COLUMNA CORTEUna mirada triste. Una mueca perpetua que semejaba un ambiguo desdén. Una efigie de alfeñique. Figura más lánguida ha existido jamás en los anales de la comedia, y sin embargo, Buster Keaton manejaba su triste apariencia en la pantalla con la destreza de un atleta, agudeza de un histrión consumado y la curiosidad de un mecánico. Su trabajo era uno de recurrencia, pues mantuvo una fórmula en función que lo consagró como leyenda de la hilaridad, utilizando sus aparentes desventajas físicas a su favor. Durante su paso por el Hollywood de la era silente, Keaton se mantuvo estoico mientras reflejaba una pasividad que lo ponía en supuesta desventaja ante sus enemigos de celuloide, pero jamás dejó una chica sin conquistar y una proeza por realizar, pues suya era la comedia épica, aquella que no se sustentaba en la naturaleza poligónica y resbalosa del “slapstick” popularizado por ese otro geniecillo del cine jocoso llamado Chaplin, sino una donde el mundo era una pieza armable en el rompecabezas narrativo del juego que este comediante emprendió, mediante puestas en escena imposibles y hazañas rebosantes de heroísmo, no exentas de riesgo a su integridad física o incluso la vida misma. El enclenque más valeroso y desternillante que haya existido se llamó Buster Keaton y jamás habrá otro como él.
Joseph Frank “Buster” Keaton ya tenía enraizado en su sangre y genética el espíritu del “showbussines”, pues sus padres lo iniciaron en el fino arte de la comedia y el entretenimiento público en 1899, a través de un espectáculo de music hall instalado en Nueva York, que cayó rápidamente en el escrutinio de la sociedad para la protección infantil conocida como la Gerry Society, la cual acusaba a Joe Keaton, progenitor del futuro actor de cine, de explotarlo. Acatando la presión de estos “fanáticos de la dulzura” -como el mismo Joe los catalogaba-, decidieron emigrar a Inglaterra, donde realizaron una serie de exitosas representaciones al punto de llamar la atención del mítico potentado y empresario William Randolph Hearst (modelado a la postre según la visión de Orson Welles como el “Ciudadano Kane”). Sin embargo, varias dificultades con el público inglés y una aparatosa trifulca durante una de sus presentaciones, propició la migración de Buster Keaton a su tierra natal en 1917, donde conoce al comediante Lou Anger. De su amistad brota la oportunidad de trabajar en cine, debutando ese mismo año a lado de Fatty Arbuckle. Keaton encuentra su vocación, su foro de expresión y, a la larga, una postura iconoclasta sobre los modelos de comedia ya establecidos a través de imágenes en movimiento.
“Mientras unos recurren a las novelas para encontrar argumentos, yo prefiero ceñirme a la historia”, dijo el comediante en alguna ocasión cuando se le señaló que su “magnum opus” e indiscutible obra maestra del cine universal, “El maquinista de la General” (1927), reflejaba de forma más tácita, objetiva y fehaciente el periodo de la Guerra de Secesión norteamericana que “Lo que el viento se llevó”, y su argumento se encontraba despojado de petulancia, pues la honestidad narrativa y una franca inquietud por generar propuestas narrativas mediante el género de su predilección, siempre fueron evidentes, tanto en esta maravillosa cinta, donde Keaton realiza un despliegue de talento pantomímico y gimnástico (la secuencia de la locomotora andando con él en la parte frontal mientras retira obstáculos de las vías es parte integral de los mitos fílmicos y una de las cosas más divertidas que cualquier ser humano podrá apreciar mientras viva), como en otras producciones que destacan por su vivacidad y desenfadado manejo del drama como “Nuestra hospitalidad” o “Sherlock Holmes Junior”. Lo dio todo por su público, pues jamás utilizó dobles de riesgo para las peligrosas proezas que se visonaban en pantalla y ello era parte de su compromiso con un arte que depuró, perfeccionó, pues estaba convencido de que todo valía si el público reía.
Buster Keaton se labró un nicho en el mausoleo de leyendas con tesón y sacrificio, y si sujetos como Jackie Chan u otros ases del cine de acción no se limitan a reconocer sus aportes como aventurero del celuloide, sino incluso imitan sus hazañas con orgullo, nunca tendrán aquello que enorgullecía a Keaton mientras muros enteros caían a su alrededor o una escalera de dimensiones inauditas lo transportaba por los aires sin certeza de su seguridad anatómica: un rostro estoico que significaba mayor mofa a la muerte que una faz llena de pavor. Jamás sonreía mientras el público lanzaba risotadas a mandíbula batiente. Jamás mostraba asombro o susto mientras la audiencia exhalaba con alivio sus inauditas maniobras. Él tan solo se manifestaba como un cómico. Un cómico épico.
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