Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

La Secretaría de Educación ha formulado un nuevo plan y nuevos programas de estudio para la educación básica 2022, los cuales entrarán en vigor a partir del ciclo escolar 2023–2024; esto es, el último año de gestión del actual gobierno. Durante el próximo ciclo escolar 2022–2023, los maestros tendremos oportunidad de analizar los enfoques y los contenidos de estos documentos y, también, (según lo han dicho las autoridades federales) nos darán oportunidad de sugerir cambios y adecuaciones que consideremos pertinentes. ¿Será?

El marco curricular de estos nuevos programas, inicia con un primer juicio crítico sobre los modelos educativos del pasado, desde la fundación de la Secretaría de Educación Pública hasta la administración anterior. Dice que los programas pasados pusieron preponderancia en la “formación de capital humano”; entendido esto como el desarrollo de habilidades, adquisición de conocimientos y otros atributos que los estudiantes deben poseer para una actividad económica y para el crecimiento de la productividad de una empresa o para la competitividad; dando a entender que lo importante ha sido la formación de la mano de obra barata para el capital. Textualmente asienta “la obligatoriedad y el currículo de la educación básica ha sido parte de un sistema político y económico que fue pensado para diferenciación social existente; lo que ha exacerbado las desigualdades…”. Por tanto, los nuevos programas harán un cambio de enfoque, ahora la preponderancia será desarrollar integralmente a los grupos sociales menos favorecidos; aunque no se precisa qué destino tendrán las capacidades que se desarrollen.

Si comparamos el significado de la “Formación de capital humano” y el desarrollo integral del ser humano, en esencia ambos dicen lo mismo, pues el desarrollo, según la ONU, es poner en el centro de atención a la persona (al estudiante) para lograr el desenvolvimiento de su capacidad física, intelectual, psicológica y emocional, para que pueda enfrentar con éxito los retos de la vida presente y futura. La diferencia que se pretende ahora sería, pues, privilegiar la formación de los estudiantes más vulnerables, sin embargo, este buen deseo siempre ha estado en el discurso; incluso, todos los programas federales de los demás sectores, han pretendido lo mismo: erradicar la pobreza y acabar con la desigualdad social. Y, ¿qué ha pasado? Hoy seguimos hablando de superar la pobreza, de poner mayor énfasis para preparar más y mejor a los estudiantes de escasos recursos. En las escuelas, los maestros ya estamos haciendo lo que humana y pedagógicamente es recomendable al respecto, estamos tratando de brindar, por equidad, por inclusión, por justicia y por sentido común, más y mejor atención a los alumnos de escasos recursos, así como a los discapacitados (además lo hacemos con mucho cariño y respeto); pero sin descuidar a los demás, porque todos tienen derecho a la educación. Y si las cosas no han resultado del todo bien es porque no hemos aceptado que los problemas no están en la escuela: están arraigados en el contexto social. Vigotsky, quien con sus ideas sustenta parte de este marco curricular, junto con otros autores, afirma que “el contexto social influye en el aprendizaje más que las actitudes y las creencias; tiene una profunda influencia en cómo se piensa y en lo que se piensa. El contexto forma parte del desarrollo y, como tal, moldea los procesos educativos”. Luego entonces, si el contexto es favorable, propiciará una buena educación para todos; pero si es adverso, como en el caso de México, entonces habrá que empezar a transformar el contexto existente, no destruyéndolo, sino fortaleciendo a las escuelas, a todas las instituciones, profesionalizando a todos los sectores y robusteciendo su infraestructura, promoviendo una sólida economía para todos y uniendo a los mexicanos en la construcción de un país desarrollado donde todos seamos solidarios y justos.