Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El horror racial

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Hace 30 años del estreno de la cinta original que adaptaba el relato corto de Clive Barker titulado “Lo Prohibido” dirigida por el inglés Bernard Rose, quien con elegancia y madurez relataba el violento ingreso a nuestro mundo de una leyenda urbana llamada Candyman, producto de la xenófoba aplicación de disonancia cultural norteamericana desde hace siglos, cuando se recita su nombre 5 veces frente a un espejo. Lejos del acostumbrado slasher característico de la época donde la sangre embarra la pantalla a raudales ante la menor provocación, esta primera iteración tuvo la audacia de contemplar y discurrir sobre el proceso de gentrificación acaecido en los derruidos proyectos urbanos de Chicago conocidos como Cabrini Green, donde una escritora interesada en el mito de Candyman (Virginia Madsen desarrollando uno de los pocos papeles femeninos de principios de los 90 que usa su cerebro en lugar de la garganta para pedir ayuda) conoce al mítico ser (un Tony Todd mesmerizante y algo erotizado), un hombre con un garfio en lugar de mano izquierda y un enjambre de abejas circundando su cuerpo. Los elementos que se exploran a posteriori hablaban más sobre la entonces iconoclasta idea de la apropiación cultural y el predominio de la sociedad caucásica en los sectores urbanos empobrecidos donde habitaban las minorías raciales que de un maniático destazando personas (aunque claro, algo hay de eso), y esto es lo que ahora fortalece el discurso de la nueva cinta sobre el personaje que ya se encuentra en cartelera, una secuela directa al film de Rose que proyecta un amplio espectro en cuanto a inquietudes plásticas, argumentales y sociológicas sin descalabrar su narrativa mediante pedradas moralinas o apretujones chantajistas. En ese sentido el trabajo de la directora Nia DaCosta, mujer afroamericana que ya sorprendiera con su macizo western moderno titulado “Little Woods” (2019), logra afianzar las inquietudes temáticas de su película empleando al aterradora figura de esta leyenda urbana para integrarla a los procesos de amalgama sociocultural de sus personajes, forjando una cinta efectiva y en momentos realmente perturbadora.
Ahora el protagonismo recae en un artista plástico de nombre Anthony (Yahya Abdul-Mateen II), pintor que como todo aquel que sujeta un pincel busca tanto generar una propuesta personal como satisfacer cierto apetito ególatra apoyado por su pareja Brianna (Teyonah Parris), una agente que se mueve en el mundo de las galerías y quien le consigue espacios para exponer su obra. Con una próxima inauguración en puerta, Anthony decide buscar inspiración en la ciudad topándose con la historia de Candyman, por lo que inicia un proceso de investigación gradual al respecto que lo conducirá a lo que queda de Cabrini Green, donde conoce a uno de sus añejos residentes llamado Burke (Colman Domingo), quien asegura haber visto a Candyman de niño y le proveerá de toda la información sobre este legendario asesino. La cordura de Anthony comienza a verse comprometida conforme la imagen de Candyman comienza a adquirir fuerza en su psique hasta que el hombre del garfio y las abejas se manifiesta, desatando una espiral de locura y terror en la vida de este artista al percatarse de una inesperada conexión entre él y esta leyenda urbana homicida.
La perniciosa influencia del racismo en la historia cultural de Norteamérica termina por ser la argamasa con que estos bloques narrativos se unen, confiriéndole a la cinta de un contexto oportuno y muy actual que se zafa de cualquier oportunismo debido a la ingeniosa construcción que hace DaCosta de su historia, empleando ciertos conceptos del horror corporal a la Cronenberg para explorar la idea de que el terror yace en la mente para después afectar el cuerpo, mientras cincela personajes redondos no sólo como envases de credibilidad argumental, sino también a modo de símbolos sociales que cumplen su rol en el tapiz de conducta gringo en base a sus correcciones políticas y modelos de aceptabilidad, haciendo de “Candyman” un molde de horror racial que no explota la etnicidad sino que la examina con cierto detalle antropológico para determinar el papel que juega el afroamericano contemporáneo en contraposición con su atribulado paso histórico por ese país que le teme a la vez que le admira hasta el punto de la asimilación, tal cual hacía en cierto modo la primera cinta. Admito que esperaba un refriteo de los aspectos más viscerales de lo que las cintas sobre el personaje tuvieron a bien establecer, pero este nuevo “Candyman” me ha sorprendido gratamente, pues es más un cine condimentado por los horrores que identificamos en el convulso proceso social y cultural que viven los Estados Unidos en el desgrane de sus entrañas étnicas que una mera película de terror, y aún así se logra disfrutar desde esta postura porque por fortuna tampoco se sube al púlpito de la denuncia o amonesta petulantemente a quien le caiga el saco, así que puedo decir sin temor el título de esta película sin remordimiento alguno: Candyman, Candyman, Candyman…

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