Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

La generación X encontró durante su desarrollo varios puntos de expresión cinematográfica que procuraron un discurso en ocasiones a modo de justificación (“Slackers”, “Vida de Solteros”), validación (“La Dura Realidad”) o exploración sociocultural (“Trainspotting”, “Vida Sin Límites”), pero los personajes de Bill y Ted, rockeros de afición y ejecución quienes debutaron en 1988 por obra y gracia del guionista Ed Solomon ubicando sus aventuras a través del tiempo mediante una máquina transdimensional con forma de cabina telefónica y que prosiguieron con una secuela tres años después, constituyeron una suerte de anomalía ya que, al parecer, tan sólo tomaron las manías culturales y los tics lingüísticos característicos de los jóvenes californianos de finales de siglo XX para entonar una parodia circunscrita en el género de la ciencia ficción que resonó en los pasillos del culto cinematográfico haciéndose de adeptos que encontraron en estos bobalicones pero bien intencionados seres un mantra antitético al nihilismo ideológico por llegar en el nuevo siglo: ser excelentes uno con el otro. Y tal declaración de tintes cuasi mesiánicos estaba relacionado con la supuesta trascendencia que dichos personajes tendrían en su universo fílmico, ya que según la trama de ambas cintas, ellos están destinados a unificar el universo con su música. Pero allende a la historia, fueron los rostros de Alex Winter como William “Bill” S. Preston Esq. y Keanu Reeves como Theodore “Ted” Logan los que imprimieron cierta iconicidad a su generación al reunir el fenotipo correcto de lo que ser un joven “X” representaba en la sociedad pre-millenial.
Y así es como llegamos a “Bill & Ted Salvando al Universo”, un proyecto con dos décadas de cocción y que nos muestra a los ahora maduritos personajes con familia y en estado crítico, pues la dichosa canción que compondrían y se fabulaba daría cohesión a todo ser viviente en el cosmos simplemente no ha sido creada, por lo que ahora corresponderá a sus hijas Billie (Brigette Lundy-Paine) y Thea (Samara Weaving) retomar las andanzas temporales de sus padres utilizando tecnología del futuro cortesía de una emisaria del mañana llamada Kelly (Kristen Schaal) para convocar a algunos de los músicos más célebres de la historia y formar una banda que les permita inspirar y ejecutar a sus progenitores la anhelada melodía, de otro modo el universo será destruido. Mientras esto ocurre Bill & Ted, quienes simplemente no han logrado madurar lo suficiente, toman la máquina del tiempo original y buscan entre versiones posteriores suyas las que tengan lista la composición, lo que les ocasionará varios problemas donde incluso la Muerte misma (William Sadler), quien ya tomara cierto protagonismo en la película anterior, se unirá a la experiencia junto con un robot también del futuro programado para eliminarlos.
Por supuesto, todo es ridículo, absurdo e incluso ñoño, pero la firme dirección de Dean Parisot (“Héroes Fuera de Órbita”) y las muy comprometidas actuaciones de Winter y Reeves, quienes encuentran el tono correcto para resucitar a sus visiblemente queridos personajes, hacen que todo funcione desde una óptica meramente escapista e incluso ilusa, ya que el optimismo que poseen los personajes para realizar sus respectivas misiones es tal que resulta contagioso, aun cuando se trata de la única herramienta motivacional que poseen. Pero no importa cuando se trata de un ejercicio honesto sin pretensiones o aspiraciones académicas. Todo es como un dibujo animado que el espectador puede disfrutar con una cierta dosis de condescendencia. Definitivamente no amerita el riesgo de contagio para ir corriendo al cine y verla, pero sí el escapismo que pueda brindarle en su hogar revisándola por diversas vías en internet.

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