Por J. Jesús López García

El municipio de Cosío, en el límite norte del estado aguascalentense, colinda por el noroeste con San Pedro Piedra Gorda, y por el noreste con Luis Moya, ambos del estado zacatecano. Dista 56 kilómetros a partir de la Clínica 10 del Instituto Mexicano del Seguro Social, y en automóvil el tiempo de traslado es de 36 minutos, según las condiciones de tráfico.  Según datos del Censo de Población y Vivienda INEGI 2020, la cabecera municipal contaba con 5,870 habitantes. Sin duda, datos interesantes para conocer, o en su caso, reconocer, al municipio creado en 1857, parte integral del ecosistema actual de nuestro estado, casi árido.

El asentamiento cuenta con una trama rectilínea, y en algunas partes de manera orgánica, en su mayoría conformada por largas manzanas de formas diversas y con trazos irregulares, con base en la conformación topográfica del sitio. Para llegar al corazón de Cosío, transitando por la Carretera Panamericana, se vira hacia la izquierda sobre la Avenida Progreso, de dos carriles con un camellón central arbolado; los paramentos están constituidos por viviendas de uno y dos niveles, todas ellas de reciente fábrica. De manera frontal, culmina con el Jardín Cosío, cuyo acceso es a través de una serie de escalinatas y rampas. Por el lado sur, a un costado del Salón Ejidal, se dispone el templo del Sr. San José, retranqueado con respecto a las demás edificaciones, que ascienden de acuerdo a la conformación topográfica de la plaza. Una estructura de las denominadas “velarias” que funge como un teatro al aire libre, se entroniza de forma importante en el espacio, por su tamaño y su altura, enfrente de la finca del H. Ayuntamiento de Cosío.

El jardín cuenta con un tradicional quiosco al centro del mismo, con macizos de vegetación y andadores que giran alrededor de aquel, y dado el relieve, se accede a través de varias escalinatas, por las vías aledañas. Por el norte, la calle Vicente Guerrero, sobresale por el volumen frondoso de árboles, destacando los laureles de la India, que se encuentran en una especie de jardineras a causa de los desniveles con respecto a las banquetas. Las casas del paramento norte, se resguardan detrás de un alineamiento de ficus –relacionados con los laureles-, bosquejados de forma esferoidal. Del otro lado de la calle, flanqueando la banqueta, unos arriates de planta rectangular donde el pasto se percibe tal cual “alfombra” para los grandes árboles de la plaza, quienes se alzan como grandes personajes, tanto del jardín, así como de la arteria misma, pues esa masa arbórea es la que ha definido el trazo de una tanto como de la otra.

En las paredes de este tramo de la calle Guerrero, se edificaron viviendas  con materiales y sistemas constructivos recientes, sobresaliendo dos fincas de fábrica decimonónica; la primera, resuelta en piedra y adobe, sobresaliendo de su alineamiento, el marco adintelado del acceso principal con jambas que contienen pilastras de capitel corintio soportando a su elaborado entablamento, conservando sus elementos arquitectónicos incólumes, salvo la apertura de un acceso de proporción casi cuadrada, en lo que se colige, que la propiedad se dividió en dos partes, y la alteración en la fachada correspondería el acceso hacia una de esas viviendas. La segunda finca, tiene una descollante portada en la entrada principal, de roca color casi rojo, y con componentes escultóricos de una exquisitez sensacional, sin embargo, lamentablemente, ha sido modificada, tanto en su esquema espacial, así como en la plástica, añadiendo un guardapolvo de “piedra” y abriendo vanos que no corresponden a la dignidad de la casona.

La calle Vicente Guerrero, se sirve de los árboles plantados en la plaza-jardín, pensados no para acompañar el tránsito de los pobladores, sino para sombrear su estancia en el lugar, se manifiestan de todas maneras en la travesía como un conjunto, que por sí mismo, domina a los elementos construidos con su presencia y su perfil.