“BACK TO BLACK”

En cuanto la talentosa y vanguardista cantautora británica Amy Winehouse dejó este mundo en un proceso de gradual suicidio etílico en 2011 a los 27 años (número icónico en el universo musical siendo la edad de varios mitos al morir como Jim Morrison, Kurt Cobain, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Brian Jones de los Rolling Stones), casi de inmediato productores de toda clase buscaron realizar una biografía cinematográfica sobre ella sin que algún proyecto lograra cristalizarse, siendo lo más cercano el excelente documental “Amy” (2015) de Asif Kapadia, trabajo revelador y profundo que pone en evidencia el trabajo destructivo a nivel interno de su esposo parásito Blake Fielder-Civil, quien la indujo a las drogas duras, su mánager Raye Cosbert y su propio padre, Mitchell Winehouse, taxista venido a menos que vio en su hija una mina de oro y la posibilidad de realizar sus propios sueños frustrados como cantante. Todos ellos forman parte de un cuadro de caracteres que también aparecen prominentemente en “Back To Black”, proyecto inocuo, complaciente e indoloro que agarra todo el recetario de biopics sobre estrellas de la música y los aplica sin pudor con el sano propósito de no afectar ni la taquilla ni la sensibilidad del público mainstream. La inglesa Marisa Abela (“Barbie”) es quien se pone en la tatuada piel de Winehouse y su trabajo es decoroso pero con poco que trabajar en cuanto a psicología o trasfondo emocional de la cantante, pues su rol se reduce a atravesar una serie de eventos que primero la exponen como una hija buena y amorosa, devota a sus padres Mitchell (Eddie Marsan) — aquí santificado sin asomos a su actuar manipulador e interesado — y Janis (Juliet Cowan) — un cero a la izquierda durante el metraje — y su cálida relación con la abuela Cynthia (una correcta Leslie Manville), verdadera figura materna en la vida de Amy, y posteriormente el declive que significa su tórrido romance con el monomaníaco, bebedor, vividor y cocainómano Blake (Jack O’Connell), representado con una inaudita simpatía por obra y gracia de un guion que no lo define como personaje dramático, análogo al despunte de la autora de enormes canciones como “Rehab” o “Stronger Than Me” en la industria viéndose acosada por paparazzis y su cotidiano derrumbándose ante una psique que cede a la tristeza, conflictos maritales y fatídica dependencia al alcohol u otras sustancias. “Back To Black” tuvo la gigantesca oportunidad de desentrañar a un ser creativo de impresionante talento y complicada existencia pero la directora Sam Taylor-Johnson nos niega tal exploración con una historia que no se atreve a proponer ni en su forma más rudimentaria, sumándose a esa lista decepcionantemente larga de películas que aborda a una artista ejemplar y deja que sea su legado musical y fuerte personalidad la que pretendan hacer el trabajo en lugar del guion, la dirección o siquiera el montaje. Todo cae en su lugar como en el “Tetris” sin que sepamos en realidad quién fue Amy Winehouse más allá de alguien que adoraba el jazz, que modeló su idiolecto tonal y armónico en “Las Shangri-Las” y que veneraba a su abuela. Por fortuna queda aquel excepcional documental de Asif Kapadia que hace el trabajo que esta cinta no pudo o quiso realizar.

“UN ACTOR MALO”

Al inicio de la película, un hombre y una mujer tienen una intensa conversación de índole emocional en un auto. Cuando la charla vira a un punto particularmente denso se revela que en realidad son dos actores, Daniel Zavala (Alfonso Dosal) y Sandra Navarro (Fiona Palomo) trabajando en un filme para el realizador de prestigio Gerardo Villa (Gerardo Trejoluna). De este modo la película “Un Actor Malo” y su director, Jorge Cuchí (“50 [O Dos Ballenas se Encuentran en la Playa]”), comienzan a jugar con nuestras expectativas sobre el trazo de la historia, una que desemboca en la penetración no deseada de Sandra por parte de Daniel en una escena de cama, producto de una conversación casual previa donde especulan sobre el tener coito real en una toma erótica. Cuchí delinea con mucho cuidado todos los matices de su argumento apoyándose en las excelentes actuaciones de Dosal, Palomo y todo el reparto para expandir el pathos necesario que la historia requiere sin sucumbir en el melodrama (la escena donde Daniel implora perdón a Fiona es un maravilloso equilibrio entre ritmo producto del sobrio montaje, actuación de primera y atinada selección de encuadres), cosa que en su mayoría logra hasta un tercer acto que derrapa y nos lleva a un frenético rumbo casi sensacionalista muy deudor de “Canoa” de Felipe Cazals, diluyendo el minucioso trabajo de exploración psicológico en favor de una denuncia que peca de obviedades. Peccata minuta de un filme que pone sobre la mesa de discusión un tema necesario y oportuno de forma sensible y equilibrada en sus dos primeros actos.