Luis Muñoz Fernández

Otumba, un pueblo del Estado de México cercano a San Juan Teotihuacán, es famoso por varias razones. La primera porque un lejano 7 de julio de 1520 Hernán Cortés y sus hombres, que huían de Tenochtitlan perseguidos por los guerreros mexicas, ganaron inesperadamente una batalla, lo que les permitió reagruparse, refugiarse en Tlaxcala y preparar su asalto definitivo para conquistar la capital azteca poco más de un año después.

También es famoso por algo totalmente distinto: es tal vez el único lugar de América con un santuario-refugio para burros maltratados (desnutrición, agotamiento, traumatismos óseos y cutáneos). “Burrolandia”, que así se llama, es un paraíso para estos animales fundamentales en muchas comunidades rurales mexicanas, si bien van perdiendo presencia debido a la modernización de las labores agrícolas. Otumba, que celebra cada primero de mayo la Feria Nacional del Burro, se considera la cuna del asno mexicano.

El refugio está en un rancho de 2.5 hectáreas en el que cada burro tiene un nombre propio acorde con su personalidad. Lo dirige desde 2006 Germán Flores, preocupado por el maltrato que sufren estos animales cuya población, según afirma, se ha reducido dramáticamente en los últimos 30 años. Para Mariano Hernández Gil, que coordina el programa “Donkey Sanctuary-UNAM” de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, la clave no está en dejar de utilizar asnos para el trabajo, “sino en promover una legislación que contemple y obligue al bienestar animal con métodos objetivos”.

Lo que les ocurre a los burros es un ejemplo más del trato frecuentemente cruel del ser humano hacia los animales no humanos. Compartimos con ellos mucho más de lo que suponemos o de lo que nos gustaría. Empezando por la condición de seres sintientes que, según la filósofa francesa Corine Pelluchon, “son los que poseen la capacidad para tener experiencias y sentir dolor, placer y sufrimiento de una manera subjetiva. Un ser sintiente es individual: tiene una biografía y unas preferencias, además de intereses relacionados con su supervivencia y las normas de su especie. Vive su vida en primera persona”.

Esta especialista en bioética nos recuerda que “nuestra relación con los animales es un espejo que nos muestra en qué nos hemos convertido con el paso de los tiempos. En el espejo no sólo aparecen los horrores cometidos por nuestra especie al explotar a otros seres sensibles, sino el rostro macilento de una humanidad que está perdiendo su alma”.

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