“¿Es acaso mejor para el hombre elegir libremente el mal a que se le imponga por la fuerza el bien?” – Anthony Burgess (Autor, “La Naranja Mecánica”)

Bueno, el año 2016 vino y se fue. Ninguna odisea espacial ni tampoco fue el año en que hicimos contacto, sobrevivimos algún apocalipsis nuclear o vimos a un auto volar. De lo que sí fuimos testigos fue de la germinación en los procesos de despersonalización gracias a canales virtuales de comunicación como Facebook, Twitter o Whatsapp que arremeten furiosamente contra el contacto corporal entre emisor y receptor en aras de la inmediatez de transmisión de banalidades, así como la toma del control sociocultural y psicológico urbano por violentas fuerzas que sobrepasan la capacidad de la institucionalidad… y todo esto, por supuesto,  me recordó a los sombríos futuros distópicos que han plagado las fantasías literarias y cinematográficas por décadas, una noción que se percibe como el reflejo oscuro de la utopía donde el bienestar absoluto de la comunidad se consigue a un precio exorbitante: la voluntad del sujeto, y la igualdad subsiste gracias a los oligárquicos esfuerzos de titiriteros invisibles que tan sólo acarician el saludable objetivo del sometimiento totalitario, sin importar las consecuencias.
En cine, la cinta alemana “Metrópolis” (1927) comenzaba el creativo exorcismo de esos antitéticos demonios bajo la brillante y visionaria mirada de su director Fritz Lang, quien proponía una megalópolis tecnificada donde una mujer, María (Brigitte Helm), se tornará el ansiado faro de esperanza para la explotada clase trabajadora del futuro al guiarlos en el camino del pensamiento independiente. Un filme que se consolida como un triunfo de plástica y discurso que abriría la senda para otros proyectos similares esparcidos a lo largo de décadas subsecuentes, ya que como un subgénero, la distopía no se vio muy socorrida en la primera  mitad del siglo XX, pero aún así se nos obsequiaron joyas como “1984”(Anderson, 1956, E.U.), una adaptación a la inmortal obra de George Orwell donde el antagonista es ese omnisciente Hermano Mayor cuya existencia es puesta en duda por un hombre (Edmond O’Brian) en medio de un totalitarismo avasallante (cabe destacar que 28 años después, el año exacto que describe este clásico literario, se generó una adaptación dirigida por Taylor Hackford y protagonizada por John Hurt que rescata maravillosamente la opresiva atmósfera de la novela pero algo extraviada en los departamento de ritmo y cadencia). En los 60’s se estrenaron “Alphaville”, una suerte de film noir futurista y deprimente con el característico sello jactancioso de su director Jean-Luc Godard haciendo bulla sobre su conocimiento/admiración por el cómic y la literatura pulp escondiéndola pedantemente bajo la alfombra de su densa narrativa, y “Fahrenheit 451”, traspolación fílmica del texto de Ray Bradbury dirigida por el maestro Francoise Truffaut sobre dos individuos – los excelentes Oskar Werner y Julie Christie – que quieren permanecer tales en un mundo donde la fuerza política de facto prohíbe la lectura y sumerge a los habitantes en la autocomplacencia (algo así como si Televisa y TV Azteca extendieran su dominio a todo el planeta).
Por muy pavorosos que puedan parecer estos destinos, no fueron nada comparados a las apoteósicas cintas subsecuentes como “THX 1138” (1971), donde George Lucas plagia – sello de la casa – a todas las cintas ya mencionadas o “Cuando el Destino nos Alcance” (Fleischer, 1973, E.U.), filme donde el estelar Charlton Heston sobrevive en una ya no tan distante era donde el alimento y agua escasean y las alternativas son escalofriantes (baste decir que jamás verá a sus galletas como antes). “Brazil” (1985), del siempre ingenioso Terry Gilliam, aprovecha estos tópicos para desarrollar una oscura farsa rebosante de tecnología estelarizada por Jonathan Pryce y Robert de Niro donde se confirma lo que todo trabajador del INEGI ya sabe: la burocracia puede ser letal para el espíritu.
Otras cintas destacadas que coquetean con este tema pero orientadas a una perspectiva más dinámica e híbrida son “El Sobreviviente” (1987), tal vez la mejor sátira futurista estelarizada por Schwarzenegger; “Akira” (1988), la formidable y grotesca fantasía animada de Katsuhiro Otomo, más circunscrita en el universo cyberpunk pero igualmente detentora de una visión futurista aterradora y “Gattaca” (1997), una inteligente revisión sobre la aniquilación existencial vía manufactura de humanos perfectos.  Con fecha de producción más reciente “V de Venganza” (2005), adaptación del homónimo y soberbio cómic de Alan Moore e “Hijos del Hombre” (2006), tal vez el mejor trabajo de Alfonso Cuarón como narrador, nos acercan más a una realidad sociocultural que a jugar con meras especulaciones.
Así que por favor, no se depriman si prenden el televisor o se conectan a internet y la policía del pensamiento les dice qué pensar y cómo actuar o si sus capacidades de interacción humanas se ven limitadas porque todos visten y se ven iguales. No pasa nada, es que tan sólo vivimos una bella distopía.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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