Por J. Jesús López García

En sus últimas etapas el gran arquitecto suizo Le Corbusier (1887-1965), exploró variadas maneras de hacer arquitectura más allá de su purismo característico y que le valió sus primeros reconocimientos como un visionario, uno de los personajes más prestigiados e influyentes del Movimiento Moderno en la arquitectura. Entre esas varias formas de explorar, en sus obras Le Corbusier se apartó después de la Segunda Guerra Mundial de las superficies lisas y prístinas de sus iniciales casas. Con el desgaste de la guerra y los grandes cambios producidos por ella y tras ella, fue como si el maestro comenzase a abandonar sus primeros postulados, llenos de un optimismo en el papel de la modernidad como una concepción del mundo destinada a procurarle un progreso universal, y dado que esa promesa moderna no se efectuó sino que por el contrario, en algunas ocasiones incluso la traicionó, muchos intelectuales, creadores y artistas -Le Corbusier tenía su sitio en los tres grupos- comenzaron a cuestionar esa modernidad procuradora de progreso y de igualdad que finalmente pareció participar más en el horror mecanizado de dos guerras mundiales y de la desigualdad.

En sus exploraciones más maduras Le Corbusier tornó su trabajo arquitectónico en un ejercicio más reposado, menos militante y mucho más lírico; el idealismo de su arquitectura purista fue poco a poco siendo sustituido por la intromisión de los pequeños accidentes que ocurren en todo proceso de diseño y de construcción. Fue así que en ese momento de su actividad creativa abordó proyectos más grandes, como el centro político y administrativo de Chandigarh en la India en el periodo de 1951-1965, el convento de Sainte Marie de la Tourette entre 1957-1960, o la Unite d’habitation de Marsella levantado entre 1947 y 1952.

En estos casos regresó a sus primigenios ensayos arquitectónicos donde el concreto armado, cuya utilización aprendió de la mano de su maestro Auguste Perret (1874-1954), fue el protagonista de proyectos donde la experimentación no era exclusiva del arquitecto sino también de los ocupantes de los edificios -como en la casa del prototipo “Dom-ino” en 1914-1915-. Haciendo uso del concreto, en esa nueva fase optó por que el material se manifestase en su manera más dura, para que así el proceso de la obra constructiva apareciese hasta la superficie del edificio sin recubrirlo y sin ocultar sus naturales imprecisiones, de esta forma a partir de lo que Le Corbusier llamó “béton brut” – concreto crudo-.

Diversas fuentes establecen que fue el arquitecto Hans Asplund (1921-1994) quien acuño el término brutalismo para explicar una vivienda conocida como Villa Göth en 1950; otras que los arquitectos Peter Smithson y su esposa Alison con su obra dieron nacionalidad al brutalismo, y otras más establecen que el historiador y crítico de la arquitectura Rayner Banham (1922-1988) fijó con el nombre de brutalismo a aquellas expresiones arquitectónicas donde los materiales fuesen articulados sin mediación de acabado alguno.

En la Europa de posguerra el brutalismo fue una especie de grito de combate de nuevas generaciones de arquitectos que habiendo sido niños durante la Segunda Guerra Mundial, vieron cómo sus países caían desde sus alturas antes imperiales, a constantes crisis económicas, sociales y políticas, como en la mencionada pareja de Alison y Peter Smithson que tratando de definir una nueva forma arquitectónica para el socialismo utópico del que fueron partidarios, echaron mano de los materiales aparentes, “en crudo”, pues además esa aspereza era parte del clima histórico que les estaba tocando vivir. El brutalismo se decantó entonces no solamente por el concreto aparente, pues el ladrillo, el acero o la piedra también podían manifestar esa particularidad “cruda” a manera de una crítica de la historia y de la sociedad de su tiempo.

No es raro entonces que actualmente, en una nueva etapa histórica de crisis económica, ecológica, política, social y hasta de salud, la arquitectura de alguna manera vuelve a echar mano de esos recursos constructivos en que de modo descarnado manifiestan que a través de la materialidad de los edificios se deja a un lado la apariencia tersa de recubrimientos que “ocultan” o disfrazan.

Como ejemplo de lo anterior, en Aguascalientes hay una obra en la calle Gral. José María Arteaga, cuyo diseño sencillo de composición bien lograda, es afín a los blocks de concreto aparentes que se expresan como parte intrínseca de la imagen de la casa, velada al exterior casi totalmente, protegiendo para su interior la intimidad de un ámbito familiar doméstico al resguardo de lo agreste que se ha ido tornando el contexto público.

El brutalismo más que una tendencia, es una especie de depuración que trata de escapar de la apariencia apacible para manifestar en su simplicidad de planteamiento y medios constructivos, la necesidad de una crítica a la circunstancia actual que no solamente se queda en lo arquitectónico, la finca citada es una agradable sorpresa, pues en los sitios más inesperados continúan las propuestas sugestivas y bien ejecutadas, que son los componentes ineludibles de la buena arquitectura, no obstante lo “cruda” que esta pueda ser.