Bea (la inexpresiva Cailey Fleming), una chiquilla de 12 años, se muda a la casa de su abuela (Fiona Shaw) por esas circunstancias tan favorecidas en el cine sentimental norteamericano: su madre (CatharineDaddario) falleció de cáncer y su papá (John Krasinski, el director de la película) está internado en un hospital para someterse a una vaga operación cardiaca –jamás se nos dan datos precisos al respecto. El devenir de Bea parece reducido a mantener distancia con su abuela, visitar a su padre en el nosocomio donde él le hace elaboradas bromas que nos hacen dudar de la gravedad de su estado y deambular por las calles, hasta que en el piso superior de su departamento conoce a un simpático sujeto de nombre Cal (Ryan Reynolds), quien la introduce al mundo de los AMIs (acrónimo de “amigos imaginarios”), a quienes puede ver al igual que ella y los asiste buscando niños que deseen uno, pues estos seres fantásticos viven en el abandono cuando sus niños originales crecieron y dejaron de creer en su existencia. Bea se une a la cruzada de Cal pero aportando una variante: unir a los AMIs con sus antiguos compañeros para que los apoyen en su adultez. ¿Por qué? Bueno, la trama en realidad nunca ofrece un argumento definido al respecto y esto que conforma el punto argumental nodal del filme es su principal problema, pues sus dos últimos actos son un intento por justificar, pero no profundizar, el por qué un amigo imaginario, que se concibe en la mente infantil para desarrollar sus herramientas sociales y producir estímulos internos con foco en la producción de elementos imaginativos, debería servirle a un adulto funcional capaz de al menos intentar llevar una vida independiente, madura y responsable.

Creo que la razón estriba en la desesperación con que John Krasinski fuerza los componentes emocionales y “mágicos” de su historia hacia terrenos de calidad dramática inservible, queriendo imponer la noción de que la mejor solución para enfrentar los problemas siendo mayor es recuperar aquello que te funcionó en la etapa más inmadura de tu progreso cognitivo. Eso no es “magia”, es un retrógrado intento por ofrecerle una vana esperanza al espectador maduro, colocando aparejos perceptuales para que no note que muchos aspectos de su cotidiano pueden ofrecer un símil confortante y reparador al que se supone ofrece un amigo imaginario (familia, hijos, metas profesionales o académicas, lecturas, cine, música, etc.). Pero, ¿mencioné que este era un problema? Lo peor es cuando vemos que esta cinta tiene varios que se van acumulando, como el pobre trazo del personaje protagónico, que sólo existe para reaccionar, compaginado con la estéril actuación de Cailey Fleming, o las ataduras impuestas a Ryan Reynolds, quien nos tiene acostumbrados a roles más dinámicos (sabemos que hay un problema cuando Reynolds es el personaje más melancólico y frenado de la cinta), mientras que todo el reparto creado por computadora, representando a los AMIs, es un compendio de necedades argumentales, clichés melodramáticos y, lo peor, instrumentos de una diégesis que se supone divertida o jocosa y rara vez logran arrancar siquiera una sonrisa. El peor perpetrador es el gigantesco Blue (voz de Steve Carell), el irritante y poco agradable producto de un apareamiento entre Sully de “Monsters, Inc.” y Eduardo de la serie animada “Mansión Foster para Amigos Imaginarios” (Cartoon Network, 2004-2009), emisión que, por cierto, parece fue el plano principal con el que Krasinski detalló su guion.

“Amigos Imaginarios”, como muchas películas dirigidas a un público familiar, tiene buenas intenciones y admito que algunas escenas muestran señas de creatividad y dramatismo bien cocinado (la secuencia de la abuela rescatando su amor por la danza mientras Bea y una mariposa antropomorfa con rasgos a la Betty Boop llamada Blossom la observan a escondidas es una), pero ni las buenas intenciones ni algunas puntadas conmovedoras logran apuntalar una película que no encuentra su norte narrativo y donde todo se presenta con palanca o cuña para arremeter en el corazón del espectador. John Krasinski ya demostró que le sabe a eso de la dirección y definir un ritmo adecuado con “Un Lugar en Silencio”, así que tal vez lo suyo sean las historias sobre monstruos que amenazan familias y no amenazar familias con sus amelcochados monstruos imaginarios.

“MONKEY MAN: EL DESPERTAR DE LA BESTIA” (“MONKEY MAN”)

Con un corazón que sólo palpita venganza, un joven llamado simplemente Kid (DevPatel) que vive en el desolado tercermundismo de la India moderna, busca vengarse de un despiadado jefe de policía llamado Rana (SikandarKher), quien fuera el artífice de una despiadada masacre en el barrio donde él vivía, que le costó la vida a varios de sus habitantes, incluyendo su amorosa madre Neela (AdithiKhalkunte), quien fuera martirizada por el brutal sujeto. Para lograr su cometido, Kid va introduciéndose en un submundo hindú que contempla un burdel de lujo a cargo de QueenieKapoor (AlshwiniKhalsekar), férrea fémina quien se encarga de satisfacer la concupiscencia y adicciones de Rana, y enfrentamientos a puño limpio clandestinos adoptando la identidad de “MonkeyMan”, en homenaje al mítico Hánuman de la literatura india que hablaba de heroísmo y determinación siempre en labios de su desaparecida madre.

Con este proyecto, el inglés de ascendencia hindú DevPatel (“Quisiera Ser Millonario”) consolida una visión como director, guionista, productor y protagonista que tomó seis años en cuajar. El resultado es un filme de acción estupendo que no posee ni un gramo de originalidad, pero que carga con una narrativa bien planteada, actuaciones comprometidas, personajes con un diseño psicológico y emocional sólidos y secuencias de acción herederas de lo que Chad Stahelski ya procreó en la querida saga de “John Wick”, pero aquí con unas ganas de patear el trasero político del Tercer Mundo denunciando y reflexionando sobre su deplorable realidad sociocultural y económica sin dedos flamígeros que evidencien banalmente tal estado. Con un montaje de micro y macro cortes, tomas holandesas vertiginosas, planos secuencia detallados digitalmente y coreografías puño-cara-cuerpo-armas secas y sucias en contraste con una plástica bucólica o contemplativa en sus escenas más serenas, Patel encuentra el punto exacto entre el mero lucimiento técnico y su propuesta dramática, haciendo de “MonkeyMan: El despertar de la Bestia” un ejercicio de honrada muestra de energía visual, anímica y espiritual que no suelta al espectador durante sus dos horas de metraje.

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