Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

El Marco Teórico del nuevo plan y nuevos programas de estudio de educación básica 2022, asienta que «los sistemas de evaluación (de los modelos educativos anteriores) “han hecho creer que el aprendizaje se reduce al desempeño de una prueba…” y que “el resultado de cada medición o evaluación ubica a cada niña, niño y adolescente en un agrupamiento por capacidad o por nivel académico. Una vez que a una estudiante o a un estudiante se le ha asignado un determinado nivel, queda fijado su lugar en el orden social, reproduciendo así las desigualdades sociales dentro del sistema educativo”. (Págs. 8 y 9)

Esta es una forma tendenciosa de interpretar la evaluación que los maestros no compartimos. Para nosotros, la evaluación es una herramienta que tiene el propósito esencial de mejorar el aprendizaje de los estudiantes; lograr que avancen progresiva y permanentemente en conocimientos y que siempre desarrollen la cultura de mejoramiento continuo en la vida.

Cuando los maestros recibimos a un grupo de alumnos para su aprendizaje, aplicamos una evaluación diagnóstica para darnos cuenta del nivel de conocimientos que domina (el grupo); y, también valoramos, de manera muy especial, los avances y las debilidades de cada alumno; porque nuestro trabajo, invariablemente, inicia reconociendo las facilidades y las dificultades; los gustos y los desagrados que cada educando presenta; y no para estandarizar al grupo (que no es posible), sino para darle la atención que cada alumno amerita, respetando su tiempo y su ritmo, hasta que alcance los contenidos del programa y lo que consideramos requiere en su vida presente y futura. Todo esto no es nada sencillo, pero es nuestro reto diario.

Si la idea de evaluar tan sólo fuera ubicar a cada alumno en el nivel de conocimientos que posee e identificar la escala socioeconómica de su familia, y que no hiciéramos nada por su legítima aspiración, entonces se perdería el sentido esencial de ser maestro, al dejar a los alumnos indefensos, académica e indefinidamente, en la misma situación en que se encuentran. Casi todas las maestras y todos los maestros, iniciamos nuestra labor docente en el medio rural y en algunas zonas indígenas del país. En tal virtud, sabemos en carne propia lo que es trabajar, comer, dormir, sufrir, jugar, vivir en la precariedad con los menos favorecidos; y, también conocemos sus aspiraciones. Por eso, con plena conciencia hicimos grandes esfuerzos por tratar de transformar la vida de estos niños y de sus familias, en medio de incomprensiones y faltos de apoyo, pero lo hicimos; y en no pocos casos (tal vez en miles o millones) tuvimos éxitos de vida que nos enorgullecen; y, en nuestros días, seguimos con la mística de apoyar a todos, a los vulnerables y a los que tienen lo necesario para vivir bien, porque todos necesitan, de una u otra forma, una intervención académica de nosotros los maestros.

No se vale decir, entonces, que “una vez que a una estudiante o a un estudiante se le ha asignado un determinado nivel (por la evaluación) queda fijado su lugar en el orden social, reproduciéndose así las desigualdades sociales en el sistema educativo”. Si así fuera, estaríamos con los mismos datos alarmantes de los años 1800 y 1900. México ha cambiado, tal vez lentamente, pero ha cambiado; y si se quiere una transformación más extensa y profunda, no es acabando con las Escuelas de Tiempo Completo de los niños pobres, ni reduciendo recursos de Educación Especial de los niños más necesitados, ni castigando el presupuesto de la educación, en general; sino apoyando con recursos a las escuelas; fortaleciendo la infraestructura de las instituciones; robusteciendo la economía; en fin, construyendo un México para todos. La escuela no resuelve todo, pero contribuye mejorando la vida de todos.