“BOB MARLEY: LA LEYENDA” (“BOB MARLEY: ONE LOVE”)

Un anciano, una mujer y un niño pequeño se encuentran sentados en la calle mientras esperan el autobús. «Ten mucho cuidado en tu camino», le dice el anciano al chico, llamado Nesta, mientras desaparece de la película para reaparecer como Bob Marley. Lo ocurrido de manera intermedia cuando Robert Nesta Marley se transfigura en el mito musical alabado y reconocido hoy en día queda en penumbras sin que se haga amplia mención al respecto en la cinta, y esta estructura vaga, movediza e inestable prescribe toda la narrativa de este biopic sobre Marley, una figura que rebasó su estatus musical afincándose en una postura cuasi kerigmática al difundir la palabra de Jah, conjunción de la Santísima Trinidad según los monoteístas rastafaris, a través de sus canciones mientras pugnaba por unificar las posturas políticas jamaiquinas de izquierda y derecha para sacar a su país del desorden social en que se encontraba. «Bob Marley: La Leyenda» comienza a trabajarlo desde las primeras secuencias con relativa efectividad pero rápidamente abandona la complejidad por una serie de planteamientos unidireccionales que dejan a la deriva la estampa del icónico intérprete de reggae en su modelo más básico y a la historia en un sendero penosamente predecible. El británico Kingsley Ben-Adir («Invasión Secreta») será el encargado de portar las distintivas rastas de Marley en una interpretación que llega a lo meramente cumplidor, sirviendo más como conducto dramático del guion para que éste tan sólo muestre y no profundice lo que el músico significó para su cultura y el mundo. Una vez que la película deja clara su tibieza argumental, los espectadores vemos tan sólo cómo una serie de viñetas transitan en pantalla sin mayor significado que lo expuesto, iniciando con un Marley poco antes de sobrevivir a un atentado donde la verdadera afectada es su esposa Rita (Lashana Lynch), quien recibe varios impactos de bala. La trama avanza hacia la consolidación del cantautor jamaicano según va creciendo su popularidad dentro y fuera de su país hasta concretar el disco que será su mayor éxito comercial y creativo: «Exodus», culminando con un concierto en pro de la paz en Jamaica y los brotes del cáncer de melanoma lentiginoso acral que terminaría por segar su vida. La película produce más impresiones sensoriales que emocionales, pues el soundtrack es estupendo –no podía ser de otra forma en un filme sobre Bob Marley-, la fotografía calculada y con gran sentido de la composición y coherencia histórica e interpretaciones histriónicas empeñosas, pero el drama no se concreta de manera adecuada al no adentrarse lo suficiente en los puntos de conflicto entre Marley y su banda, su esposa y consigo mismo, disolviendo el interés y la capacidad narrativa de la cinta por erradicar la típica paja dramática (peleas anodinas de pareja en Londres sobre si se banaliza o no su misión artística, constantes escenas de un Marley más posado que trabajado por falta de añadiduras psicológicas y emocionales, un equipo de trabajo cuya única misión es darle coba al líder de la banda, et al.), siendo el mayor culpable de este desparpajo argumental el director Reinaldo Marcus Green al no pronunciar con voz propia lo que tenga que decir sobre el músico, tal vez para que no lo acusen de basado. Pero esto es cine, y si algo ya atiborra los almacenes de biografías cinematográficas de clásicas figuras musicales son estos proyectos que sólo muestran, pero no se adentran, que abordan vidas ajenas, pero no tienen las agallas de cuestionar o reflexionar sobre ellas. «Bob Marley: La Leyenda» es una más de estas complacientes, acojinadas y antisépticas narrativas hechas para celebrar a un artista sin que logremos comprender quién es o por qué lo hacía.

“ARGYLLE: AGENTE SECRETO” (“ARGYLLE”)

En cada ocasión que el director británico Matthew Vaughn se involucra en algún proyecto por lo general se despierta el interés del cinéfilo geek, pues tiro por viaje su opus ha contribuido a la resignificación de los modelos y lenguaje del cómic moderno a la pantalla a través de sus adaptaciones, transfiriéndole a la cultura pop elementos transgresores y mesuradamente subversivos con sus proyectos, ya sea el héroe callejero imberbe «Kick Ass» o la estafeta bien levantada a la estructura del relato gangsteril posmoderno inventada por Guy Ritchie a principios de este siglo con su aporte «Layer Cake». Pero «Argylle: Agente Secreto», su más reciente producción, corta lazos con esos visos de propuesta que arrojaba su trabajo anterior y ahora tenemos su primer descalabro creativo al no detectarse algún empeño durante todo el metraje por alejarse de tropos desgastados e incluso obsoletos heredados del cine de acción contemporáneo al que él mismo contribuyó una que otra cosa cometiendo ese gran pecado del creador fílmico: aburrir al espectador. La película no tiene empacho en regurgitar todos los clichés revisados ad nauseam en películas de este corte, comenzando por su protagonista, una escritora de exitosas novelas de espionaje llamada Elly Conway (Bryce Dallas Howard) que termina inmersa en una extraña conjura internacional junto a su despeinado gato «Alfie» cuando resulta que sus textos protagonizados por un espía maestro llamado Argylle (encarnado por Henry Cavill en ridículas secuencias de tiempo psicológico) contienen la clave para la localización de una poderosa arma que una misteriosa organización liderada por el enérgico Director Ritter (Bryan Cranston) desea. Para ayudarla, la contraparte de esta asociación le envía al experimentado agente Aidan (Sam Rockwell), quien tratará de hacerle recordar su verdadero pasado porque, y esto se veía venir casi desde el inicio, Elly no es lo que aparenta. La cinta pudo ser un entretenimiento culposo si no fuera porque todo sale mal: el guion se va en automático por TODOS los lugares comunes, los actores transitan por extraños letargos histriónicos que los mantienen alejados de sus ya de por sí acartonados personajes (en particular Rockwell, quien recibe el premio a uno de los peores castings del año) y Vaughn… bueno, pues Vaughn logra algo que no creí posible: hacer de una película atiborrada de peleas, balazos, persecuciones en situaciones o lugares increíbles y dos secuencias de baile absurdas algo insoportablemente soporífero y tedioso. Matthew Vaughn es un cineasta indudablemente talentoso y me niego a creer que esto es señal de hacia dónde se conduce su carrera. «Argylle: Agente Secreto» es un traspié (uno grave, la verdad), pero le daremos el beneficio de la duda a su director para su siguiente proyecto, pues se lo ha ganado… por ahora.

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