Marisela era una niña de primer grado de secundaria. Generalmente, faltaba a mis clases de las 7:30 de la mañana. A partir de las 8:30 asistía a las clases de los demás maestros, lo que me molestaba, pues con los demás sí acudía a sus clases y conmigo no. Consecuentemente, estaba reprobada en mi materia por inasistencia.

Un día, a la hora del refrigerio, vi a Marisela sentada en uno de los bancos del patio de la escuela comiendo su torta. Me le acerqué y le pregunté si podía sentarme con ella, a lo que me contestó que sí. Mientras comía su torta, le pregunté: “Marisela, ¿quiere usted decirme por qué falta a mis clases? Por las faltas está reprobada en mi materia”, le dije.

Ella guardó en una bolsa de plástico el pedazo de torta que le quedaba, suspiró profundamente y, mirando al infinito, me dijo: “Maestro, hace cuatro meses mis padres murieron en un accidente automovilístico y, a partir de entonces, yo me estoy haciendo cargo de mis dos hermanitos. En los primeros días después de haber fallecido mis padres, un tío nos ayudó con la comida, pero a la semana me dijo que buscara un trabajo para sacar lo necesario para mantenernos.

Fui con el dueño de la lonchería ubicada en la planta alta de la Central de Autobuses para pedirle trabajo por la noche. Me dieron el trabajo porque una persona que allí trabajaba había renunciado tres días antes. Mi trabajo inicia a las 10 de la noche y termina a las 6 de la mañana. Afortunadamente, vivimos en la casa que nos dejaron nuestros padres y, con lo poco que gano, nos estamos manteniendo.

Al salir del trabajo, llego a casa a las seis y media. Despierto a mis hermanitos, los arreglo para llevarlos a la escuela, les preparo su lonche y salimos de la casa para llegar a la primaria 10 minutos antes de las ocho. Dejo a mis hermanitos en sus salones de clase, salgo de la primaria y camino deprisa rumbo a la secundaria, llegando, casi siempre, a las 8:30 de la mañana, cuando su clase ya terminó.

Pero, además, quiero decirle que de la secundaria salgo corriendo rumbo a la primaria por mis hermanitos. A las directoras de la primaria, del turno matutino y del vespertino, les he pedido de favor que permitan a mis hermanitos permanecer una hora más allí mientras yo llego por ellos. Las directoras han sido muy amables con nosotros, por lo que les agradecemos su comprensión.

Cuando llegamos de la primaria a la casa, rápidamente preparo la comida y luego comemos. Descansamos media hora, luego hacemos nuestras tareas; después de las tareas, mis hermanitos juegan un rato y yo duermo unas horas. Al despertar, lavo los platos, barro la casa y preparo los uniformes para el día siguiente, mientras llega la hora de ir a mi trabajo. Antes de salir de la casa, acuesto a mis hermanitos en sus camas y cierro la casa.

Maestro -me dice Marisela-, esta es la vida que llevo con mis hermanitos. No falto a sus clases por irresponsable; nos tocó llevar esta vida”.

Marisela cambió mi visión como maestro. En mis ratos libres y algunos sábados le ayudé a regularizarse en mi materia y en otra en la que tenía el mismo problema. Ayudé a Marisela los tres años que cursó en la secundaria, siempre aprovechando las horas libres y con disposición. Marisela era sumamente inteligente y responsable; sólo necesitaba comprensión y apoyo.

Marisela terminó la secundaria, la preparatoria y es ahora una excelente maestra. A sus hermanitos les dio carrera. Todo es cuestión de dialogar con los alumnos que presentan problemas, conocerlos, ser sensibles con ellos y apoyarlos.