Gina Tarditi*
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-El cáncer es una de las enfermedades más antiguas y, en México, de acuerdo con el Inegi, ocupó el cuarto lugar como causa de mortalidad, de enero a agosto del 2020.
Es, pues, una enfermedad común en el ser humano y en animales; apenas en diciembre pasado nos enteramos que Sweeney, el lobo marino que vivía en el zoológico de San Juan de Aragón, había muerto a consecuencia de un mesiotelioma, uno de los 200 tipos de cáncer identificados hasta el día de hoy. Hay que decir que Sweeney fue muy longevo; vivió 29 años, mucho más del promedio para esta especie, que va de los 15 a los 20 años. Es fundamental hacer hincapié en esto último porque la razón principal del aumento en la incidencia de cáncer en el ser humano se explica por el incremento en la expectativa de vida a lo largo de las últimas décadas, lo cual no deja de ser una gran ironía; cuánto más vivimos, mayor parece ser el miedo a enfermar.
No obstante los grandes avances en prevención, métodos de diagnóstico temprano y el desarrollo de nuevos tratamientos, como la medicina de precisión, que favorecen la curación o el control de la enfermedad que, en muchos casos, debe verse como un padecimiento crónico, al igual que otros que conocemos bien, el cáncer sigue siendo una de las enfermedades más estigmatizadas. Tanto temor provoca que para nombrarla utilizamos eufemismos como bulto, tumor, bolita, nódulo; por si fuera poco, se ha extendido la desagradable costumbre de utilizarla como metáfora para describir algo considerado malo, como “la corrupción es un cáncer”.
Me pregunto qué sentirán aquellos tocados por la enfermedad al escuchar una y otra vez lo que esta provoca en la sociedad. A la difícil tarea de hacer frente al reto que ésta le representa deben sumar el juicio que interpreta, señala o etiqueta; la mirada condescendiente o lastimosa que dice más que las palabras; la distancia que algunos toman haciendo eco a su realismo mágico de “me alejo porque lo que no veo, no existe”; las explicaciones simplistas y llenas de ignorancia, tales como “yo decreto que estaré sano por siempre”, “no me sucederá porque no guardo resentimientos” y las frases hechas que les imponen ser “guerreros para ganar la batalla y sobrevivir, echándole ganas”.
Hoy, en medio de la pandemia que nos ha enfrentado a todos con nuestra verdadera fragilidad humana, se nos olvida que el SARS-CoV-2 solo vino a sumarse a los retos con los que cada uno de nosotros lidiaba o habrá de afrontar porque la vida no se detuvo; quienes podemos hacerlo nos hemos resguardado en casa, pero cada quien desde su pequeño mundo continúa sorteando, entre otros, enfermedades, accidentes, problemas económicos, violencia; tal y como era antes y como seguramente será después.
Es momento para la empatía que, por cierto, nada tiene que ver con el neoliberalismo ni con ninguna otra ideología. Si bien la palabra se utilizó por primera vez a finales del siglo XIX, la capacidad para sentir y resonar con el sufrimiento del otro es una cualidad humana que ha estado presente siempre y es ahora cuando más debiéramos ponerla en práctica.
Asimismo, es fundamental reconocer las enormes carencias y debilidades de nuestro sistema de salud para levantar la voz y demandar apoyo irrestricto a la ciencia y una verdadera cobertura universal, que no quede en buenas intenciones estampadas en blanco y negro, y sea una realidad para todos.
Este 4 de febrero, Día Mundial del Cáncer, es una nueva oportunidad para repensarlo y desdibujar el halo de terror que hemos construido a su alrededor para bien de quienes lo padecen y de quienes mañana pudiéramos estar en su lugar.

* Gina Tarditi es psicóloga y especialista del Instituto Nacional de Cancerología