Gracias a la beca que me otorgaron en cada nivel educativo, pude terminar la primaria, la secundaria y la normal, hasta lograr graduarme como profesor. La extrema pobreza en que vivían mis padres en la meseta indígena de los tarascos y la gran distancia que había entre mi pueblito y una escuela urbana (a 50 kilómetros) eran condiciones que obstaculizaban mis estudios. Felizmente, un modesto maestro rural, a quien con cariño y gratitud recuerdo como maestro Panchito, orientó y animó a mi padre para que me llevara al Internado para Indígenas “Vasco de Quiroga”, ubicado en Paracho, en el estado de Michoacán, para realizar mis estudios de primaria.

Con la ingenuidad de un indígena, mi padre me llevó y me dejó en el internado, sin dar tiempo a que le explicaran que ya no había cupo para mí, pues era una escuela oficial con límite de inscripciones. Cuando el director del internado buscó a mi padre para decirle que ya no había lugar para otro estudiante más, mi padre ya había recorrido varios kilómetros de regreso al pueblito. Quedé en calidad de oyente. El director hizo un trámite extraordinario ante la Secretaría de Educación para obtener una beca más, dada la situación que yo había generado. Un mes después, yo tenía la beca, que incluía alimento, hospedaje, vestimenta y dinero mensual en efectivo.

El director y los maestros constantemente nos decían a todos los alumnos: “Cuiden y conserven sus becas; estudien mucho para que saquen buenas calificaciones”. Todos estudiábamos con ahínco para obtener buenas calificaciones y conservar nuestras becas. En la normal rural (que también era internado), donde estudié secundaria y la propia normal, obtuve beca durante los seis años de estudio. En estos seis años, la recomendación del director y de mis maestros era la misma: “Pongan el mejor de sus esfuerzos en los estudios; sean responsables y perseverantes para que logren altas calificaciones y puedan ser buenos maestros”. Los miles de estudiantes del país, de mi generación y de varias generaciones posteriores, siempre tuvimos en mente que la beca es un valioso apoyo para los hijos de las familias más pobres y una oportunidad para estudiar y ser buenos ciudadanos. De hecho, los becarios de antes nos esforzábamos por alcanzar las mejores metas académicas, en correspondencia a la generosidad de la población que paga contribuciones.

En décadas recientes, aún escuchaba el argumento de que las becas son para evitar que los hijos de familias pobres desertaran de la escuela. En el caso específico de Aguascalientes, hubo gobiernos que, aparte de las becas que otorgaban a los estudiantes en general, otorgaron becas para la calidad educativa o para la excelencia. Estas becas eran incentivos para que los alumnos lograran promedios de 9.5 a 10 en las calificaciones, contribuyendo de esta manera al mejoramiento de la educación.

Desafortunadamente, en los tiempos actuales se ha politizado y distorsionado el otorgamiento de las becas. Éstas ya han perdido su origen noble, el sentido honesto, responsable y generoso de apoyo para los más necesitados. Hoy, el gobierno federal, por desgracia, “otorga” becas a cambio de votos en las elecciones; “otorga” dádivas a cambio de votos, bajo la amenaza de que, si no votan por el oficialismo, perderán sus dádivas. Los miles, tal vez los millones de beneficiarios de las becas de años atrás, nunca recibimos ni la mínima insinuación de votar por alguien o por algún partido político; tan sólo nos recomendaban que aprovecháramos la beca para hacer buenos estudios, obtener buenas calificaciones y ser mejores personas. Los tiempos han cambiado. Hoy la cuarta transformación “otorga” becas y dádivas a cambio de votos; sin embargo, por la más alta dignidad, las personas no deben vender su conciencia, pues tienen plena libertad de tomar sus mejores decisiones.