Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Otra épica intimista de Vince Gilligan

Para nosotros, los espectadores, todo comenzó con una droga albiceleste y el químico que la inventó, pero antes de los eventos atestiguados en la excelsa serie “Breaking Bad” hubo una historia igual de rica, compleja y maravillosa que contar en la forma de Jimmy McGill (un Bob Odenkirk que peca de brillantez), abogado de labia suprema que en el transcurso de seis temporadas procura un viaje autodestructivo a fuego lento, donde una gama de personajes con potencial emocional y psicológico para estelarizar su propia serie se inmiscuirán en un mosaico narrativo, cuyos aspectos tésicos dentro de la historia -ambición, lazos interpersonales y familiares, oquedad existencial y puñetazos directos al Sueño Americano- darán forma a una de las mejores series televisivas en lo que va del siglo y una obra de indiscutible calidad sobre la condición humana, sus bemoles y pequeños pero sublimes triunfos. “Better Call Saul” diseña un protagonista poligonal y hondo con Jimmy, a la postre Saul Goodman, quien desde el inicio demuestra un talento nato para la abogacía pero cuya mente truculenta siempre desvía para manipular y estafar al prójimo, tal vez producto de su disfuncional pero absorbente relación con su hermano mayor Charles “Chuck” McGill (Michael McKean), un reducto de emociones y autoestima fracturadas canalizadas hacia Jimmy despreciándolo o subestimándolo al darse cuenta -algo que jamás enuncia pero resulta evidente- en cuanto lo supera de muchas maneras, por lo que se refugia en una patología que él bautiza como “hipersensibildad electromagnética”. Por otro lado, tenemos a Kim Wexler (la extraordinaria Rhea Seehorn), mujer con un pasado atribulado a causa de una madre impositiva educándola con modelos ilegales como modus vivendi que determinarán en cierta forma su inevitable unión con Jimmy, siendo ella una litigante del más alto nivel con una capacidad intelectual sobresaliente, madura y comprometida a las causas sociales más con un nicho lúdico y bullicioso que sólo él puede llenar. “Better Call Saul” es, en un panorama general, el viaje de ambos mientras estrechan sus lazos afectivos con delicados pero cuasi líricos actos de amor, ya sea compartir cigarrillos en estacionamientos, beber del tequila más caro, perderse en sesiones nocturnas de cine clásico o embaucar a quien se deje, a la vez que su trama se enriquece mediante dinámicas con personajes que se mueven en su mundo legal como Harry Hamlin (Patrick Fabian), socio de Chuck McGill en una importante firma de abogados, quien será su sutil pero efectiva némesis o de naturaleza dispar como Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks), ex policía a modo de mercenario pero con códigos muy específicos de conducta y honor a quien conocimos en “Breaking Bad” con un bagaje interno tan amplio y motivaciones tan claras como trágicas que su trayectoria también termina por fascinar. El cuadro se completa con los infames Salamanca, familia criminal cuyo cártel y su enfrentamiento con GusFring (Giancarlo Esposito) serán decisivo en el trazo del destino de Jimmy y Kim, así como entidades periféricas que se verán atraídas a esta vorágine de violencia y tráfico, destacando Ignacio “Nacho” Varga (Michael Mando), quien se suma a esta fórmula de personajes cuya metamorfosis gradual los conduce a la oscuridad sin importar sus motivos (en este caso, su pueril deseo por prosperar en el submundo criminal a la vez que sueña con auxiliar a su padre, humilde tapicero automotriz). Vince Gilligan, creador de la serie, realiza un estudio de personajes muy meditado, profundo y atento a la estructura dramática cinematográfica, como hiciera con “Breaking Bad” para dimensionar la narrativa a puntos que van de lo simbólico e interpretativo mediante una plástica que supera lo descriptivo o naturalista (acercamientos extremos a elementos mundanos, pero de rasgos sígnicos, poética de la imagen justificada, elementos cromáticos y composiciones de alto nivel, etc.) a la crónica de eventos lineales con una caligrafía audiovisual indeleble, perspicaz e ingeniosa. “Better Call Saul” es un retrato honesto y brillante de la falibilidad humana, sus capacidades y posibilidades con una pareja inolvidable -Jimmy y Kim- que existen gracias y debido uno al otro y cuya odisea termina siendo igual de emocionante, espinosa, cautivadora y conmovedora como la de ese otro dúo -Walter y Jesse- pero con una gran diferencia: El señor White fue capaz de sacrificar la felicidad de sus seres queridos por la propia mientras que Jimmy, un hombre que aparenta tener un insondable amor propio, es capaz de sacrificar su felicidad por la de quien realmente ama, y eso hace que ambas series vayan por caminos análogos pero distintos. Una producción que, al igual que “Breaking Bad”, habrá de revisarse más de una vez para captar la totalidad de tesituras dramáticas y argumentales que posee.

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