El metasicario de Fontanarrosa se abre camino en cine

No importa qué tanto se desee o a qué grado de compenetración cultural ciertos personajes permeen la conciencia colectiva, las adaptaciones cinematográficas de tiras o cómics latinoamericanos se han dado a cuentagotas, un fenómeno que encuentra cauce debido a que las naciones hispanoparlantes carecen de una infraestructura industrial a nivel de producción fílmica y recursos económicos sólidos que permitan llevar al celuloide las fantasías y observaciones de diversos creadores, quienes a través de sus álter egos de tinta y papel, examinan y proyectan las carencias, facultades, potencial, ventajas y desventajas de un universo que se regodea en un realismo mágico que la mayoría denominamos “cotidiano” y que los percibimos cercanos debido a su construcción motivacional, emocional y psicológica. Ejemplos: Gabriel Vargas y su “Familia Burrón”; Quino con “Mafalda”, la respuesta gaucha a “Charlie Brown” y por supuesto, el recientemente fallecido Roberto Fontanarrosa con sus incisivos “Inodoro Pereyra” y “Boggie, el Aceitoso”, siendo este último un asesino a sueldo norteamericano objeto de una reciente traspolación animada con el posmoderno afán de reverenciar – homenajear – reinventar un personaje que se desinstaló de las meras aspiraciones satíricas de su creador para ubicarse en un proceso de discurso universal donde encontró aceptación y popularidad a través del continente (en México, su foro era la revista Proceso, muy ad hoc con los provocativos temas políticos y sociales en los que Fontanarrosa situaba a dicho mercenario).
Es así que encontramos desde hace un par de años en formato DVD a “Boogie, el Aceitoso” (Méx./Arg., Cova, 2009), antítesis de cualquier producto animado de la Dreamworks, Fox o estudio similar ubicado en el corazón de Limbo, USA, tanto en aspiraciones estéticas como en narración, ya que mientras diversas adaptaciones de cómic norteamericanas (con sus notables excepciones) plantean atmósferas estilizadas y con ciertas pretensiones estéticas, planteamientos maniqueos caducos donde el bien siempre conquista al mal y sutiles moralejas donde se justifican los afanes neoimperialistas yanquis (muy a tono a la sensibilidad naif del país norteño), “Boogie” se regodea en la naturaleza nihilista y fascistoide del personaje, quien constantemente muestra un desprecio absoluto por negros (perdón, afroamericanos), asiáticos, latinos, homosexuales, lesbianas, mujeres, desposeídos y prácticamente por todo aquello que respire o siquiera exista, además de un desdén por la metafísica, la debilidad y la comida saludable. En pocas palabras, el Ello del norteamericano promedio. La diferencia es que este sujeto es un partícipe activo de todos los enfrentamientos bélicos en que se ha visto inmerso/provocado los E.U.: Vietnam, Granada, Panamá, el Golfo y, por supuesto, Iraq, dotándolo de una maestría en el manejo de cualquier arma y en el combate cuerpo a cuerpo. Tales habilidades sólo podrían ser aprovechadas como gatillo por contrato, actividad que desempeña con sádico placer, pero sólo si el precio es el justo.
La trama se desarrolla en alguna desconocida metrópoli norteamericana, donde Boogie vive su misantrópica existencia hasta que un poderoso mafioso italiano (en el cine, ¿hay de otros?) de nombre Sony Calabria le comisiona la entrega de Marcia, una testigo vital en un crimen cometido por el capo y exacompañatriz que acudirá a los tribunales a denunciarlo, por lo que deberá localizarla antes de que hunda su imperio criminal. Sin embargo, en tal empresa conocerá a un némesis: Blackburn, otro mercenario en extremo eficaz y con predilección por las armas blancas, quien fue contratado por el consiglieri de Calabria para acabar tanto con la chica como con Boogie, dando pie a una serie de enfrentamientos que rebosan de golpes y hemoglobina (si de algo no se puede acusar a la cinta, es de aburrida). Boogie y Marcia se dan a la fuga y la cinta se torna una suerte de road movie donde conoceremos un poco más la naturaleza de este personaje y su hedonista gusto por la violencia.
El filme rescata todas las cualidades icónicas del icónico personaje: fisonomía que emula un híbrido entre Nick Nolte y Harry, el Sucio (recordemos que fue creado en los años setenta), su gusto desmedido por el tabaco (su marca: cigarrillos “Aire Fresco”… hilarante), carente de simpatía, jamás sonríe, suelta bofetadas a la menor provocación y ejecuta a todo ser vivo con un lujo de hiperviolencia que arrancaría un suspiro orgásmico a Tarantino. Pero una duda rondaba en el cráneo de su servidor: ¿Puede un instrumento satírico y eminentemente de cartón como Boogie, quien me encantaba leer en la ya mencionada publicación política en mi infancia cada ocasión que mi padre me llevaba al ocasional corte de cabello en una peluquería ubicada en la Avenida López Mateos, desarrollarse en un ejercicio narrativo que involucra un punto argumental y clímax? Pues la respuesta es afirmativa, ya que, en este caso, la habilidad del director Gustavo Cova reside en rebasar lo meramente anecdótico para centrarse en ciertos elementos que permiten generar una exploración de personajes netamente cinematográfica y que compensan de sobremanera los limitados recursos técnicos y de animación : diálogos ingeniosos sin caer en lo chocante, ritmo medido y equilibrado entre lo excesivamente dinámico y las pausas reflexivas (porque las hay, aunque no lo crean) , numerosas referencias fílmicas sin caer en la parodia y un acidísimo sentido del humor que hacen que el contenido de una batería de auto sirva tan sólo para hacer digestión. De hecho, el humor es tan en extremo negro que sólo por ello la cinta es para adultos de amplio criterio, quienes podrán reír sin culpa de las extremas andanzas de Boogie y su existencialista visión y para muestra, este intercambio: Marcie: -“Oh, Boggie, ¿qué no sientes algo cuando matas a alguien? Boogie: -“Si uso silenciador, no siento nada…”

Correo: corte-yqueda@hotmail.com
Tumblr: johnny-dynamo.tumblr.com

¡Participa con tu opinión!