Por: Octavio Díaz García de León

La idea: La biotecnología está combatiendo una pandemia que amenaza gravemente a la humanidad, lo que permitirá evitar millones de muertes y revivir la economía en un periodo de tiempo muy corto. Esto ha sido posible gracias a un modelo de desarrollo científico-empresarial que permite que la sociedad disponga de medicinas y terapias exitosas. En México pareciera que estamos perdiendo la oportunidad de incorporarnos a estos avances, más preocupados por combatir la ciencia “neoliberal”.

En la serie televisiva de ciencia ficción, La Expansión, una misteriosa molécula de origen extraterrestre llega a un remoto lugar del sistema solar cerca de Júpiter, donde existen colonias humanas.

Biotecnólogos empiezan a estudiar lo que llaman la “protomolécula” patrocinados por un empresario, al principio quizá por interés científico, pero luego con otro propósito. El empresario se da cuenta que con esa molécula podría crear seres con superpoderes y usarlos como soldados, para lo cual se alía con políticos corruptos.

Entonces surge una carrera por dominar esta tecnología para con ella ganar las guerras que sostienen grupos humanos que habitan en la Tierra, en Marte y en el cinturón de asteroides, en donde se reproducen los problemas ancestrales de las disputas por territorio y recursos que mantienen en guerra a diferentes facciones.

Quizás esta “protomolécula” se podría usar para lograr el bien, pero no es el interés primordial en esta serie televisiva. Como todos los descubrimientos científicos, estos se pueden usar para ayudar o para destruir a la humanidad, tal como la energía nuclear.

Se especuló que el virus SARS-CoV-2 fue desarrollado en un laboratorio de donde se escapó por accidente o deliberadamente. Pero la misma tecnología que lo pudo haber creado se ha encargado de combatirlo en tiempo récord.

Los avances en biotecnología parecen ciencia ficción, pero no lo son. Prometen no solo curar enfermedades sino hacer que los seres humanos vivan para siempre, como lo pregona el transhumanismo.

Uno de estos avances es el desarrollo de la tecnología CRISPR para la edición de genes. Un logro tan extraordinario que no solo puede ofrecer una mejora en la calidad de vida de la humanidad, sino también plantea una serie de dilemas éticos, ya que con ella se puede alterar la genética de los seres humanos permanentemente, para bien o para mal.

Si la modificación genética quita sufrimiento porque cura enfermedades podría justificarse, pero ¿qué pasa si usamos estos avances para crear una raza superior con mayor inteligencia, belleza y fuerza física? De ser producto de una evolución dirigida por el azar y la selección natural durante millones de años, podríamos pasar a que la próxima generación fueran seres humanos rediseñados. Las posibilidades técnicas ya existen. ¿Será éticamente aceptable? La novela “Un Mundo Feliz” nos puede mostrar los riesgos de este futuro.

Para acceder a los avances científicos en torno a CRISPR, les recomiendo dos libros: “A Crack in Creation para quienes gustan de conocer los detalles técnicos de la tecnología CRISPR, explicada de manera sencilla, y el más reciente de Walter Isaacson, The Code Breaker, en torno a la figura de Jennifer Doudna quien, junto con Emmanuelle Charpentier, recibió el Premio Nobel de Química 2020.

Ambos libros nos muestran un modelo exitoso de desarrollo de la biotecnología. Éste inicia con programas educativos en ciencias para los niños, quienes en la adolescencia ya hacen experimentos genéticos; luego, ingresan a un sistema de universidades de primera clase, las cuales cuentan con laboratorios que tienen tecnología de punta y a los mejores investigadores del mundo. El gobierno aporta millones de dólares a estas universidades, apoyando los avances científicos.

El esquema continúa con un desarrollo empresarial sostenido por cuatro pilares: un sistema sólido de patentes y protección de la propiedad intelectual; investigadores que se convierten en emprendedores y fundan empresas para explotar comercialmente sus descubrimientos; gobiernos que los impulsan con apoyos económicos; e inversionistas de riesgo que están dispuestos a invertir sus capitales en estas empresas.

Esto genera un círculo virtuoso de más inventos que se traducen en curas para todo tipo de enfermedades y en el futuro permitirán reaccionar aún mas rápido ante la aparición de una pandemia. Todo ello sin ahondar en las posibilidades eugenésicas de la tecnología.

Gracias a este modelo, fue posible desarrollar pruebas para detectar al virus SARS-CoV-2, luego, desarrollar vacunas, especialmente aquellas basadas en ARN mensajero, tales como la de Pfizer y Moderna en tiempo récord y muy pronto, probablemente también, inventar una cura para el COVID-19.

Este modelo de desarrollo científico-empresarial ha probado con creces su éxito para curar enfermedades, salvar millones de vidas y generar riqueza y empleo. Sería un buen ejemplo de desarrollo científico y económico que México podría seguir, como otros países lo han hecho, en lugar de perder tiempo y desperdiciar recursos desacreditando a la ciencia “neoliberal”.

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