El jueves de la semana pasada, la virtual presidenta electa de la República designó como secretario de Educación, a partir del próximo primero de octubre, a Mario Delgado Carrillo. Conocido el nombramiento, todos los organismos interesados en la educación, así como los comentaristas más destacados del país, coincidieron en señalar que Mario Delgado “desentonaba” con el resto de las secretarías y secretarios ya designados en las distintas dependencias federales, pero que “desentonaba” más en la Secretaría de Educación; incluso, con esta designación, hubo quienes expresaron: “pobres niños” o, “¿qué culpa tienen los niños?” Expresiones que hacen entender que Delgado Carrillo no es la persona idónea para conducir la educación en México.

Para el colmo, la primera actividad que Mario Delgado realizó, después de ser nombrado secretario de Educación, fue reunirse con los dirigentes del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), para mandar el mensaje de que el SNTE será el organismo que determine, en materia educativa, lo que más convenga hacer; mientras él puede dedicarse a la “grilla”, que es su fuerte y lo que más le gusta. La entrega al SNTE del destino de la educación fue duramente criticada por organismos educativos y por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), los que, entre otras cosas, manifestaron que Mario Delgado es un hombre sin principios, sin ideas propias sólidas, y como ejemplo de lo anterior mencionaron que fue el que con más entusiasmo apoyó la Reforma Educativa de Enrique Peña Nieto y que seis años después, por indicaciones de Andrés Manuel López Obrador, fue el más recalcitrante crítico de la Reforma Educativa de Peña Nieto, llegando a pedir con vehemencia su derogación. ¿Qué se puede esperar, entonces, de un personaje que un día enaltece una Reforma Educativa y al día siguiente la denigra hasta la saciedad?

Todos los interesados del ámbito educativo esperaban en la Secretaría de Educación a una persona de amplio prestigio técnico, de gran experiencia pedagógica y de probada solvencia moral, quien superara las deficiencias de Delfina Gómez Álvarez y de Leticia Ramírez Amaya, quienes ciertamente son maestras, pero en la gestión del sistema escolar federal dejaron sin atender los rubros más importantes de su administración, como abatir la deserción escolar y elevar la calidad de la educación, entre otros requerimientos. ¿El nuevo secretario atenderá y superará todas las asignaturas pendientes en educación? ¿O seguirá la misma rutina de dejar que los días pasen sin avances reales en el mejoramiento educativo de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes? Se espera que el nuevo secretario de Educación entienda que el cargo no es una simple gratificación por la campaña política realizada en favor de la presidenta electa. Ser secretario del ramo implica la grave responsabilidad de formar estudiantes con la calidad que requiere el desarrollo de México en el contexto universal.

A diez maestros, al azar, se les cuestionó: “¿Qué piensa del nuevo secretario de Educación?” Todos, palabras más, palabras menos, dijeron: “Su único mérito es haber participado en la campaña política de la hoy presidenta electa”.

¿Por qué las dudas en la gestión del nuevo secretario de Educación? Porque su formación no es sobre el ámbito educativo; porque no tiene proyectos o acciones que lo destaquen en materia educativa. Las actividades que ha realizado están en gestiones económicas de bajo nivel y, sobre todo, en la política con características de “grilla”. Por un tiempo corto, ciertamente, estuvo en la Secretaría de Educación de la Ciudad de México, pero en ella pasó sin pena ni gloria, a grado tal que nadie recuerda algo relevante de su administración. ¿Se pueden esperar, de Mario Delgado, hechos notorios en la educación nacional? Se le otorga el beneficio de la duda. Veremos.