Moshé Leher

Hubo un tiempo, no sé si mejor, en que se pensaba –o algunos así lo hacían- que yo era un cronista de viajes; luego se nos vino el mundo encima, lo que paradójicamente nos separó del ídem, pues la pandemia y la crisis dejaron los viajes, sobre todo los que se hacen de un país a otro, en mínimos; tocaba, y no había manera de remediarlo, quedarse no sólo allí donde nos agarró la molicie sino, literalmente, encerrados en casa.

Yo el ‘annus horribilis’ del 2020, sin sospechar que el mundo ya se nos caía a pedazos, pude ir en enero a esquiar a Vancouver, en ese Canadá donde ya se reportaban, en la Costa Este, los primeros casos de ese virus del que apenas sabíamos nada; unas semanas más tarde, ya a finales de febrero, fui a una boda de un amigo muy querido a Mazatlán, donde al segundo día nos enteramos que se había registrado, justo en algún punto ignoto de Sinaloa, el primero de los hoy más de dos millones y medio de contagios.

Un par de días después, vía CDMX, regresaba a casa sin saber que pasarían, pasan de hecho, meses y hasta años, antes de poder pensar en un viaje; recuerdo bien que el aeropuerto de la capital era una fiesta, con ese sabor característico a central camionera que tiene la terminal, con su venta de garnachas, sus multitudes, sus habituales retrasos…

Meses más tarde, en octubre del año pasado, volé allí para despedir a mi hijo que se marchó muy lejos a seguir sus estudios; fue un viaje de ir un día y volver al siguiente: el zarévich volaba esa noche, de tal manera que comimos juntos, allí mismo en el aeropuerto, le despedí poco antes de la media noche, dormí allí en un hotel del aeropuerto, y me volví a la mitad de la mañana del día siguiente. Supongo que eso no se puede contar como una vacación.

El aspecto del aeropuerto era desolador. Ya aquí tuvimos que pasar controles sanitarios, que se multiplicaron en el aeropuerto de la terminal, donde apenas había viajeros y sí muchos negocios vacíos, por no hablar de un hotel donde daba miedo caminar por los pasillos desiertos.

Desde entonces mis viajes se han limitado a dos o tres viajes por Querétaro, donde con un grupo de amigos recién pudimos abrir un changarro, a donde fui a firmar papeles, a hacer trámites y, este fin de semana, a la esperada (por mí y mis socios) apertura. Y no es que Querétaro sea un Nueva York o un Bruselas, pero peor es quedarse en casa encerrado, rumiando las ganas de agarrar un avión para largarme a algún lugar lejano, y así poder escribir esos artículos que antes podía entregar en tiempos más venturosos.

No, Querétaro no es Berlín, pero hay que admitir que la ciudad tiene su encanto: el de esas ciudades que tienen rincones añejos y entrañables y, a unos cientos de metros, barriadas y suburbios de una modernidad avasallante, lo que pasa en tantas ciudades mexicanas; lo malo es que para llegar a Querétaro, a donde se puede ir casi exclusivamente por carretera, hay que cruzar territorio de apaches, sobre todo el corredor León-Celaya, que es como la ruta más peligrosa que existe, hoy por hoy, en el planeta.

Yo, que soy de natural un cobarde, tengo una norma: no parar por ninguna razón, pues tengo la impresión que detenerse en un paradero de carretera, en una estación de servicio, o en un comedero, es como tentar al mismísimo Azrael, el arcángel de la muerte del judaísmo, pues ahora sí que la canción esa mamerta que dice que en Guanajuato la vida no vale nada, es en estos días más que la deplorable pieza que es, efectivamente, una sentencia.

Ya es pasar la caseta de Encarnación e ir uno, o sea yo, con el Yahvé en la boca. León, Silao, Irapuato, Salamanca, Celaya, Santa Rosa… Cuando, pasado ese tramo antes lleno de prosperidad, llega uno a suelo queretano dan ganas de bajarse del coche –con piernas temblorosas-, arrodillarse y besar el suelo arcilloso de tierras queretanas, donde por lo demás uno se siente tan seguro.

Pasado el susto de la ida, luego de la apertura del sábado, el domingo tocó el temor del regreso, en un trayecto que fue tormentoso, con la circunstancia añadida de que ese día, extrañamente, las carreteras guanajuatenses estaban llenas de patrullas de la Guardia Nacional, circunstancia que, la verdad, no podría decir si es buena o es mala. Al despedirme de algunos amigos queretanos, la mañana del domingo me preguntaban: ¿y cuándo te tendremos de regreso? Yo contestaba: cuando junte para comprarme un helicóptero, que es lo mismo que decir que espero que nunca.

¡Shavua Tov!

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