Carácter Arquitectónico

Por J. Jesús López García 

Los modos de concebir la producción humana de objetos -y con ellos los correspondientes a oficios que hacen posible tal producto-, cambian conforme el transcurrir del tiempo, basta mencionar que un plato de porcelana hace más de trescientos años era un artículo de considerable lujo a causa, en gran medida, de que su realización se concentraba en la lejana China hasta inicios del siglo XVIII, en que el alemán Johann Friedrich Böttger, descubrió en 1707, la forma en llevar a cabo la manufactura de la porcelana, si bien la talavera y la decoración cerámica de mayólica hispánicas se remontan hasta más atrás del siglo XVI con fundamentos artesanales árabes; en todo caso, este sistema con esmaltes cerámicos era tan apreciado que es posible admirarlo en algunos inmuebles del siglo XVIII en Aguascalientes, tal como la cúpula del templo de San José y el cupulino de la torre del campanario del templo de San Marcos; desde entonces la producción de ese tipo de material ha aumentado, y con ello su oferta, por consiguiente el aprecio es diferente.

Se escuchan adjetivos de todo tipo para calificar objetos, palabras que dependiendo de la época, son elogiosas o por el contrario dispuestas al menosprecio del mismo ente. Elementos descritos como «espectaculares» en algún momento, en otro se les etiquetaba como «caducos», como es el caso de los interiores barrocos de iglesias austriacas o de la decoración rococó -el barroco laico de fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII- de los palacios y palacetes franceses en los tiempos de los últimos Borbones galos.

La arquitectura -testimonio de los momentos en que se concibe y construye- da fe de los modos en que la vida se desarrolla en la geografía en que se erige, y por ello las palabras empleadas para explicar la arquitectura expresan sentires, pretensiones, conceptos, pero también temores, desprecio y demás evocaciones que van completando igualmente la vida y la percepción de un mismo objeto.

Al final del siglo XVIII, y por casi todo el siglo XIX, hubo una reacción a la racionalidad neoclásica expresada en un romanticismo que abarcó todas las artes. El estilo neoclásico siguió su desarrollo, sin embargo se gestó a la par de él una serie de ideas para manifestar emociones o maneras de ver o captar mensajes en los edificios. El “carácter” es todavía una concepción de la forma arquitectónica enseñada en muchos talleres de diseño en las carreras de arquitectura de varias instituciones de Educación Superior. Curiosamente fue un pensamiento que la Escuela Moderna descartó ya que intelectualmente se alineaba más a la racionalidad neoclásica que a las expresiones subjetivas.

El “carácter” era la conjugación de la forma del edificio con sus funciones y con su nivel o tipo de representación ante la comunidad; un templo católico debía manifestar la naturaleza sacra a la par de fungir como un hito en las inmediaciones de la zona en donde se encontraba, su configuración debía propender a la simetría que denota equilibrio; la altura considerable y el ornamento poco o mucho, cargado de simbolismo o de connotaciones arquitectónicas pretéritas con el propósito de ligarlo a un hábito primigenio, como en el caso del rosetón central y los arcos ojivales del templo El Conventito en la calle Carranza, de obvia evocación medieval gótica.

Otro ejemplo de “carácter” se aprecia en la portada sobria del hoy Museo de Aguascalientes (alguna vez sede de la Escuela Normal del Estado) que evoca una filiación clásica grecolatina con el frontón triangular y el peristilo de orden jónico. Por las características de sus formas era casi natural que el edificio se destinara tarde o temprano a las funciones de una galería tradicional.

Es así como el “carácter” va ligado a un bagaje de perfiles y conocimientos previos, anteponiendo en materia arquitectónica la carga representativa a medios constructivos y a funciones operativas del inmueble, todo lo contrario a “la máquina para vivir” de Le Corbusier. Las formas alusivas al empleo de piedra, la tradición y el orden simétrico, son recursos que ligaban el presente con la antigüedad. A través de la arquitectura Moderna y sus afanes de revolución y experimentación, lo anterior es trastocado, sin embargo al ser imposible la ruptura total con el pasado, la concepción de un “carácter” arquitectónico aún continúa, si no vigente, al menos mencionado para enseñar a los arquitectos en ciernes cómo estructurar la codificación de las formas.

La finca con el número 103 de la calle Juan de Montoro en Aguascalientes, en donde se encuentran las oficinas de la Procuraduría Federal del Consumidor (PROFECO), está compuesta con dos cuerpos y tres calles, rematado con un entablamento coronado por trofeos (algunos ya faltantes), con arcos de medio punto en sus vanos y realizado en sillares de piedra. Cercana a la Plaza de Armas, sea cual fuere su empleo, el “carácter” sobrio expresa cierta nobleza y una innegable dignidad aún manifiesta, no obstante su relativo tamaño diminuto. Sin duda alguna que la ciudad acaliteña nos muestra su orgullo y grandeza a través de su excelsa arquitectura.

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