“Hay que darle un sentido a la vida, por el mismo hecho de que carece de sentido.”
Henry Miller

La película inicia con una mirada contemplativa y termina de igual forma. El desarrollo pretende unificar esta postura mediante la observación -que no profundización- de la progresión cronológica en relativo tiempo real de una familia estadounidense de los suburbios aquejada por el alarmantemente cotidiano virus del extravío existencial, mediante viñetas construidas por el director de cepa independiente Richard Linklater (“Antes del amanecer”, “Despertando a la vida”) a lo largo de 12 años de grabación, sometiéndose (y a su proyecto) a una sola línea argumental y tratando a su división temporal como si de un cortometraje por secuencia se tratara. Este proceso daña cualquier intención dramática y, hasta cierto punto, la estructura completa del filme al delimitar el escudriñamiento psicológico de los personajes a meros momentos, minucias vivenciales retratadas con desosegado naturalismo que sofoca pretensiones o alcances líricos, lúdicos o narrativos. El enfoque primordial se lo adueña Mason (Ellar Coltrane), el hijo que inicia en su etapa infantil y cuya mirada será integral para captar las intenciones argumentales de la cinta y quien articula su vida con base en la dinámica que él mismo ajusta a partir de sus necesidades con su padre (Ethan Hawke), entidad ausente vía un prematuro divorcio, pero constante en presencia y cuidados necesarios que proporciona suficiente nutrimento formativo para la perspectiva del chico. Su madre (la reciente ganadora del Oscar Patricia Arquette) lucha denodadamente por establecer un eje emocional en la desamarrada familia, proveyendo padres sustitutos que terminan por fracasar al carecer de la supuesta autenticidad que posee el padre original (el nombre de ambos progenitores jamás es revelado, supongo con intereses simbólicos representando al señor y señora USA promedio), y Samantha (Lorelei Linklater), quien completa el cuadro como la hermana menor e indiscutiblemente el personaje más disparejo de la cinta al presentarse en los episodios iniciales como un ser energético, vital y necesariamente socarrón para equilibrar con la solemne e introspectiva naturaleza de Mason, mas diluyéndose conforme alcanza la adolescencia y apagándose por completo al llegar el tercer acto del filme. De esta forma, decisiones que el joven protagonista tomará sobre su destino académico y personal, así como los lazos afectivos que tienda, pierda y vuelva a tender con sus padres serán puntales en un argumento sobradamente minimalista tan característico del cine indie gringo, aunado a sus formas plásticas que en este punto ya sugieren el bostezo por cliché: predominancia del sonido ambiental, música alternativa con tonos evocativos, rechazo absoluto al barroquismo compositivo y muchos planos largos, como si ello a casi 60 años de Godard aún significara algo relevante o importante. Eso sí, Linklater se muestra seguro y firme en su tratamiento cinematográfico y su cinta fluye sólidamente con un gusto artesanal maduro que sólo alguien con su experiencia y caladura puede dotar a un relato sobre gringos a medias en estado de confusión, pero no logra trascender de ninguna forma, ni siquiera con la tan cacareada argucia del maratónico tiempo de producción y el envejecimiento ante nuestros ojos del reparto, recurso que a fin de cuentas no aporta algo significativo al proceso, mas que recordarnos de la paciencia y compromiso al proyecto de los involucrados. El experimento le pagó réditos al cineasta con críticas que celebran su audacia y acogida popular mediante generosa taquilla, pero nos queda a deber en cuanto a creatividad, presentación de personajes relevantes o dimensionados con aspectos de vinculación universal (sus problemas, dilemas y agridulces experiencias parecen atender tan sólo a la idiosincrasia estadounidense) y un minúsculo manejo de sus aspiraciones simbólicas, las cuales coquetean descaradamente con lo pueril.
Ninguneada en la pasada entrega del Oscar, “Boyhood” sólo funciona para sí misma, sin integrarse adecuadamente al elemento fundamental de cualquier ejercicio narrativo fílmico: el cine es, ante todo, historia, y si ésta no cohesiona, entonces poco queda por apreciar. La contemplación, pues, queda tan sólo en el aire que Mason observa con tanta insistencia.

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