Moshé Leher

Aunque no parezca y aunque no lo crean, hago algunas anotaciones en la víspera de escribir estos artículos: una fecha relevante, una anécdota por referir, una cita que viene a cuento, un orden; para esta entrega tenía unas notas para hablar de mi terapia détox (así le dicen ahora y es una burrada), de los asuntos públicos. Luego llega el diablo y mete la cola, que es lo mismo que admitir que de vez en vez se me atraviesa la realidad, cruda y dura, como una pared a mitad del camino.

Es esta una de las raras ocasiones en que escribiré de esos asuntos pedestres que nos trae lo que llaman ‘la actualidad’ política, a propósito del resultado de la jornada electoral del pasado domingo, pues ahora los analistas, esos señores que se exprimen los sesos para decirnos por qué nos está pasando lo que nos está pasando, reparan de nuevo en el topicazo de ‘los dos Méxicos’.

El mapa de los resultados electorales del 2006, en que AMLO y Calderón llegaron a la meta en una final de foto finish, ya nos dibujaba esos dos países que habitamos, y cuya existencia se remonta a los tiempos inmemoriales, pues si hay dos Méxicos, hay que entender que esta dicotomía entre los que manejan la maquinaria del poder y los que son aplastados por esta, entre los pudientes y los desposeídos, es tan vieja como la humanidad. Así las cosas hay que reparar que, salvo casos extremos (como España que no es dos, sino decenas de países distintos), podemos hablar de las dos Francias, de los dos Estados Unidos, los dos Mozambiques.

Caso contrario a la generalidad de las naciones bipolares, por decir algo, los extraños casos de países de un solo talante, son aquellos donde las dictaduras han democratizado la miseria, verbigracia Cuba, Venezuela o Norcorea, donde los poderosos y privilegiados son un puñado.

Para ilustrar esta condición dual, los genios del cuarto para la hora han reparado que la Ciudad de México ha quedado dividida en dos; por una extraña, o no tanto, coincidencia, la capital ha quedado partida como lo estuvo Berlín tras la división acordada en 1945, formalizada en 1949 cuando los sectores berlineses ocupados por los Aliados (estadounidenses, británicos, franceses), pasaron a formar parte de la RFA, al oeste, en tanto que la parte oriental quedó bajo control soviético y en calidad de capital de la extinta RDA. Doce años después se construiría el famoso muro que materializó simbólicamente lo que Churchill llamó el ‘Telón de acero’.

Ya se hablaba, antes de eso, del México del norte y del sur, clisés todos ya sobados, y en los que no pienso abundar, como tampoco lo haré en el enésimo llamado para que los que hoy mandan diluyan esos muros tan imaginarios como reales, así como suena, y sean el factor por el que se tiendan puentes, allí donde la imaginería levanta barreras; no será este presidente, un entusiasta del divide y vencerás, quien construya los necesarios pasos de entendimiento.

Usted puede confiar en los priístas.

El gozo se fue al pozo en unas horas, luego de que el presidente dijera que pese a perder la mayoría calificada en el Congreso, cuenta con un puñado de diputados priístas ‘o de otro partido’ (total que para eso se inventaron los cañonazos de 50 mil pesos), para sacar adelante sus propuestas que modifiquen nuestra Constitución.

Esto me recordó que, cuando yo era niño, en la biblioteca del abuelo Emilio, y en muchas más, destacaba, con su lomo negro y rojo, aquel panfleto de Fred Schwarz, que con el título ‘Usted puede confiar en los comunistas’, planteaba la tesis –resumida- de que confiar en los comunistas, en su programa, sus intenciones, su organización, era el equivalente de echarse uno un alacrán, y de los peores, a la espalda.

Mucho me temo que lo mismo se puede decir de los diputados priístas, pese al alarde de anteayer de sus dirigentes, pues en este país sabemos, y si no lo sabemos es que de plano…, que, para parafrasear el Deuteronomio, más nos valdría dormir con serpientes mordelonas, que pensar que lo del domingo pasado fue una victoria democrática y los priístas sus garantes.

Por cierto, ya de despedida, la noche del miércoles comenzó el Tamuz, el cuarto mes del calendario judío –el décimo según el calendario hebreo moderno-, de tal manera que me despido deseándoles: Jodesh Tamuz tov.

Shalom.