Harpo (Corey Hawkins), hijo de Albert, y Shug Avery (Taraji P. Henson), exitosa cantante de cabaret que alguna vez fue amante del “Señor” y que vuelve a su estado natal para reavivar su carrera a la vez que establece una relación más que amigable con Celie. De este modo, entre confrontaciones, injusticias, maltratos y números musicales se desenvuelve un relato que busca ilustrar las condiciones y estilo de vida de la negritud en el comienzo de un siglo que parece aún no termina en cuanto a la desemejanza de razas. Todo el proyecto está diseñado para lucir, como si se tratara de un espectáculo pirotécnico que pretende barrer debajo de la alfombra sus aspectos más ominosos y difíciles, y en ese apartado la película es impecable, dejando entrever la experiencia de su director en el ámbito musical como productor, intérprete y creador de ambiciosos proyectos audiovisuales para estrellas de la música como Beyoncé, conformando la narrativa del filme a modo de videoclips que se concatenan a escenas con aspiraciones dramáticas, particularmente la saga de Celie, muy bien interpretada por Barrino que logra además una lograda química entre sus coprotagonistas, pero el sentido de la historia y su propósito original de adentrarnos en un mundo donde el dolor es el cotidiano y el corazón late en clave de tristeza se atenúan, revelando por ende la falta de experiencia narrativa en Bazawule sobre las herramientas de discurso en la gramática del cine. Todo luce bien, pero no se siente así; falta honestidad y genuino compromiso a lo que se pretende contar, pues no basta la plástica placentera, no en una cinta con estas características argumentales. No nos abandona la incómoda sensación de que este “Color Púrpura” sólo se creó para tratar de asegurarle premios a los involucrados, sin algún afán honrado de contar adecuadamente una historia que aún se merece una versión sin concesiones y a los puntos que su autora pretendió. Tal vez en otros 40 años.

“SECRETOS DE UN ESCÁNDALO” (“MAY DECEMBER”)

Elizabeth Berry (Natalie Portman) ve su reflejo en un espejo que también alberga la imagen de Grace Atherton-Yoo (Julianne Moore) en un juego de percepción visual que, al verlo, inmediatamente me recordó a “Persona” de Ingmar Bergman, y tal iconicidad plástica/temática no es accidental, pues forma parte de las numerosas alusiones fílmicas con que el astuto cineasta Todd Haynes (“Carol”, “Lejos del Cielo”) se sirve para tejer una rica y compleja historia sobre la dialéctica de la personalidad que logra mimetizarse (por no decir usurpar) en el moderno discurso de la apropiación mediática, aquí representada por una actriz -Elizabeth- que busca a la persona que origina el rol a ocupar en una historia cinematográfica sobre su vida -Grace-, revelando la vacuidad y casi siniestra obsesión de la cultura norteamericana por la banalidad escandalosa. Hace varios años, Grace fue descubierta teniendo relaciones a sus 36 años con un jovencito americoreano de 13 llamado Joe Yoo en el interior de un local para mascotas, elevando la temperatura moral en un pequeño poblado de Georgia que los envuelve en un eterno escándalo. Ahora, Grace y Joe (Charles Melton), casados y con tres hijos ya adultos, son examinados por la famosa actriz televisiva Elizabeth Berry quien fue contratada para interpretar a Grace en una película sobre ese turbulento caso. La película discurrirá entre las constantes entrevistas de Berry con la singular pareja, así como con otros personajes que convivieron o llevaron estrecha relación con Grace en ese punto de su vida. Entre más se adentra Elizabeth a ese ambiente privado, más nos adentramos en el abismo patológico que es esa madura ama de casa y repostera de ocasión quien oscila entre la armonía al declarar su amor verdadero por Joe -cuya armadura de pareja joven se va desmoronando conforme la actriz comienza a cuestionarlo- y la histeria en intrigantes y bien llevadas escenas como aquella donde Grace llora por la cancelación de un pastel, mientras que Elizabeth se va adecuando a una inteligente alegoría sobre la moral materialista que protege dichas patologías para su beneficio y avala la estructura del perpetrador tóxico, pues ella misma tiene cola que le pisen según se nos muestra en reveladoras secuencias. “Secretos de un Escándalo” es una elegante meditación sobre la perversión de la verdad en favor de la ficción que cada uno de los fascinantes y opacos personajes se crea para sí mismos con una gama de magníficas actuaciones y un director que indudablemente está en un pico de habilidades creativas. Esta cinta se suma a una cartelera ya enriquecida por filmes valiosos como “Anatomía de una Caída”, “Vidas Pasadas” y “Los Que se Quedan”, con el añadido de una dramaturgia que apunta a una multifacética sordidez que embelesa y nos aturde, en el buen sentido.

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