COLUMNA CORTE“La Popularidad es la prima zorrita del Prestigio.”
Mike Shiner (Edward Norton)
La más reciente producción del director Alejandro González Iñárritu es, parafraseando a una de las obras más famosas de la dramaturgia, “nada más que una sombra errante, un intérprete que trastabilla y se muestra temeroso al momento que debe pisar escena. Una historia narrada por un idiota, pletórica de sonido y furia”, y cuyo significado se reduce prácticamente a nada. Macbeth utilizó esta línea de diálogo para referirse a la vida misma, pero para Iñárritu -quien literalmente utiliza este soliloquio para ser declamado fuera de cámara en esta cinta- aplica a la totalidad de este ambicioso, pero pedante proyecto, pues rechaza cualquier línea de exploración sutil en un errado esfuerzo por aparear el lenguaje fílmico con el de los escenarios, tocando multitud de tópicos que incluyen: histrionismo y sus motivaciones, la cultura, mitos y rendición popular a la celebridad, la sociedad neoyorquina, filmes sobre superhéroes, la crítica y el ego mismo. El resultado es una cacofonía de expresiones y opiniones a medio cocer, donde la única que logra cuajar casi por completo es un allanamiento narrativo sobre el colapso nervioso, producto de la desesperación artística que consume la identidad.
El elemento focal es un actor ensombrecido por sus éxitos de antaño llamado Riggan Thomson (Michael Keaton), quien alcanzara niveles inauditos de fama en los albores de la década de los noventa con su serie de cintas sobre “Birdman”, un superhéroe alado, elemento que invariablemente establece paralelismos con la carrera del mismo Keaton. Tratando de salir de tal encasillamiento, invierte hasta su último centavo en una adaptación teatral del cuento escrito por Raymond Carver titulado “De lo que hablamos cuando hablamos del amor” -básicamente una disertación sobre las relaciones interpersonales a nivel cáustico que involucra la parálisis de la voluntad a raíz de expresiones amorosas viscerales- que él ha escrito y pretende dirigir y protagonizar. Sin embargo, el destino querrá que uno de sus actores principales se lastime con un accidente en escena y termina contratando al talentoso pero volátil Mike Shiner (Edward Norton), mas su disposición de “prima donna” tan sólo logra desequilibrar aún más la frágil psique de Riggan, quien además está en proceso de reparar la dañada relación con su hija Sam (Emma Stone), quien se encuentra en rehabilitación por consumo de drogas. Por si esto fuera poco, debe lidiar con un romance que involucra a una compañera histriona de nombre Laura (Andrea Richardson) y confrontarse cotidianamente con una crítica teatral del New York Times (Lindsay Duncan), cuya opinión desfavorable hacia el trabajo de Riggan podría hundir la obra.
Iñárritu pone demasiados ingredientes en la batidora y confía demasiado en la capacidad retentiva y perceptual de la audiencia para unir todas las piezas. Este tipo de ejercicios normalmente no deberían generar ningún tipo de problema para el espectador que gusta de una ejecución inteligente y retadora del lenguaje fílmico, incluso se agradece, mas en el caso de esta cinta, así como en la totalidad de la filmografía de “El Negro”, nunca abandona su aire petulante tratando de pasar calistenias narrativas y plásticas pedantes por creatividad. Aún así, hay un proceso racional en el desarrollo y confección de los personajes que se ven confinados a una técnica visual que pretende pasar por una toma continua, artimaña que ni imprime el anhelado realismo que, supongo, buscaba Iñárritu para someter al espectador en una suspensión de la credibilidad para con la historia y es absolutamente innecesario, pues si de algo se beneficia la cinta es de los potentes trabajos actorales de Keaton, Norton y Stone, quienes se mimetizan con sus álter egos que les han tocado con mucha soltura y pathos, haciendo de ésta una película sobre y de actores, sin que la trama y efectismos tenga alguna relevancia al respecto.
Iñárritu ciertamente comparte un vínculo con su temeroso personaje principal: una dolorosa inseguridad. Este director mexicano podrá cubrir sus carencias con imágenes bonitas y montaje estilizado, pero parece que le aterra a morir el que sus ideas y propuestas no se respeten. Y ni falta hace, pues la totalidad de su trabajo ni siquiera es tan original e innovador como para tomarlo demasiado en serio (caray, esta cinta no deja de semejar un “Sin Aliento” de Jean-Luc Goddard para la posteridad posmoderna). Así que, en efecto, la popularidad es la prima zorra del prestigio y el día que él logre desafanarse de sus tics y manías, un servidor será el primero en aplaudir y de pie su logro y temeridad. Mientras tanto, “Birdman” es un ave de bello plumaje que no puede levantar su esplendoroso vuelo, por más que grite y cacofonée para llamar nuestra atención.
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