Luis Muñoz Fernández

Como la afluencia de grandes ríos, nuestra vida es una serie de diferentes momentos que se unen para crear la impresión de un continuo. Pasamos de la causa al efecto, de un suceso a otro, de un punto al siguiente, de un estado de existencia a otro; y esto da la impresión de que nuestra vida es un movimiento continuo y unificado. Pero en realidad no lo es. El río de ayer no es el mismo de hoy. Como dicen los sabios: “Nadie se baña dos veces en el mismo río. […]La verdad de la vida es que el cambio es su única constante. Cuando pensamos con atención, ¿hay algo más?”

 Frank Ostaseski. Las cinco invitaciones, 2017.

 

Poco a poco vamos descubriendo algunas leyes generales de la naturaleza que, como seres vivos, influyen en nuestras vidas de manera muy determinante. Una es el cambio. Evolucionamos constantemente. La realidad es tan compleja que no somos capaces de captar ese cambio con facilidad y, como mecanismo de defensa, nuestra mente crea la ilusión de la continuidad.

En nuestras mismas raíces biológicas ese cambio se encuentra presente. No sólo en las grandes transformaciones que nos llevan de la niñez a la adolescencia, de esta a la vida adulta y, finalmente, a la vejez y a la muerte, sino en pequeñas transformaciones que, aunque inaparentes, son incesantes.

Pensemos en la renovación de todos nuestros revestimientos, esas fronteras que nos separan (lo que también es una ilusión) del mundo exterior y de nuestro universo interior. Algo tan elemental como la piel y las mucosas se están renovando de continuo, aunque sólo su capa más superficial se desprende en un instante determinado. Esa descamación es tan sutil, que sólo cuando sucede a mayor velocidad o en cantidades superiores a las acostumbradas podemos notarla: eso es, por ejemplo, la caspa que motea nuestra cabellera como cual copos de una nevada inexistente.

Otra de las leyes inexorables es la variabilidad. Pese a nuestros deseos, no somos completamente iguales. Lo podremos ser en el plano moral, pero en lo biológico, salvo el caso de dos gemelos recién nacidos, existen variaciones en los materiales genéticos de cada uno de nosotros. Diferencias tan pequeñas que en un momento dado son invisibles, pero que con el paso de los años y el peso de las circunstancias podrán (o no) hacerse manifiestas.

A nivel molecular, son diferencias que afectan apenas al 0.5% de nuestro genoma, pero que hoy suponemos que pueden ser determinantes para explicar las particularidades que nos hacen más o menos susceptibles a ciertas enfermedades y que explican cómo es posible que varios seres humanos con la misma enfermedad respondan de manera distinta al mismo tratamiento administrado.

La variabilidad está presente en toda la naturaleza. Por eso mueven a risa los que esgrimen argumentos genéticos para defender la “pureza” de algunas poblaciones humanas. Homegeneidad de grupo (raza) para marcar diferencias con otros pueblos. Mueven a risa y también hacen saltar las alarmas. Argumentos de ese tipo condujeron en el pasado reciente a graves masacres de millones de seres humanos. Uno de los más conspicuos adalides del independentismo catalán que está tan de moda estos días ha llegado incluso a justificar sus ideas políticas con argumentos de este tipo.

Hoy estamos en posibilidades de modificar a voluntad estas dos grandes leyes naturales. Ya lo hemos plasmado en otras ocasiones, así que no haremos sino señalar que las consecuencias de esta modificación, en el intento de “mejorar” nuestra especie, tendrán consecuencias que todavía no podemos prever. Mejor será si nos andemos con pies de plomo. No vaya a ser que se hagan realidad algunas de las más terribles pesadillas que han pasado al celuloide. Antes de intentarlo, tendremos que estar razonablemente seguros de que poseemos la maestría necesaria para tomar la decisión sosegadamente, sin la premura que dictan la soberbia y la codicia.

Los médicos hemos constatado por siglos la existencia del cambio y la variabilidad. Testigos privilegiados del acontecer humano, del discurrir de la vida de los hombres (usado aquí en sentido genérico e incluyente de las mujeres), no nos sorprende su existencia. Antes bien, nos plegamos a ella. Un viejo adagio de la medicina dice que “no hay enfermedades, sino enfermos”, y es totalmente cierto.

Incluso los médicos patólogos como el que esto escribe, abocados a clasificar toda suerte de cambios que las enfermedades y otras muchas condiciones humanas imprimen en células, tejidos y órganos, no nos engañamos. Si agrupamos esas alteraciones en conjuntos más o menos homogéneos, sabemos que solamente es una simplificación de la realidad, una estrategia para intentar comprenderla y, sobre todo, para colaborar en el ingente esfuerzo de modificarla.

Podemos analizar un ciento de casos de apendicitis aguda o de cáncer mamario, incluso del mismo grado, y nunca encontraremos dos exactamente iguales. Les pondremos el mismo diagnóstico y los médicos clínicos o los cirujanos prescribirán el mismo tratamiento, pero en el fondo sabemos que no son casos de una misma enfermedad, sino enfermos distintos con una enfermedad en apariencia similar.

Hasta hace poco establecíamos la identidad biológica en la similitud de las células. Por eso se decía que los patólogos teníamos la última palabra. Hoy sabemos que, incluso a ese nivel microscópico que se mide en milésimas de milímetro, la similitud es engañosa. Células en apariencia iguales albergan variaciones químicas en las moléculas que las constituyen. Esas variaciones que hoy fijamos en el genoma, pero que mañana no sabemos si cambiarán de morada. El cuadro de lo que es un ser humano dista mucho de haberse completado.

Por eso es engañoso suponer que los grandes avances científicos y tecnológicos han hecho de la medicina una ciencia exacta. Esa idea es un espejismo. Lo que ha sucedido es justamente lo contrario. La incertidumbre se ha revelado como una de las esencias de la profesión médica. No es casualidad que médicos escritores como Serwin B. Nuland, un cirujano, y Siddartha Mukherjee, un cancerólogo, hayan escrito, respectivamente, libros con los sugerentes títulos de “El arte incierto: pensamientos de una vida en la medicina” (2008) y “Las leyes de la medicina. Apuntes de campo de una ciencia incierta” (2015).

El cambio y la variabilidad son el alma de esa incertidumbre. Ninguno de los tres (cambio, variabililidad e incertidumbre) es de nuestro agrado. Por eso nos dan temor, los rechazamos o los invisibilizamos. Pero no podemos escapar de ellos. Al final, siempre nos atrapan y nos obligan a someternos a ellos. Como la Muerte en aquel antiguo mito babilónico conocido como “Cita en Samarra” que escribo a continuación:

El criado de un mercader se encontró de pronto en el mercado con una extraña mujer y, asustado, se dio cuenta que se trataba de la Muerte. Aquella mujer le hizo un gesto que el pobre comerciante interpretó como una amenaza, así que huyó despavorido. Le relató el terrible encuentro a su amo el mercarder y le expuso su plan: escaparía a todo galope para esconderse en el poblado de Samarra, seguro de que la Muerte no podría encontrarlo allí. El mercader le prestó su caballo y el sirviente escapó a toda prisa.

Más tarde, el mercader se encontró con la Muerte y le preguntó por qué había amenazado a su sirviente. Ella le respondió que su gesto no fue una amenaza, sino una expresión de sorpresa por haberse encontrado con el sirviente en el mercado, ya que sabía que tenía una cita con él más tarde, precisamente en Samarra.

 Por más que nos esforcemos, tampoco nosotros podemos escapar del cambio, la variabilidad y la incertidumbre. La única certeza que tenemos es precisamente la de la muerte.

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